¿No tienes cuenta?

Regístrate

¿Ya eres usuario?

Entra en tu cuenta

O conéctate con

Contenido patrocinado

El Beato de Liébana, por Nacho Ares

El valor de la obra del Beato de Liébana en el origen de la España del Siglo XXI y la reliquia de la cruz de Jesucristo

La obra del Beato de Liébana es "el pensamiento trascendental de un grupo de personas que intentaron buscar respuestas a las catástrofes y el caos que estaban viviendo". /

En el siglo octavo, el llamado Beato de Liébana definía una de sus obras más importantes, los comentarios del Apocalipsis de San Juan, como “la llave de toda la biblioteca”. Beato de Liébana fue un monje mozárabe del antiguo monasterio de San Martín de Turieno, hoy más conocido como Monasterio de Santo Toribio de Liébana.

Durante muchos siglos se dudó de la existencia real del Beato, pero hoy sabemos que debió de ser el abad del monasterio; que vivió a lo largo del siglo octavo y que nació en Toledo o en Andalucía.

¿Cuál es el origen de la obsesión de Beato de Liébana por el Apocalipsis de San Juan, por el fin de los días, por el fin del mundo? El contexto histórico nos lo dice: estamos en el siglo octavo y la invasión musulmana poco a poco va ascendiendo. Son escasos los reductos seguros donde los cristianos pueden llevar a cabo su religiosidad con naturalidad.

Siempre se ha dicho que el Apocalipsis de San Juan, el último libro de la Biblia, es una suerte de libro de terror. Beato de Liébana calculó que Jesús había nacido en el 5.200 después de la creación. 

De ahí ese pensamiento esotérico que nos acerca a una realidad absolutamente caótica: la de la Península Ibérica en el siglo octavo.

El valor de la obra del Beato de Liébana fue mucho más allá del entorno de la propia cornisa cantábrica. A él se le ha atribuido, si no todas, al menos sí partes de una obra básica o Dei Verbum en la que, por primera vez, se habla de la llegada del Apóstol Santiago a la Península Ibérica para peregrinar y evangelizar todo nuestro territorio.

Es el pensamiento de una época, el pensamiento trascendental de un grupo de personas, que intentaron buscar respuestas en su entorno más cercano a las catástrofes y el caos que estaban viviendo en aquel tiempo y que, de alguna forma, podemos decir que son los pilares básicos de nuestro pensamiento y de lo que hoy somos en pleno siglo XXI.

 

El Lignum Crucis, la mayor reliquia de cruz de Jesucristo

El ser humano cuenta con la necesidad de emplear objetos con los que poder recordar. Una fotografía, el reloj de una persona querida, un libro antiguo... son objetos que nos hacen viajar en el tiempo hacia un momento concreto del pasado con el que, de alguna forma, nos sentimos identificados.

La colección de reliquias cristianas que se extienden por todo el mundo no tienen más que ese mismo sentido: intentar aprender algo que sucedió hace 2.000 años y que marcó de una manera realmente increíble la forma del pensamiento de los primeros cristinaos.

Santa Elena, madre del emperador cristiano Constantino, viaja a Jerusalén hacia el año 325 y 326, con la idea de visitar los lugares sagrados en donde había vivido y en donde había desarrollado esos primeros pasos del protocristianimso Jesús de Nazaret.

En su deseo de traerse un recuerdo, de objetos que estuvieran directamente relacionaos con la vida del Nazareno, va hasta la ubicación que la tradición identificaba con el espacio en el que había sido crucificado, el Gólgota.

Allí derriba el templo pagano dedicado a la diosa Venus, que había sido construido para olvidar la importancia de ese emplazamiento y escaba profundamente. Dice la tradición que encuentra la cruz de Jesús y la Cruz de los ladrones que fueron crucificados junto a él.

Un siglo después, Santo Toribio, obispo de Astorga, visita Jerusalén y se hace con un fragmento del brazo izquierdo de la Cruz. La tradición dice que en el siglo octavo, debido a la invasión musulmana, la reliquia que se conservaba en Astorga tiene que ser trasladada al norte de la Península Ibérica y es ahí junto con las reliquias de Santo Toribio cuando se protegen en el monasterio que hoy lleva su nombre.

La reliquia como tal es quizá una de las más grandes de la historia del cristianismo. Mide 63 centímetros y medio por 39,3 y tiene una anchura de casi 4 centímetros.

El análisis de la madrea nos dice que perteneció a un ciprés. Sin embargo, no hay evidencias claras que señalen la presencia de este Lignum Crucis hasta el siglo XIII. Nadie cree que ese trozo de madera de ciprés hubiera pertenecido a la cruz en la que fue crucificado Jesús en algún momento del siglo I de nuestra era.

Sin embargo, la importancia y la fuerza del objeto no radica en la realidad o en la identificación o no con la figura del Nazareno. Es el propio ser humano el que le ha dado su fuerza, el que lo ha convertido en un objeto de poder que a lo largo de más de 1.000 años haya sido venerado y lo ha convertido en un objeto mágico, en algo muy especial.

Este tipo de reliquias cuentan con un halo, un alma, que realmente solo los objetos venerados pueden tener. Y el Lignum Crucis de Santo Toribio de Liébana es uno de ellos, sino el más importante.

Cargando
Cadena SER

¿Quieres recibir notificaciones con las noticias más importantes?