El desfloramiento de la Virgen

Bajo los arcos del Ayuntamiento no cabía ni un alfiler. Había conseguido abrirme paso hasta el centro, donde la concejala de Medio Ambiente, María García, hablaba con el presidente de la asociación cultural Faro de Monte Alto, tratando de hacerse oír por encima del ruido. Los periodistas tratábamos de escuchar algo, pero era imposible. Detrás de García, había tres concejales más, todos con la misma cara de circunstancias ante aquella muchedumbre indignada que empuñaba clavales blancos como si estuvieran dispuestos a golpearles con ellos a la menor oportunidad. La mayoría eran señoras de edad, de esas que se ponen chaqueta y falda cuando quieren vestir elegantes, y lucían el mismo peinado corto, en forma de nube y las mismas gafas enormes, unidas con cadenillas al cuello. Algunas estaban acompañadas por sus maridos, y supuestamente eran fervorosas cristianas, pero allí nadie había venido a poner la otra mejilla.

A esas alturas, toda la ciudad sabía lo que había ocurrido: en la madrugada del domingo, los operarios de la concesionaria del servicio de limpieza municipal habían barrido la alfombra floral que la asociación cultural Faro de Monte Alto había confeccionado en la plaza de Santo Domingo. Había una valla metálica del Ayuntamiento que rodeaba el tapiz, pero parece ser que la orden de trabajo era confusa. Los de la asociación aseguran que solo mencionaba las cajas y otros restos, pero los barrenderos afirman que hablaron con el jefe de servicio y este les dijo que lo retiraran todo, solo hora y media después de que los de la asociación se deslomaran poniendo uno a uno esos diez mil claveles. La concejala responsable, María García, aseguró que todo se debía a una interpretación "draconiana" de unas órdenes confusas. Era un error de buena fe, o eso parecía, pero precisamente el Gobierno local nunca había alardeado de fe, y el presidente de la asociación, un septuagenario llamado Antonio Gómez Bellón, no se lo tragaba. Los cristianos coruñeses habían tenido que soportar muchos desprecios de su recalcitrantemente ateo alcalde, que se negaba a participar en procesiones y rogatorias por el bien de la ciudad, y aquello desbordaba el vaso.

Llenas de Sintrón y cólera divina, esas señoras exigían a gritos que el alcalde saliera a dar la cara, pero Ferreiro no lo hizo, y no se lo reprocho: en el mejor de los casos, le habrían gritado hasta dejarle sordo, en el peor, le habrían amenazado con que conocían a su madre y que pensaban hablar con ella y decirle lo que había hecho. Naturalmente, la Marea Atlántica consideró aquello una especie de complot atizado por la oposición. Habían dicho lo mismo cuando los vecinos de Eirís protestaron en masa por la idea de poner barracones para indigentes en su parque, hacía más de un año. Entonces yo había sido el único que había sonreído en medio de un montón de caras indignadas, pero esta vez compuse un gesto serio. En cambio, la portavoz del PP, Rosa Gallego, sonreía como un tiburón en medio de los manifestantes, y la antigua conselleira y candidata a la alcaldía, Beatriz Mato, parecía posar con un clavel en la mano, vestida de blanco. La viva imagen de la inocencia. Todos los concejales estaban allí, para dejarse ver antes de entrar y participar en el pleno que iba a comenzar.

La muchedumbre gritaba sin parar: "¡Dimisión, dimisión!", "¡Cobarde!", "¡Vergüenza!" y (ya forzando un poco) "¡Libertad!", lo que permitió comprobar por las malas a la concejala de Igualdad, Rocío Fraga, que organizaba actividades de autodefensa feminista, que el heteropatriarcado también podía empoderar a las mujeres. Después, comenzaron a entonar una oración a la Virgen. Mientras tanto, unos sindicalistas de la CIG mantenían su propia concentración, un puñado de personas tras una pancarta que luchaban por actualizar sus salarios aprovechando la celebración del pleno. Pero nadie iba a prestar atención a una protesta tan pueril: los habían contraprogramado.

Era la hora del pleno y los concejales se retiraron en buen orden a través del cordón policial que protegía las puertas, de donde las manifestantes colgaban claveles, pero la cosa no acabó ahí. Puede que Ferreiro hubiera esquivado las procesiones y las misas, pero no iba a escapar de su ordalía: un puñado de manifestantes entró en el palco del público y comenzó a lanzar gritos antes de empezar. El alcalde les miró con cara de circunstancia y reiteró sus disculpas. El concejal de Rexeneración Urbana, Xiao Varela, reiteró sus disculpas. Toda la corporación municipal reiteró sus disculpas, pero no sirvió de nada. Mientras los policías les indicaban amablemente la salida, una señora arrojó un clavel al suelo del hemiciclo y pronunció una frase lapidaria: "Como me voy a morir antes que usted, alcalde, aquí tiene un clavel para su tumba". Algunos concejales murmuraron que aquello era pasarse, incluso para el hombre que había desflorado a la Virgen.

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