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‘Mi Lotería de Navidad’

Siempre me gustó el día de la Lotería de Navidad. De chico, en La Bajadilla, recuerdo que era el sonido que nos abría las puertas de las vacaciones y que nos permitía aparcar la maleta con los libros una temporadita.

Firma Javier Malla, "Mi Lotería de Navidad"

Siempre me gustó el día de la Lotería de Navidad. De chico, en La Bajadilla, recuerdo que era el sonido que nos abría las puertas de las vacaciones y que nos permitía aparcar la maleta con los libros una temporadita.

Antes casi siempre llovía en los días de Navidad, pero a nosotros no nos importaba porque así podíamos jugar al “hincote” y a los “meblis” en el barro por todos los rincones mientras sonaba aquel soniquete maravilloso de los Niños de San Ildefonso.

Las calles de Algeciras sonaban a números de la pedrea y siempre salía una mujer mayor en bata a la puerta contando que no le había tocado nada pero que, por lo menos, teníamos salud.

Recuerdo una televisión Philips en mi casa en blanco y negro con un botón que hacía clac-clac, en la que se veían la Primera y la Segunda, que se pegaba toda la mañana retransmitiendo el sorteo.

Me gustaba cuando el Gordo salía al final, porque así estaba todo el mundo expectante y las madres, que no querían perdérselo, se asomaban a la puerta para hablar con otras madres y decir que como siguiera sin salir no les iba a dar tiempo a ir a la carnicería y a la tienda.

La Bajadilla, toda Algeciras, olía a masa de pestiños frita y a café de pucherete. A mí me encantaba la Navidad porque amasaba tortas con mi madre y me empleaba con mis hermanos para encontrar la caja de polvorones de cinco kilos. Aquellas cajas de la Flor de Rute o La Estepeña que traían un almanaque y un cenicero de cristal.

Siempre me gustó el día de la Lotería de Navidad porque nos traía a casa a mi hermano Luis, que trabajaba en Madrid, y comíamos pata asada en el horno de la Panadería de Alvarado.

No sé si a estas horas les habrá tocado algún premio de la Lotería de Navidad que hoy se juega, pero les confieso que a mí me toca cada año cuando recuerdo aquella infancia maravillosa de la calle Lugo, hace ya algunos años, en mi Bajadilla.

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