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Manu Sánchez

El Jamón es finito

Y eso es lo que hace del jamón una experiencia en trance

   El jamón siempre es finito. Pero no solo porque gordo no funda bien la grasa fruto de la candente fricción del afilado metal cortante, mutando el manjar en ingobernable pitraco. El jamón es siempre finito porque hay un momento en el que el jamón se acaba. Y eso es lo que hace del jamón una experiencia en trance. Porque solo ante la tragedia de un inevitable final, la vida te regala la ilusión de poder vivir el mágico principio en el que abrirás el siguiente. Pocos viajes espirituales son más reconfortantes que el de abrir un jamón. Pero recuerden: el jamón siempre es finito. Que hay quien pretende que tienda a lo contrario y se le termina pudriendo, picando o echando a perder por su infinita inconsciencia. El jamón marca su tempo, su ritmo, cual Dios Cronos de bellota, marca y condena al inexorable paso del Tino. Nadie quiere acabarse el jamón el mismo día que lo empieza, ni perderlo para siempre por el amor a procastinarlo. El jamón está para disfrutarlo, para devorarlo, para acompañarlo, para compartirlo, para contarlo, para dosificarlo, medirlo, para tenerlo y sobre todo para echarlo en falta. El jamón es siempre finito. Filosofía de dehesa. Mantra ibérico. A veces blanco, a veces negro. El jamón nos enseña la lección definitiva: El sentido de la medida. La paciencia. La curación del tiempo. La recompensa de la espera. La incertidumbre de la pieza que se estrena. La confianza del ancestro. La proeza de la sal. La garantía de la técnica perfecta. El jamón es siempre finito, como el Carnaval, la Semana Santa, el verano, la Navidad, la Feria, la temporada de esquí, las carreras de Sanlucar y hasta la vida.

 

Sentido de la medida. El sentido más en falta en esta idiosincracia nuestra tan barroca, tan de excesos, tan de pobres hasta el tuétano con miedo a no volver a ver la alacena llena, tan de jartibles confesos, tan más vale que “so sobre" y no que “so falte”, tan teta y sopa aunque nos duela en la boca. Sentido de la medida. El gran ausente en esta Tierra de los sentidos, donde a todos los demás los desbordamos por agotamiento a base de folclórico Stendhalazo constante. Justos y necesarios, brillantes y únicos pero sin freno ni descanso de un tiempo a esta parte. Sin tregua ni barbecho, sin posibilidad de echar de menos, por estar todo el rato echándonos de más. Ahora todo el año es carnaval, todo el año semana Santa, el rocío es todo el año, todo el año es verano, todo el año invierno, todo el año Navidad y es Feria todo el año. Sin sentido de la medida, desaparecen las vísperas, la espera, las expectativas, las ganas. Sobreactuación identitaria que nos condena a exagerarnos siempre. Sí a todo, sí al jamón, pero sí al sentido de la medida. El menos común de todos nuestros sentidos. Nunca tuve que elegir si carnavalero o cofrade porque nunca coincidieron en mi calendario, y disfruto como nadie de cada cosa pero a su tiempo. Y eso es lo que hace del jamón una experiencia en trance. Porque solo ante la tragedia de un inevitable final, la vida te regala la ilusión de poder vivir el mágico principio en el que abrirás el siguiente. Pocos viajes espirituales son más reconfortantes que el de abrir un jamón, el siguiente Carnaval o la próxima Semana Santa. Pero recuerden: el jamón siempre finito. Que hay quien pretende que tienda a lo contrario y se le termina pudriendo, picando o echando a perder por su infinita inconsciencia. Por preferir sin medida ni sentido, reventar por exceso. Y el jamón siempre es finito.

Fdo: un alumno de María Galiana, al que su Maestra le enseñó que la gran asignatura pendiente del andaluz es co

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