La firma de Chema Caso

Por encima de las nubes y la polución, que esta mañana tapaban los Picos, el sol se impuso elevándose a eso de las nueve en Avilés. Era del mismo color del fuego que durante la noche y la madrugada ardía alto entre los humos de las chimeneas. A mediodía, el cierre de Alcoa y el despido colectivo ¿a quién pillaba desprevenido? Cualquiera que haya cruzado el terreno siderúrgico camino del oasis resistente y ecológico de Zeluán y San Balandrán ¿cuánto tiempo lleva pronosticándolo?

Lo extraño no es este apocalipsis ambiental y social sino la defensa de este modelo de territorio. Ahora que sacan a jugar de nuevo la Fábrica de Armas de Oviedo, descrita en La regenta como lo que fue antes de trasladarla el militar, ingeniero y metalúrgico por Lieja, Francisco de Elorza, desde el Palacio del marqués de San Feliz al monasterio benedictino de Santa María de la Vega, no lejos del lugar del incendio del carbón en Avilés se arruinan los góticos talleres de laminación del también ingeniero de Caminos y Telecomunicaciones, además de licenciado en Filosofía y Derecho, Carlos Fernández Casado.

Y a propósito no del marqués sino de feliz, sin san. Contradictoria felicidad la destilada esta semana de fuego de cok y desarme para premiados en la ínsula de antigua industrialización. Felicidad aspira, distante, a proporcionar el entrenador del Sporting a la afición que ya le pidió en Madrid y en Gijón que lo deje. Porque el fútbol y su concepto, hijo también de las fábricas, aún sobrevive como las aves migratorias en la ría de Avilés.

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