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Las lágrimas de una Virgen de Cuenca que crearon expectación en toda España

Decenas de peregrinos acudieron a ver el cuadro de la Virgen del Carmen que lloraba, pero nunca se pudo demostrar que se tratase de un milagro

Cuadro de la Virgen del Carmen del que supuestamente brotaban lágrimas. /

Con el título de Las lágrimas del cuadro de la Virgen, que quedaron en agua de borrajas, José Vicente Ávila recuerda en la sección Páginas de mi Desván, que se emite cada martes en Hoy por Hoy Cuenca, el suceso del cuadro de una Virgen del Carmen que “lloraba” en la casa de una vecina de Villalba de la Sierra en septiembre de 1959. Recuperamos esta historia sin más pretensión que ceñirnos a los hechos que ocurrieron y que así se recogieron en la prensa provincial y nacional para testimoniar, con ello, el afecto y respeto hacia aquellas gentes que, fieles a sus creencias, se sintieron finalmente tan desilusionadas como defraudadas.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Se van a cumplir sesenta años de un acontecimiento inusual que tuvo en vilo durante varias semanas, entre septiembre y noviembre de 1959, a la provincia de Cuenca y de manera especial a la bella localidad de Villalba de la Sierra, con la frase popular de “la Virgen del Carmen llora”, recogida así por Desiderio Enrique Gómez Valía en el libro Villalba de la Sierra (Cuenca) en la Naturaleza y en la Historia.

En un repaso a vuela pluma, porque no dejó de ser un amargo hecho anecdótico, Gómez Valía apunta que Villalba estaba tranquila y feliz, apoyada en su manera de entender la vida: sencilla, con sus quehaceres cotidianos a la espalda, disfrutando del increíble paisaje y del aire fresco y perfumado, con sus formas de alimentación sanas… Así vivían los villabenses cuando en la noche del 18 de septiembre de 1959 surgió un hecho que, al menos de momento, alborotó a todo el pueblo: la Virgen del Carmen lloraba en casa de doña Soledad, la practicanta y comadrona del pueblo desde hacía años…”

Personas en la puerta de la "casa de la Virgen". / Revista Blanco y Negro

En la memoria colectiva de quienes nacimos en la década del comienzo de los cincuenta tenemos una serie de sucesos luctuosos que ocurrieron en la provincia de Cuenca, reflejados en las primeras páginas de los periódicos como la tragedia de la caída al río Júcar del coche de línea de La Roda, con 30 muertos; el tren de Los Palancares que se paró en el túnel, con cinco fallecidos, o el avión estrellado en la Sierra, con la muerte de Blume y otros 27 pasajeros, todos ellos ocurridos entre 1957 y 1959, como el “caso” de Villalba, con las lágrimas del cuadro de la Virgen, que pertenece a esa intrahistoria que se dio en muchos rincones rurales, sobre visiones y supuestos milagros, que ya se recogen en la publicación Divina presencia en España y Europa Occidental (1500-1960).

Las primeras noticias

Pasaron nada menos que 23 días desde que en el pueblo comenzaron los rumores sobre el supuesto milagro, que según Hermelinda, que fue la primera en propagarlo, sucedió el 18 de septiembre. Hasta el domingo 13 de octubre, y tras las oportunas averiguaciones, el diario local Ofensiva no sacó a la luz lo que más que un rumor era vox populi. Y en la primera página se puede leer en la información, con el sumario de que “la historia comenzó el pasado 18 de septiembre”: “Pues, Señor… He aquí un acontecimiento que parece revestir todos los caracteres de lo sensacional.

¿Hablamos ya de un portento? Creemos que, en estos casos, la máxima prudencia se impone para no resbalar y caer en el ridículo. El caso es que en el domicilio de doña Soledad, practicante titular de Villalba, que vive en compañía de su hija Hermelinda, permanece horas y horas, sin deseo de marcharse, una muchedumbre silenciosa que ora con auténtico fervor”.

Hay que remontarse a esos años cincuenta del nacional catolicismo para entender que cualquier manifestación de este tipo transcendía entre las gentes. Resulta curioso que en ese año de 1959 se estrenase en febrero la película cuyo fragmento hemos escuchado de Los jueves milagro, de Luis García Berlanga, con Pepe Isbert en el papel del aparecido San Dimas, que llegaría a Cuenca pocos meses después, en tanto que los hechos que relatamos nos llevan hasta mediados de septiembre.

El cura de Villalba, don Emilio, que no quería “salir en los papeles” ni hacer declaraciones sobre el asunto. / Enrique Ribas. Revista Blanco y Negro

¿Qué motivos llevarían a esta familia a salir a la palestra manifestando que las lágrimas de la Virgen del Carmen resbalaban por el cuadro? Esa era la pregunta que se hacía desde el periódico Ofensiva en su primera información del domingo 11 de octubre titulada “Desplazamientos desde toda la provincia a Villalba de la Sierra para presenciar un extraño fenómeno”. La información se remontaba al 18 de septiembre, fecha en la que Hermelinda contaba que se había acostado y antes de conciliar el sueño había notado que en el cuadro de la Virgen del Carmen, que tenía colgado a la derecha de su cama, pendían dos puntos luminosos, y al tocarlos comprobó que dos gotas acuosas resbalaban hacia la parte inferior del marco. Indicó que lo mismo ocurrió al día siguiente, y el misterio que sólo conocían la hija y la madre se fue divulgando, como un secreto a voces alimentando así una fábula.

Repercusión nacional

No es de extrañar que ante una noticia milagrera de ese calado muchas personas entendiesen de buena fe que aquellas lágrimas del cuadro fuesen un hipotético milagro en esa creencia popular. Como bien describían los distintos periodistas que visitaron la casa, “el cuadro de la Virgen del Carmen era una litografía en colores del tamaño de un solio, montado sobre un tosco marco al que le sujetaba por detrás un cartón”. Fue adquirido por doña Soledad en Cuenca, al terminar la guerra en la tienda que el comerciante señor Vera tenía en la calle Calderón de la Barca. Repasando la prensa provincial y nacional de aquellos días, nos quedamos con algunos curiosos titulares, que fueron aumentando la burbuja milagrera, forjando un mito que luego resultó inexistente. Decían así:

Ofensiva, 13 de octubre: “Las gentes se trasladan, en centenares de vehículos, a Villalba de la Sierra”. La piedad popular ha convertido una sencilla alcoba en un santuario”.

Ofensiva, 14 de octubre: Aparecen en la portada las primeras fotografías de la casa y sus protagonistas. “Guardando la lógica prudencia en tan delicada cuestión, ofrecemos los testimonios gráficos de doña Soledad y su hija Hermelinda”. El cuadro de la Virgen del Carmen permanece celosamente escoltado noche y día por la devoción de los fieles.

Ofensiva, 15 de octubre: “Las fuentes vaticanas mantienen una gran reserva sobre el supuesto prodigio de Villalba y será preciso un cuidadoso examen previo”.

Página del reportaje. / Revista Blanco y Negro

Abc, 15 de octubre, en una página completa, firmada por su corresponsal Martín Álvarez Chirveches: “Muchas personas afirman que han visto lágrimas en el cuadro de la Virgen del Carmen”. Desde el pasado viernes, día 9, no ha vuelto a repetirse el singular hecho.

Abc, 17 de octubre, en otra página firmada por Álvarez Chirveches: “Flores, velas y oraciones ante la Virgen del Carmen”. Las lágrimas han sido vistas por testigos calificados de prueba.

Ofensiva, 18 de octubre: En primera página se publican tres fotografías del cuadro de la Virgen del Carmen “como documento gráfico de indudable valor periodístico”.

Tenía razón el periódico cuando hablaba de indudable valor, porque no era habitual que Ofensiva publicase fotografías en aquellos años, salvo en acontecimientos y notables sucesos, al no contar con laboratorio de fotograbado, lo que obligaba a enviar las fotografías, que en este caso eran de Luis Pascual, en Auto-Res para ser recogidas por un empleado de Fotograbado Monasterio, en Madrid, que al día siguiente las reenviaba a Cuenca en formato de clichés de plancha de metal para ser publicadas en el periódico y eso tenía un alto coste. Y en este caso, el suceso de Villalba dio para publicar más fotos y vender muchos periódicos que se agotaban en el quiosco.

Además de las crónicas en Abc y demás periódicos a través de las agencias Efe y Pyresa, también las revistas nacionales se hicieron eco. Por ejemplo, la revista Blanco y Negro, del 24 de octubre, incluye en la portada este titular: “La Virgen de las Lágrimas (Cuenca)”. En el interior de sus 128 páginas, y con el interrogante de “¿Milagro en Villalba de la Sierra?” recoge en el sumario: “Dos centenares de personas aseguran haber visto llorar a una imagen de la Virgen del Carmen”. La revista dedicaba once páginas y catorce grandes fotografías al reportaje firmado por el periodista Manuel Menéndez-Chacón, que fue todo un personaje del mundo periodístico, además de caricaturista, y el fotógrafo Enrique Ribas, quien por cierto hizo una furtiva foto de espaldas al cura de Villalba, don Emilio, que no quería “salir en los papeles” ni hacer declaraciones sobre el asunto, de ahí que Menéndez-Chacón escribiese sobre “el mutismo de la iglesia, que guarda hermética reserva respecto al supuesto milagro”. El famoso periodista resaltaba: “En Villalba de la Sierra, pueblecito conquense recostado al pie de la serranía, al margen de la pista que conduce a la Ciudad Encantada y a cinco leguas de la capital, el fervor popular ha convertido espontáneamente en santuario una modesta vivienda situada en la calle de la iglesia.

Hasta allí llegan, en piadosa peregrinación, decenas y decenas de personas, procedentes de toda la región y de la capital de la provincia; hasta allí llegan desde toda España, centenares de cartas, flores y velas, rosarios y medallas. No somos nosotros los llamados a dar interpretación alguna –que sería aventurada—a los hechos que con mero afán informativo recogemos aquí”.

Página del diario 'Ofensiva' del 7 de noviembre de 1959. / Archivo José Vicente Ávila

Otra revista, Sábado Gráfico, también del 24 de octubre, le dedica cuatro páginas con el título de “Nueva Virgen de las Lágrimas”, y la inclusión de varias curiosas fotografías. Este dato también lo cita Gómez Valía en su libro Villalba de la Sierra en la Naturaleza y en la Historia. En el recuadro de la página en la que aparece Hermelinda junto al cuadro, se puede leer: “En un pequeño lugarcejo de la provincia de Cuenca, humilde en sus dimensiones y en su censo ciudadano, ha surgido este misterioso acontecimiento, hacia cuyos resultados vuelven ansiosos su vista todos los católicos españoles…”, escribía Javier Querol en su artículo que titulaba “El misterio de unas lágrimas”. En pocos días la información nacional, y provincial y sobre todo en la emisora conquense que dirigía Chirveches, en aquel mes de octubre de 1959, fue determinante para que autobuses, coches y peregrinos de pueblos cercanos, andando o en mulas y borricos, se acercasen hasta Villalba, en la mayoría de los casos a impregnar algodones en las gotas de lágrimas.

Durante unos días cesó el bombardeo informativo, aunque seguía la romería por la carretera de Tragacete con vehículos de peregrinos que se cruzaban con los camiones de la Sierra cargados de troncos, pues ya apenas quedaban gancheros. “Recuerdo con nueve años el trasiego de gente en el puente de San Antón, preguntando por el milagro, mientras en la cercana Casa de Beneficencia, en el patio de entrada, se había escenificado la aparición de la Virgen de Fátima. Allí, en la Casa, una mujer llamada Victoria, a la que le habían amputado las dos piernas, y se pasaba el día sentada en una especie de banca con mesa camilla, rodeada de ropa, para zurcir y coser, pedía por su curación porque le habían llevado unos algodones mojados en el cuadro, que se puso en los muñones de sus piernas amputadas… Y nada, paciencia”, recuerda José Vicente Ávila. “Se estaba jugando con la fe de la gente, que creía en el misterio de las lágrimas”.

Tras un par de semanas sin apenas noticias, el diario Ofensiva volvía a la carga el miércoles 4 de noviembre, informando que a la una de la tarde, “se repitió el supuesto prodigio en el cuadro de la Virgen del Carmen”. En un amplio reportaje, el firmante Kick contaba que son tantas las impresiones recogidas, “tan encontradas y diversas, que es muy difícil irlas trasladando al lector de una forma fluida y coherente. Porque el hecho es realmente inconcreto, como flotante entre sombras que nos dicen de muy grandes cosas como en realidad pueden hablarnos de un gran vacío. De desconfianza y de fe, de devoción y de juicios temerarios… Caravanas de coches, autocares y motocicletas recorren la carretera de Tragacete hasta el kilómetro 21… Más de una veintena de personas llegan andando o a lomos de animales desde Villar de Domingo García y pueblos cercanos, algunos incluso desde Alcañiz…”

En los primeros días de noviembre, tras la aparición de los reportajes en las revistas nacionales, la afluencia fue tan grande, que incluso la casa en la que vivían doña Soledad y Hermelinda se empieza a conocer como “la calle del cuadro de la Virgen”. En la edición del 6 de noviembre, cuando el periodista Eduardo Bort Carbó le pregunta, a Hermelinda, ¿qué piensa de todo esto? Ella contesta: “La verdad es que no sé qué pensar. No sé qué decir. Han sido muchas emociones y estoy realmente deshecha”. Le dice si piensa abandonar el pueblo durante algunos días, y señala: “No puedo, tenemos mucho trabajo mi madre y yo”, y aunque se muestra agradecida a la gente que la visita “de toda España”, se le escapa la frase de “la posibilidad de que esto tenga un desenlace…” Añade Carbó que Hermelinda no se atreve a hablar precisamente de ese final que aventura y por eso hay que cambiar de tema. En la edición del 7 de noviembre, el firmante Kick escribe en Ofensiva con este lenguaje tan llano: “Esa especie de “radio macuto” que parecen poseer estos días todos los conquenses, nos despertó con la noticia de que a temprana hora de este viernes sosegado y frío, la virgen del Carmelo había dado muestras de dolor visible” Y añadía entre paréntesis: “se dice, se cree, siempre en impersonal, lector, que esto es muy difícil de tratar”.

Contaba incluso que el director del Salto de Villalba, señor Ontalvo, había instalado una cámara fotográfica para filmar todo lo que aconteciese en “la casa del milagro”. El 8 de noviembre se podía leer este titular en la portada de Ofensiva, con una crónica de Eduardo Bort: “Anoche se repitió el supuesto prodigio en la imagen de la Virgen del Carmen”, seguido de este sumario: “Al parecer todo el pueblo pudo contemplarlo por la noche durante media hora”. Bort publicó la relación de nombres y apellidos de unas cuarenta personas que lo habían visto, rezando el rosario, y cuando se corrió la voz la calle se llenó de curiosos. En su crónica más pausada, del martes 10 de noviembre, Eduardo Bort, describe lo acontecido en la noche del sábado, en “la casa del cuadro”:

Mujeres en la "casa de la Virgen". / Luis Pascual

“La caravana de vehículos por la carretera de Tragacete se hizo interminable…. Al llegar, el pueblo ofrece aspecto de confusión. Gentes por doquier. Los niños juegan en la calle, gritando y cantando sus canciones infantiles. De un edificio salen fuertes, estridentes, las notas de un gramófono o altavoz. Es el baile popular. Al asomar la cabeza por la puerta se ve una atmósfera densa, cargada de humo, de calor.

Por unas escaleras que conducen al café suben y bajan las gentes bastante ajenas al prodigio que, según ellas mismas, se está desarrollando unas casas más arriba. En realidad, el efecto es descorazonador, precisamente por la indiferencia que esta actitud demuestra”.

Revista Sábado Gráfico.

Eduardo habla con diversas personas y en uno de los párrafos escribe:

“El periodista ya se ha dado perfecta cuenta de que lo que la gente en realidad ha visto son lágrimas”. “Ver llorar” para estas personas es ver lágrimas en el rostro de retrato. Ver brotar las lágrimas es otra cosa”.

Habla también con el alcalde, Ildefonso, que era veterinario, y aprovecha para desmentir cosas que pusieron en su nombre y no había visto. Ildefonso señala que nunca vio brotar lágrima alguna y que cuando le mostraron el cuadro para ver las gotas se limitó a recoger el líquido con una jeringuilla con la que intentó una reacción química con papel de tornasol.

¿Y cuál fue el resultado?, preguntó Bort Carbó, a lo que el alcalde veterinario contestó: “Lo decidirán las autoridades competentes”.

Me comentaba recientemente el sacerdote Anastasio Martínez, que entonces era el párroco de Las Majadas desde hacía un año, que en una ocasión el cura de Villalba y del Salto, Emilio Hortelano, le pidió que fuese a su iglesia a rezar el rosario, pues se celebraba la fiesta del Rosario el primer domingo de octubre, y tenía que oficiar en el Salto, y porque además estaba un tanto cansado de que toda la gente le preguntase por el “milagro”. Anastasio recuerda que la iglesia estaba llena y que notó mucho fervor, como que sucedía algo trascendental, “aunque nosotros no dábamos pábulo a aquello”, recuerda. “Incluso nos llevaron a la casa y nos decían la madre y la hija que los curas éramos los primeros que no creíamos en eso, y tenían razón como luego se pudo ver”.

¿Fue un milagro?

Resulta curioso que a partir de mediados de noviembre ya no se publicaban noticias sobre “el cuadro de las lágrimas”, entrando en una especie de mutismo. Según parece, el cuadro quedó precintado y toda la documentación de cartas, testimonios escritos, prensa, y demás, fueron entregados por el cura don Emilio, en un dossier, al Obispado de Cuenca. El caso pasó a lo que se puede denominar “sub judice” o “secreto del sumario”, para determinar las causas. La pregunta es obligada, ¿Cuál fue el origen de las lágrimas?, pues comentarios los hubo sobre si Hermelinda inyectaba el agua con una jeringa por detrás de la estampa. El cuadro iba pasando de mano en mano en la casa, e incluso le colocaron un aplique de luz para darle más luminosidad. Todo parece indicar, según fuentes solventes, que cuando no había gente en la casa, Hermelinda colocaba glicerina en el cuadro, en los lugares adecuados, y cuando el calor se hacía notar en la casa, el alcohol líquido inoloro brotaba tal cual lágrimas.

Descubierto el ardid, las gentes de Cuenca popularizaron un dicho que aludía a los viajes en autocares a Villalba, con una frase que decimos igualmente con todo el respeto y cariño: “La Virgen del cuadro ya no derrama lágrimas, ahora quien llora es Jesús, el de los autobuses”, por cierto una empresa que puso una pica en la capital y provincia en aquellos años de malas carreteras y comunicaciones.

Divina presencia

Este sucedido fue incluido en la publicación “Divina presencia en España y Europa Occidental (1500-1960)”. En el capítulo 2, referido a “Imágenes como seres: sangre, sudor y lágrimas”, se recoge un estudio que “aborda la relación de las personas con los seres divinos en las comunidades contemporáneas e históricas, y una de ellas es “la larga tradición de visiones de caminantes misteriosos en la España rural”. Señala el amplio trabajo que “en España se conocieron tres casos: una imagen de María Milagrosa en el altar mayor de la iglesia de Entrecruces (La Coruña) que parecía llorar en once días diferentes en 1954; un incidente similar con un Inmaculado Corazón de María en otro pueblo gallego en 1954-1955, y “una litografía de la Virgen del Monte Carmelo en un pueblo de Cuenca, Villalba de la Sierra, en septiembre de 1959”.

El llanto cesó cuando la comisión de urnas o marcos escépticos envió las lágrimas para un análisis químico y descubrió que “eran en gran parte agua”, señala el estudio. O lo que es lo mismo, todo quedó en “agua de borrajas”.

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