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Incendio en El Molinón

La afición estalla contra el palco, el entrenador y los jugadores pese al empate agónico de penalti en el último minuto

Es difícil decidir si resulta más duro ver al Sporting o escuchar al Sporting. Verle es una agonía: un equipo que no transmite nada, que no se sabe muy bien a lo que juega y que no es capaz de ganarle ni al Rayo Majadahonda ni al Reus, ni siquiera con un penalti regalado y otro riguroso y un tanto absurdo. Pero tener que escuchar que el equipo hizo un buen partido este sábado ante un rival tan flojo como el Reus, después de haber salvado un punto en el último minuto, mina la moral de cualquiera. Hasta tal punto se ha empequeñecido el Sporting que intentan convencer al personal de que hay que dar por bueno empatar (y gracias) frente a un rival que parece carne de cañón.

El sportinguismo, sin embargo, no traga. La afición del Sporting a veces se deja engañar, no tanto por inocencia como por benevolencia. Intenta ilusionarse aunque sospeche que es de forma infundada. Hasta que estalla, como sucedió este sábado en El Molinón. Y entonces pide que se vayan todos: los jugadores, el entrenador, el director deportivo y el consejo de administración. A estos últimos habrá que hacerles llegar el mensaje, porque solo el consejero Fernando Losada estuvo presente en el palco. Se ve que el presidente y el resto del consejo tenían cosas más importantes que hacer. Y no presenciaron el incendio que Baraja se empeñaba en evitar.

El Sporting no jugó peor que en el Wanda Metropolitano. Eso es cierto, como también lo es que resultaba casi imposible hacerlo. Tuvo más llegadas y pudo ganar. Pero no es suficiente. Enfrente tenía al Reus, un equipo con poquísimos recursos y que se traía a Gijón a seis jugadores del filial. Era la oportunidad de dar un puñetazo encima de la mesa y ganar, por fin, solventemente. Pero no lo hizo. No ganó, pudo perder y solo logró empatar en el último minuto y de un penalti riguroso, fruto de una torpeza de un defensa del Reus.

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Solo faltaba que jugando en casa y contra un pobre rival el Sporting no atacara, no tuviera llegadas y alguna ocasión clara de gol. Pero no fue bastante. Vive el equipo rojiblanco más de arreones individuales de sus jugadores que de un plan trazado. Sigue haciendo probaturas en la jornada 9, con cambios de sistema y constantes cambios en las alineaciones. Ahora Peybernes no vale y juega Juan Rodríguez. Por el centro del campo ya han pasado Cofie, Sousa, Lod, Hernán Santana, Nacho Méndez, Cristian Salvador y, ahora, Carmona. Y en punta sigue Djurdjevic, a pesar de que ya ni los penaltis mete. El serbio, en cuya defensa solo se puede alegar que sigue muy desasistido, estuvo más participativo que en otras ocasiones, pero no es fiable en nada. Lo mismo se le pasa entre las piernas un intento de volea que cede a Sousa en lugar de disparar a puerta. Le falla hasta la fortuna: el árbitro vio una mano dudosa del serbio que le llevó a anular el gol de Álex Pérez. Sigue jugando porque otro de los fichajes, Nick Blackman, ha vuelto a romperse y casi no ha estado disponible desde que llegó a Gijón.

Baraja sigue, pero con poco crédito

Luego está Rubén Baraja, centro de las críticas de muchos aficionados. Entrenador de principios firmes e ideas sólidas, con una forma de ver y afrontar el fútbol con la que a El Molinón le cuesta empatizar. Tiene que ocurrir algo extraordinario para que Baraja altere su hoja de ruta. Tiene una idea y no varía. Alguien, quizás, debería invitarle a desmelenarse alguna vez. Por ejemplo, no esperar a la hora de partido para darse cuenta de una realidad: que ante una defensa de cinco el Sporting necesitaba otro delantero, para ayudar en la presión arriba y para que Djurdjevic no fuera una isla en mitad de un mar de jugadores azules. Pero para Baraja lo primero es el orden y luego todo lo demás.

El Sporting dominó el partido durante muchos minutos, también porque eso formaba parte del plan del Reus, al que no le molestaba en absoluto que fueran los rojiblancos los que tuvieran la pelota. En condiciones normales, todo hacía indicar que más tarde o más temprano, aunque fuera más por insistencia que por buen fútbol, el Sporting marcaría. Pero se le resistió. Tanto que ni siquiera un penalti regalado, por una mano que no fue, supo aprovecharla Djurdjevic, que tiró horrible. No atinaba el Sporting y sí lo hizo el Reus, en un desajuste defensivo que aprovechó el exoviedista Linares (quién si no...) para poner por delante al Sporting y que, en mitad del bochorno meteorológico, se confirmara el futbolístico. Un penalti muy riguroso, por un ligero empujón a Neftali, lo aprovechó Carmona para salvar un punto que no impidió la bronca final.

Al sportinguismo cada día le cuesta más comprar los discursos. El de Rubén Baraja diciendo que no puede pedirle más al equipo que lo que hizo ante el Reus. El de Miguel Torrecilla, el director deportivo, asegurando que el fin justifica los medios o fichando como si no hubiera mañana desde el momento en el que se levantó de la sala de prensa diciendo que este año apostaría por Mareo. O el de la propiedad, el del presidente Javier Fernández que después de 25 años de desgracias, aseguraron que habían aprendido la lección, que no perderían la esencia y que llegarían los tiempos del crecimiento sin retorno. El nivel de hartazgo es tal que, puede que como paso previo a dejar de ir a El Molinón, la gente este sábado volvió a desahogarse contra todos, aun sabiendo de que como mucho caerá Rubén Baraja más tarde o más temprano.

Por ahora el entrenador sigue en el cargo, quizás porque su caída debería venir acompañada por la de aquel que apostó por él para sustituir a aquel por el que había apostado unos meses antes. La realidad es que el Sporting está peor que el año pasado a estas alturas, concretamente con cinco puntos menos. Desde dentro, siguen pidiendo paciencia. Pero la del sportinguismo ya la colmaron hace mucho tiempo.

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