Las anécdotas de Mateo López, el hombre que ponía motes en la Cuenca de los años 50

En realidad se llamaba Basiliso Martínez Llandres, pero se le conocía por su firma en el periódico donde relató la vida cotidiana de Cuenca a mediados del siglo XX

El olmo de la Ventilla. Al lado, la taberna y el carro de Basiliso. /

Con el título de “Basiliso Martínez, ‘Mateo López’, contador de anécdotas conquenses con nombres y motes”, esta semana en el espacio Páginas de mi desván que emitimos cada martes en Hoy por Hoy Cuenca, nuestro colaborador José Vicente Ávila nos presenta a un curioso personaje de Cuenca que fue periodista, carretero y distribuidor de vinos y dos veces concejal de Cuenca.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Las ciudades y pueblos tienen memoria del acontecer cotidiano contado por personajes que vivieron el día a día, tanto en el terreno de la anécdota y de la intrahistoria, como en el de los sucesos o acontecimientos que pasan a los anales de la historia local y provincial, en los que no suelen faltar los “coleccionistas de acontecimientos” que sólo acuden a esos eventos especiales que suelen darse, como se suele decir vulgarmente, de pascuas a ramos.

En Cuenca hemos tenido personajes, contadores de historias y sucedidos, graciosos y trágicos, que encontraron eco casi diario en la prensa, mostrando ante todo su conquensismo, tanto en cortos relatos como en versos o ripios. Nombres como los de Julián Velasco de Toledo más conocido como “El tío Corujo”, Andres Gallardo “Don Fernandico”, que recorrió toda la provincia con sus crónicas; Antonio Hernández “HP”, con sus ripios “que llevan suspense de los asuntos conquenses”; Florencio Martínez Ruiz, que también firmaba como “Eduardo Alcalá” sus crónicas y primicias culturales o Basiliso Martínez Llandres, nuestro protagonista de esta semana, que firmaba con el pseudónimo de “Mateo López”. Todos ellos dejaron su huella en la prensa provincial, unos por su sorna humorística y otros por sus historietas y leyendas.

Basiliso Martínez Llandres, 'Mateo López'. / Diario 'Ofensiva'

Relataba Basiliso, con la gracia de sabiduría popular que le caracterizaba, que había nacido en Cuenca en 1889, en el barrio de San Francisco, y que tenía los mismos años que la torre Eiffel. Vivía en la conocida como “casa de los Arcos del tío Mateo”, que era su padre, dedicado a la labor de hortelano y labrador. En una entrevista en el diario “Madrid”, en 1961, titulada Mateo López, periodista que siempre da en la diana”, se resaltaba que había sido antiguo carrero (que transportaba vino en un carro) y que en esos años era el escritor más leído de Cuenca, pues todos los días publicaba historias y anécdotas conquenses en “Ofensiva”, con el antetítulo “De ayer y de hoy”, con un lenguaje llano y cercano, en el que solía siempre poner, junto a los nombres que citaba, bien sus alias, motes o apelativos conocidos. Comentaba Basiliso: “Me casé a los diecisiete años con María Sorni y puse una taberna en el barrio de la Ventilla”.

Estamos hablando de los comienzo del siglo XX, con todas las carencias de transporte, y bien que lo contaba el propio Basiliso: “Cuando puse la taberna compré un carro, y con cuatro mulas recorrí casi todos los pueblos de la provincia, sobre todo Casasimarro, Rubielos, Casas de Haro… (que es donde había entonces bodegas artesanales). Mi juventud se pasó por esos caminos carreteros”, decía con la importancia que merecía aquel andariego trabajo de tantas penurias. Recordaba Basiliso que “una vez salí de viaje y estrenaba carro. Me lo habían hecho exprofeso y no lo había pagado. Me fui tan orgulloso de mi reata hasta Almodóvar del Pinar y allí decidí hacer noche. El dinero para comprar el vino lo llevaba en una bolsa con candado, de las que se usaban entonces. Decidí entregársela al posadero para que la guardara. Se declaró un incendio por la noche y ardió todo: el carro, el dinero, los atalajes… tan solo pude salvar las caballerías.”

San Antón con carro de mula, sin la segunda planta del edificio. / Archivo José Vicente Ávila

En la entrevista que le hacía para el diario “Madrid” el firmante Jorge de la Cosa, que en realidad era el bien conocido periodista conquense Jesús Sotos, el sabio y avezado Basiliso no se arredraba e incluso razonaba: “Escuche este consejo que a mí me dio “el tío Pino”, que era un hombre fabuloso: “Para atrás, nunca”. “Yo tenía mi taberna desabastecida y además servía otras catorce más. Me fiaron de todo y pude salir adelante. Baltasar Zapatero, que era republicano, me regaló un carro nuevo. Cuando fui a darle las gracias me dijo que era un viejo favor que le debía a mi padre. Baltasar se presentó a las elecciones para concejal y aunque yo era conservador, me presenté en su casa para pedirle una papeleta y votarle. Se enfadó mucho y me contestó: “¿Por un carro nuevo eres capaz de vender tus ideales? Vete, porque tú no me vas a votar a mí”. Era un tío integro, decía Martínez Llandres.

Concejal de Cuenca

Basiliso Martínez Llandres comenzó a escribir en los años veinte y treinta en periódicos como “El Correo Católico”, “El Día de Cuenca” y “El Eco”, y posteriormente en “Ofensiva”, entre 1959 y 1961, con sus estampas “De ayer y de hoy”. En una de ellas, Mateo López entrevistaba a Basiliso, o sea, a él mismo, y contaba que durante la dictadura de Primo de Rivera había sido concejal del Ayuntamiento de Cuenca, y que en una ocasión excepcional se hizo un homenaje nacional al rey Alfonso XIII, consistente en una manifestación de todos los ayuntamientos. En Cuenca desfilaron los concejales y Basiliso fue el portador del Pendón de Alfonso VIII, cerrando el desfile la Banda de Música. “Y qué caro nos costó aquello”, comentaba, “pues nos sentaron en el banquillo por haber llevado la Banda de Música sin presupuesto, ni acuerdo”.

Años más tarde volvió a ocupar nuestro personaje un puesto en el pleno municipal, en unas elecciones ya muy distintas. En 1954 salió como concejal, junto a Fortunato Martínez Patiño y Luis Ugarte, y en sus declaraciones venía a decir que todo su esfuerzo lo iba a dedicar a que se hiciesen “casas baratas”, pues la escasez de vivienda era lo que más le preocupaba, y la atención a la pobreza, hasta el punto de que fue uno de los fervientes impulsores de ayudas para el Asilo de Ancianos, que estaba en la Plaza de la Merced. Fue concejal-delegado de Alumbrado, y al efecto declaraba: “Yo fui el que llevó la luz a las Casas Colgadas y no sabía una palabra de electricidad, pero pensaba: “tenemos agua y paisaje, y esto con luz tiene que resultar muy bonito y ahí está. He colocado más de dos mil puntos de luz en la ciudad, y además de montar el alumbrado de las Hoces y las Casas Colgadas, lo hice también en la fachada del Ayuntamiento”. Y añadía: “Siempre pensé que teniendo paisaje, fluido y agua, y con sentido común, las cosas se podrían hacer para mejorar la ciudad, aunque tengo que destacar la labor de ese equipo de obreros del Ayuntamiento, a cuya cabeza está ese gran artista y gran conquense, Julián Escribano, alias “El Choni”.

Conquense hasta la médula

Mateo López tocaba todos los palillos, aunque sus historietas se centraban sobre todo en su barrio de la Ventilla con su olmo centenario; en San Antón, los borriquillos que iban o venían con sus serones de agua o de vino y su amor por la Semana Santa o la vaquilla de San Mateo. Jesús Sotos le calificaba de “conquense hasta la médula” y “raro ejemplar de quijotismo practicante” con su boina calada y sus folios en blanco sobre la mesa, con un tintero, para escribir sus crónicas con una pluma de caña. No faltaron sus piropos a la ciudad que le vio nacer: “Cuenca es una puntilla de nácar en colcha de sembrados. Cuenca es la ciudad del equilibrio desequilibrado o la reina de la sierra con refajos de luz. ¡Puede ser tantas cosas!”.

De la croniquilla “Los cerros de Cuenca y su leyenda” recogemos estos párrafos:

Cuenta la leyenda popular que en los tiempos antañones estaba con su ganado continuamente en el cerro en que hoy está construido, al socaire del mismo, el barrio de Santa Teresa, un pastor apellidado Molina, y desde entonces se le viene llamando Cerro de Molina.

Cuenta la leyenda que en otro cerro se construyó el edificio de Telégrafos y desde entonces se le viene conociendo por el Cerro del Telégrafo. Cuenta también la leyenda que en tiempos pasados se construyó en otro cerro una ermita a San Cristóbal, y desde entonces se le conoce por el Cerro de San Cristóbal, donde sobre las ruinas de dicha ermita se ha levantado la estación de TV (cerro de las antenas en el argot popular)

Y cuenta la leyenda que en el cerro en que hoy se levanta airoso Sagrado Corazón de Jesús, pastaba continuamente el ganado del tío Socorro, que año tras año, en dicho cerro consumió toda su vida, que fue larga, ya que murió a los 93 años, y el pueblo desde entonces le llamó el Cerro del Socorro.

Después se construyó una ermita que con los siglos se derrumbó, titulada de la Virgen del Socorro. Años después fue adquirido dicho cerro por la familia Catalina y sobre las ruinas se reedificó la nueva ermita, en la que se levantó en 1957 la imagen del Corazón de Jesús.

En otro texto, titulado Por los barrios de la Cuenca ida”, muestra una estampa del jardinillo de La Ventilla en el campo de San Francisco, que se llamó plaza de la Glorieta, de la Infanta Paz, del Capitán Galán, plaza del Generalísimo y de la Hispanidad desde 1992. Resumimos el artículo en su parte más esencial, con la cita de nombres y motes o apodos:

Fuente en la antigua plaza de San Francisco frente al Palacio Provincial. / Archivo José Vicente Ávila

“En el Jardinillo de la Ventilla había una fuente central con un pilón redondo como abrevadero, con cuatro caños que echaban agua de “Mirabueno” y de la fuente del Canto, y como los caños estaban distantes del pilón, tenían que ir las mujeres provistas de una caña de toba para llenar las vasijas, y como los chicos no alcanzaban a beber, solían remojarse en el pilón, lo que servía de solaz y risa a los mirones y desocupados.

En esta plaza tenía una sastrería Francisco Abarca y más adelante, en la “Casa de la Maja de la Estrella” vivía Artiaga el ebanista, con su gran barba blanca; y más adelante los hermanos Puerta, grandes artistas armeros.

Y en la casa de los Arcos estaba la taberna del “tío Mateo”; por cierto, que esta casa fue comprada con cuatro pisos, por el “tío Mateo”, en 6.000 reales, fiada a doña Hilaria, la cual al morir, perdonó a todos sus deudores, y por lo tanto le resultó gratis al “tío Mateo” (que era el padre de Basiliso…)

Y en el arranque de Carretería, el “tío Calderero”, y la tienda del “tío Félix, el Mayoral”, y más adelante, la casa señorial y de gran abolengo conquense de doña María Lledó, que tenía un gran zaguán empedrado de guijarros…

Seguía la zapatería de Mariano Delgado, el primero que patentó en España las suelas de goma; más adelante la taberna del “tío Berlanga”, el que tenía la especialidad de las tajadas de bacalao frito, como la palma de la mano. Y muy cerca la panadería de Pedro Morante, oriundo de Aragón, gran republicano, pero de comunión diaria.

Un poco más allá, la barbería de Antonio Yunta, que sacaba muelas y afeitaba por una iguala de tres pesetas al año; y después, la taberna del tío Mercenario, al que los chicos llamábamos “el Gigante”, por su gran humanidad. Esta taberna tenía un gran brasero, que era una cuba de sardinas. Cuando le molestaba algún beodo, le decía: “¡Mira, que te tiro al brasero!”

Correlativo estaba Fausto, “el Escabechero”, que vendía sardinas a domicilio y tenía tal voz, que en las mañanas serenas solía oírsele en el Puente de la Sierra. Después, la frutería del “tío Aragonés”, buena persona, con su pañuelo hecho gorro; este buen hombre tenía siempre los ojos irritados y un día su mujer le dijo: “¡No bebas tanto aguardiente!” ¿No ves cómo tienes los ojos?” Y él le contestó: “¡Pues los gatos no beben y siempre los tienen malos!”

Ya metidos en harina de anécdotas, nos quedan para el final este par de episodios de la vida conquense en el barrio de San Antón, con personajes entonces muy conocidos. El primer episodio se desarrolla en la taberna de las Columnas del barrio del Perchel. Riñen por una jugada de truque “el Caba”, grande, de enorme corpulencia y bonachón de temperamento, y “Chisques”, pequeño, inquieto, de mucho temperamento y de broma. Salen desafiados a la calle y “Chisques” coge la delantera y le dice:

“¡Toma, con ésta tienes bastante”!, y le da una puñalada. Cae “El Caba” al suelo diciendo: “¡Me ha matado!”.

Salen de la taberna de las Columnas los “Danzas”, los Carriolas, “Matasangre”, el “tío Pelele” y los Burrillos y se ponen a quitarle la faja al herido.

Mientras tanto, “el Chisques”, venga a reír y mandíbula batiente, y le dice “El Pelele”: -“¿Aún te ríes, con lo que has hecho?”.

“Pero si le he pinchado con “esto”. Y aquello era una sardina arenque más tiesa que la mojama.

Todo fueron risas entre los típicos hombres del barrio del Perchel y al “Caba” se le pasó el susto, pasando de nuevo todos a la taberna de “las Columnas” a festejar la broma y seguir la fiesta a base de tintorro.

En la segunda historia escribía Mateo López: “Salen a buscar hongos “Cachivache”, “El Anís” y “El Sota”, tres grandes amigos. Llevan como atuendo una bota de vino, unos morros, una alambrera, pan y sal, y cogen tres cestilla de hongos.

Comen los morros asados y le tiran a la bota de lo lindo, y al ponerse el sol, regreso a Cuenca. Al comenzar a andar, “Cachivache” se pone muy malo, con dolor de costado, y no puede caminar, diciendo: “Me muero”.

Esto ocurría en el monte de Embid. En vista de ello disponen tirar los hongos y traerlo a ratos a cuestas. Así vinieron caminando hasta Cuenca, sudorosos y reventados. “Cachivache” todo el camino no dejaba de repetir: “Me muero, me muero”.

Y quiso Dios que llegaran a San Antón. Lo dejan en el suelo y se levanta mi buen “Cachivache” como una ardilla, dando grandes saltos y diciendo: “A las Columnas a festejarlo. Que me habéis traído a cuestas desde Embid, sin tener dolor alguno”.

Tras la bronca, todo quedó en unos tragos de vino que pagó “Cachivaches” y tan amigos. Una broma es una broma y no hay que tomarlo a mal, pensarían. De aquellos personajes salieron otros como los Realetes, Cecilio el Bigotes, El Gazapo, Tinajillas, Taurita, Pinocho o el maestro Cadenas

Basiliso Martínez Llandres falleció el 4 de noviembre de 1963 con 75 años, siendo entonces vicepresidente de la Panificadora Conquense Agrícola, y su pérdida fue muy sentida en Cuenca, con artículos de Federico Muelas, Amparo Sanz de Beamud o Pedro Morales, director de “Diario de Cuenca”, donde publicaba sus textos. Escribía Morales Caminero que “Basiliso quería a Cuenca con una pasión justa, aunque sin medida; con indeleble enamoramiento. Era para mí algo así como un archivo o una memoria de la ciudad que yo no he conocido. Era recuerdo vivo, cálido, de una Cuenca que él amo siempre con tal fuerza que me pienso si no habrá muerto de impaciencia por ella misma”.

Federico Muelas le dedicó un amplio artículo en el que echaba de menos a los personajes que citaba en sus croniquillas como Miquis, Ropillas, Malasangre, Pontiplata, Candilón, Peliblanca, la Garrancha, El Anís o las bromas de Peñalver… para concluir con esta frase: “Adiós cronista honrado de las horas limpias, esas que las demás olvidan y que tú y yo sacábamos de entre las hojas de la memoria con su color y su aroma, para detener el tiempo…” y el olvido que hoy hemos rescatado.

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