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Historia y arte en los rincones del convento de Carmelitas de Cuenca

El edificio se adapta al terreno escarpado de la hoz del Huécar y se sumerge o se eleva por las escaleras para presentarnos en la actualidad la colección de arte contemporáneo de la fundación Antonio Pérez

Entrada al convento de Carmelitas. /

El Convento de las Carmelitas Descalzas se construyó en el siglo XVII y conserva ese estilo herreriano austero y a la vez monumental. Sin demasiados adornos en su portada, el interior se pierde entre desniveles, escaleras y salas de distintos tamaños que fueron en su día celdas de las monjas y son, hoy, paredes para colgar arte moderno.

Postal sonora sobre el convento de Carmelitas emitida en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Para el visitante puede llegar a pasar desapercibido. Este convento se encuentra en la Ronda de Julián Romero, a la derecha de la plaza del Trabuco, detrás de la iglesia de San Pedro, según se sube hasta el castillo. Desde este lugar se aprecia su escondida portada y la espadaña de su iglesia.

Ahora ya no es un convento (dejó de serlo hace muchos años) y ha tenido varios huéspedes en las últimas décadas. Su fachada ofrece pocos elementos a fotografiar (las mejores fotos están dentro), pero podemos encontrar detalles en la portada con sus dos columnas dóricas y en el nicho superior con la imagen de San José y el Niño.

Entrada al convento de Carmelitas. / Cadena SER

El estilo de todo el conjunto arquitectónico es herreriano y destaca, sobre todo, su adaptación al terreno. Construido sobre la ladera de la hoz del Huécar, en su interior presenta varios desniveles y multitud de escaleras que en su día se perdían buscando las celdas de las monjas, los patios sobre el río y las cuevas que hacían de despensa.

Su historia comienza en 1646, año en el que se consagró la iglesia. Las monjas de esta congregación religiosa seguidora de las disciplinas de Santa Teresa de Jesús, llegaron a Cuenca desde Huete y permanecieron varios años en distintas casas de la ciudad. Así desde 1603. Fueron años de trabajos, de donativos de la gente y de aportaciones de la corona, como los tres mil ducados que desembolsó el rey Felipe IV en una de sus visitas a Cuenca por aquellos años. Así lo cuentan las crónicas.

Al final compraron este edifico a don Fernando Ruiz de Alarcón y se quedaron aquí, mirando al Huécar desde las balconadas de la hoz.

Ya en el siglo XX, durante la guerra civil, el convento fue expoliado, se perdieron parte de sus obras artísticas, como el retablo mayor de la iglesia y fue acondicionado como cárcel. Décadas después se pensó en este lugar para rehabilitarlo como Parador Nacional de Turismo, pero se descartó y terminó siendo sede de la Escuela de Artes Aplicadas.

En 1978 llegó a manos de la Diputación Provincial. Posteriormente fue sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) y de la Universidad de Castilla-La Mancha. En la actualidad gran parte de sus dependencias (incluida la iglesia) acogen la Fundación ‘Antonio Pérez’ dependiente de la Diputación Provincial.

La Fundación ‘Antonio Pérez’ abrió sus puertas en el mes de noviembre de 1998. El objetivo de la Diputación era difundir el arte del siglo XX y de nuestro tiempo recogido en la amplia colección de Antonio Pérez. De sus paredes cuelgan obras de Chillida, Guerrero, Millares, Saura, Torner o Zóbel y en la biblioteca de la Fundación se conservan más de 25.000 ejemplares.

El recorrido por los pasillos y salas de la Fundación puede ser interminable y laberíntico. Tras la última restauración el convento es, casi en su totalidad, un museo. Desde la entrada podemos elegir varios itinerarios que nos subirán hasta las salas de Millares o Lucebert, o que nos sumergirán en los pasadizos subterráneos que acogen las exposiciones temporales.

Antonio Pérez. / Cadena SER

Lo ideal sería poder recorrer las estancias con el propio Antonio Pérez, que nos contará la historia de cada una de las piezas; que nos sentáramos con él en la escuelita con mapas color sepia y láminas de anatomía; que nos desvelará el misterio del muñeco de Michelín, uno de los símbolos de la Fundación y que nos encontramos por cualquier sitio.

Con Antonio Pérez podremos comprender lo que sentía Antonio Saura en cada trazo de sus obras, como aquel primer dibujo que cayó en sus manos.

A Antonio Pérez podríamos pedirle que nos explique por qué se experimentan esas amplias sensaciones en la sala de las arpilleras de Millares; o que nos dibujara los momentos asociados a cada libro, o que nos dijera en qué recóndito lugar encontró esa aplastada lata de cerveza que orgullosamente enseña como una pieza más de su admirada colección de Objetos Encontrados.

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