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El silencio que yo he elegido

 Hace un par de meses el silencio se me agarró a la garganta. Era la prueba tangible de un peligro inminente. Este silencio acudía en mi ayuda. Era un ejercicio de respeto por lo que estaba sucediendo... Era necesario.

Cuando un Tribunal de Justicia exige silencio del público, está diciendo que lo necesita para poder dictar y deliberar una sentencia. Como cuando el reglamento de una Biblioteca establece el silencio en la sala para no perturbar la lectura y la concentración. El silencio se convierte, así, en un elemento fundamental de la comunicación.

Este silencio no significó ausencia de sonido, de palabras o de comunicación. Dejé de escuchar el ruido de las estaciones de tren, de los coches, de los autobuses, de las motos, de las redes sociales, de los discursos vacíos, de los gritos. Y comencé a escuchar los pasos. Me di cuenta del sonido de mi aliento. Caí en la cuenta del murmullo de la respiración. Descubrí el sonido acompasado de los latidos. Muy lentos en mi caso.

La modernidad y el progreso no aceptan el silencio. Les estorba. El silencio inquieta a los poderes. A todos los poderes. A ellos el único silencio que les agrada es el que ellos mismos imponen. Lo llaman la Ley del Silencio y nada tiene que ver con el silencio que yo he elegido.

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