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Radio Cádiz

¿Por qué prohibieron construir más torres miradores en Cádiz?

El experto del Doctorado Honoris Cádiz, Gumersindo Bautista, explica este episodio de la historia gaditana

Una de las torres miradores de Cádiz /

Este año el concurso Doctorado Honoris Cádiz no cuenta con los servicios especializados en historia gaditana de Valentín El Fenicio, quien participó en la primera edición. Ni con Titus Augustus, alias Tito Agustín, que asesoró en la segunda edición. El programa de Radio Cádiz ha tenido que recurrir a Gumersindo Bautista, Diputado Doceañista, uno de los redactores más desconocidos de la Carta Magna. Sus conocimientos ayudarán a entender algunas de las respuestas del concurso radiofónico.

En la segunda preliminar del concurso, Gumersindo Bautista ha ayudado a entender por qué dejaron de construirse torres miradores en Cádiz. Desde el siglo XVII, todos los comerciantes que se instalaron en la ciudad quisieron tener una torre mirador. Era una época de auge comercial y, de esta forma, cada propietario de un barco o cada responsable de mercancías en navegación podía ver desde su casa cómo llegaban los barcos de América al muelle.

En total, llegaron a construirse más de 160 torres. Las había de sillón, de garita, de terraza o mixtas, según su forma. Se levantaron tantas que, urbanísticamente, comenzaron a convertirse en un problema. Además, ya cuando el negocio americano empezó a venirse a pique, unas ordenanzas municipales prohibieron en 1792 construir nuevas torres.

Esas ordenanzas consideraban inútiles las torres miradores. Y también un peligro. "Quitan la luz y la ventilación, hacen sombrías las calles, sobrecargan los edificios y eran terribles sus ruinas en los temblores de tierra", detallaban estas normas municipales. Además, esas ordenanzas minusvaloraban su utilidad. "Son parte inútil de los edificios, destinada al entretenimiento y la curiosidad, y no a la comodidad y al uso de las casas". La norma decía que "debe cesar la costumbre de construirlas en lo sucesivo, cediendo unas ventajas de corta o ninguna consideración a los perjuicios efectivos expuestos".

En 1845 unas nuevas ordenanzas volvieron a regular la construcción de este tipo de torres. Se permitieron algunas de madera, que no resistieron el paso del tiempo, en virtud de esta normativa municipal. Muchas de las anteriores sí sobreviven en Cádiz, símbolos de una de las épocas de mayor esplendor de la ciudad.

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