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El Estilita

Periodismo-Ficción (II): el aún más largo día

Nos pasamos horas detrás de la cinta policial, observando a los policías ir y venir transportando mazos enormes, escudos, tenazas y perros. Cuando está teniendo lugar un suceso tan largo, siempre resulta difícil saber cuándo está todo el pescado vendido, cuándo ha llegado el momento de regresar a la redacción y empezar a teclear. Para mí, por lo menos. Tenía las fotos y tenía la información, pero no quería meter la pata marchándome ahora si podía perderme cualquier detalle, así que me armé de paciencia. Estábamos solos todavía: de vez en cuando, el fotógrafo refunfuñaba algo, aún molesto conmigo.

La primera en llegar fue la redactora de una radio, sonriente y con el pelo mojado. Me contó que le había despertado el ruido del helicóptero y, como todos, había llamado a Salvamento Marítimo, que es lo más habitual en esta ciudad y me sacó una foto, divertida, comentando que yo parecía estar en mi elemento. Poco a poco, llegaron el resto de los periodistas: primero las demás radios y luego el redactor de sucesos de un importante periódico. Como siempre, evitó cuidadosamente el contacto visual y empezó a hablar por teléfono, muy atareado. Debía ser la primera vez que me presentaba antes que él a un suceso importante. Las redactoras de la radio entraban en directo cada hora, informando de la gran alarma que había provocado el despliegue policial, de los grandes furgones que bloqueaban la visión, del dichoso helicóptero que ya se había ido, de que la calle Orillamar estaba cortada al tráfico. Los últimos fueron los cámaras de televisión que, como siempre, reclamaron la primera fila, pegados a la cinta policial. Mientras desplegaban sus trípodes, la calle comenzó a animarse.

Compré un par de cafés para el fotógrafo y para mí y observé lo que ocurría. Resulta que en los bajos de las viviendas de Orillamar existe un centro de salud, de manera que pronto empezaron a acudir ancianos que caminaban con bastón, o en silla motorizada y que contemplaban aturdidos la cinta policial. Parecía que la redada hubiera sido en Lourdes. Poco a poco, los antidisturbios les dejaron entrar al tiempo que dejaban salir a los usuarios del centro para sintecho que también se ubicaba allí. Uno de ellos, de 40 kilos, se arrastraba en tacatá, avanzando milímetro a milímetro. Descansaba a cada poco. Su semblante descarnado, desahuciado, impresionaba. "¡Qué mala es la droga!", comentó un cámara. El hombre caracol llegó diez minutos más tarde y el antidisturbios levantó la cinta como si fuera la de la meta.

También tuvieron que apartar los furgones para dejar salir a varios coches incautados: todos eran Audis, todos eran blancos y todos parecían fuera de lugar en unas viviendas sociales. Los residentes que no estaban bajo arresto comenzaron a salir de sus casas o a entrar. La situación degeneró poco a poco: dos señoras orondas (la comida basura ha hecho estragos entre la población calé) increparon a la prensa asegurando que lo que había que hacer era detener a los violadores de niños y dejarles en paz a ellos. Poco después, otra señora de riguroso luto era rodeada por esa misma prensa. Una docena de micrófonos recogieron para la posteridad que no sabía "Nada-nada-nada". Mientras tanto, según me dijeron, los policías trataban de identificar a los sospechosos, una tarea dificultada por la circunstancia de que muchos tenían los mismos apellidos y, además, ambos eran el mismo repetido, quizá debido a una política matrimonial digna de los Borbones o de los Austrias.

Algunos curiosos se acercaban a preguntar qué pasaba, y le respondíamos que se trataba de una redada, pero no bastaba para contentarlos a todos. Un jubilado curioso se situó a mi lado y, aunque traté de fingir que no lo había visto, empezó a contarme sin preámbulos sus experiencias con los gitanos. Al parecer, cuando estuvo en Alemania conoció a uno que había emigrado solo

para comprarse una pistola. Me limité a asentir hasta que se marchó. La siguiente en abordarnos fue una mujer rubia, joven, energética, que se alejó de su amiga y nos abordó como si nos conociera a todos. "¿Quién me dice lo que ha pasado aquí?". Repetí que era una redada. "¿Nada más?", exigió. Me encogí de hombros: mi redactora jefa también es rubia, pero estaba casi seguro de que no eran la misma persona. La espontánea me llamó borde antes de irse.

Yo también abandoné aquel presunto foco de endogamia y narcotráfico, porque en el Ayuntamiento se celebraba un acto con la concejala con competencias en Seguridad Ciudadana. Era la presentación de un libro sobre la historia de bomberos, pero habría dado igual que hubiera sido sobre Winnie the Pooh: fui al grano y le pregunté qué pensaba hacer el Ayuntamiento dado que las viviendas en las que se traficaba eran municipales. Las demás periodistas torcieron el gesto y soltaron risillas nerviosas. Era evidente que mi pregunta era ofensiva y probablemente racista (el fotógrafo consideraría más tarde que era fascista). La concejala respondió que ella no tenía tan claro lo del narcotráfico y que habían ofrecido a la Policía Nacional mediadores porque Servicios Sociales llevaba mucho tiempo haciendo intervención allí.

Aquello bastaba para darme el titular pero volví a la carga, espoleado por el recuerdo de esas viviendas convertidas en un concesionario de Audis y la sospecha de que no es correcto realizar una actividad tan antisocial como traficar con drogas en unas viviendas sociales. "¿Si hay una condena firme, se plantearía un desahucio?". La jefa de prensa, amiga mía, puso muecas como si estuviera sufriendo una apoplejía, para indicar a la concejala que no respondiera, cosa que no hizo. "¡Periodismo-Ficción, Abel!", comentó en tono de fingida diversión. Y aquello fue todo: a diferencia de lo que ocurre con algunos sucesos, es fácil saber cuándo se acaba una rueda de prensa. Como siempre, la realidad se imponía a la ficción.

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