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Cold War

Carmen Castilla analiza la película polaca que ya ha llegado a los cines cordobeses

Cold war /

Con unos días de retraso, por fin llega a la cartelera comercial de Córdoba la que probablemente sea la película más bella del año, Cold War. Su debut oficial en España tuvo lugar hace unas semanas en el Festival de San Sebastián, que la seleccionó en el apartado Perlas por haber sido galardonada en el Festival de Cannes con el premio a mejor director para Pawel Pawlikowski, que acudió a presentarla al certamen donostiarra ante el aplauso unánime de crítica y público. Igual ocurrió con su cinta precedente, Ida, que alcanzó el Oscar como mejor película de habla no inglesa en 2015, y que resulta complementaria de la que ahora se estrena.

Cold War narra la historia de amor entre una chica que proviene del ámbito rural e inicia una carrera como cantante, y un músico amante de la libertad durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial en Polonia y París, fundamentalmente. Se inspira en parte en la relación de los padres del propio realizador cuyo romance fue intermitente durante cuarenta años.

El guion lo firma, entre otros, el propio Pawlikowski y es de escuetos y certeros diálogos. La narración recurre a las elipsis, de modo que el espectador ha de entrar en el juego propuesto y estar atento a cuanto se le sugiere desde la pantalla.

Está filmada en proporción académica de 1:1.33, y sus algo más de 80 minutos de duración son toda una lección de cine. Entre los recursos expresivos utilizados destaca la fotografía en blanco y negro a cargo de Lukasz Zal (al igual que en Ida, por la que fue nominado al Oscar a mejor fotografía). La elección es consecuente con los años en que se localiza la historia, un tiempo gris, reflejo del estado anímico del pueblo polaco, que todavía no había cerrado sus heridas.

Otro elemento a destacar es el uso de la música, que sirve para expresar las emociones y sentimientos de los personajes, así como lo que estaba ocurriendo en la política y la sociedad polacas. Encontramos piezas de música tradicional, himnos de la era soviética, temas de jazz o melodías de George Gershwin, como I Loves You, Porgy, en la voz sensual de la actriz protagonista Joanna Kulig (a la que ya pudimos ver como cantante en Ida).

En cuanto al uso de la cámara, varía a medida que avanza la historia. A diferencia de Ida donde solo tenían lugar dos movimientos de cámara, en Cold War, la protagonista femenina activa la narración y por tanto intensifica el movimiento de aquella a medida que los sentimientos se avivan. No obstante, también encontramos tomas fijas que se asemejan a pinturas.

La composición, al igual que ocurría en Ida, relega a los protagonistas al tercio inferior del cuadro, con un gran espacio detrás, como perdidos, destacando su soledad, su individualidad y la opresión de un entorno que se ciñe sobre ellos. Y es que parece que el amor durante la Guerra Fría solo puede abocar a sus protagonistas a buscar “una vista mejor”.

Esperamos ansiosos la nueva producción de este realizador en estado de gracia que, al parecer, adaptará la novela Limónov, de Emmanuel Carrère, donde por cierto ya aparecía una referencia a Pawlikowski, ya que había tenido relación con Eduard Limónov en su etapa de documentalista, cuando filmó Serbian epics. Mientras tanto continuemos deleitándonos con la hermosa Cold War.

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