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El Colegio de Cuenca, de maravilla a recuerdo en los textos

Las decisiones de la Corona y la francesada provocaron la desaparición de una de las instituciones más hermosas de la ciudad

Bajo el Cielo de Salamanca, al calor de la Universidad de Salamanca, fue creándose un parque de colegios mayores y menores que aportaron a la ciudad influencia, figuras intelectuales muy destacadas y un patrimonio que en muchos casos desapareció durante la ocupación francesa: es el caso de uno de los colegios mayores más ilustres de Salamanca. El Colegio de Cuenca, también dedicado –como el de Fonseca—a Santiago el Mayor o el Zebedeo. Este Colegio ocupó gran parte del solar que conocemos como “Botánico”,a sí que es posible que en la recuperación arqueológica de esa zona aparezca algo de aquel colegio y de la llamada Fábrica de la Luz, que el promotor de la electricidad en Salamanca, Carlos Luna, levantó ahí.

Y efectivamente la ocupación francesa destruyó casi todo el colegio así que resultó relativamente fácil levantar ahí después cualquier cosa: una fábrica de luz o unas pistas deportivas, o, como se pensó, una biblioteca universitaria.

La destrucción

Hay que recordar de nuevo que Carlos IV, en 1798, comienza la supresión de los colegios. En el caso del Colegio de Cuenca la Universidad propuso a la Corona hacer en él una especie de Facultad de Medicina. Hablamos del colegio y su jardín, donde se establecería un “jardín botánico”, muy importante, entonces, para la farmacia. Todo iba encarrilado pero finalmente aquello se para.

Dicen Ana Castro Santamaría y Mari Nieves Rupérez Almajano en su libro sobre el Colegio de Cuenca que “la falta de consolidación de los estudios para los que fue cedido el inmueble y la necesidad de explicar determinadas materias en el hospital justifican en parte” ese cambio de uso, al igual que las propias circunstancias del país: estamos hablando de las vísperas de la Guerra de la Independencia.

La Universidad de Salamanca –con gran oposición interna—decide utilizar algunas dependencias como paneras y alquilar otras, que no necesitaba. Incluso se destinó como pajar para el ejército y se intentó que allí se estableciese un cuartel de caballería. La Universidad se opone. Dice que no es adecuado ni compatible con ciertos usos, como biblioteca, que había comenzado a instalar. Fue también alojamiento de pobres, estuvo en él el Colegio de Huérfanos y llegada la ocupación francesa esta lo convirtió, pagando a la Universidad, en cuartel y hospital. Es ocupado por las tropas francesas y en 1812 el mariscal Duque de Ragusa anuncia e impone su demolición para reforzar los fuertes de San Cayetano y de San Vicente y en general las defensas de la ciudad ante la llegada de Wellington.

 

Desaparición.

Las crónicas dicen que algo quedó tras la francesada. A mediados del siglo XIX aún era visible parte del claustro del Colegio, algo de la fachada –según el viajero Richard Ford—y poco más. A finales de ese siglo apenas quedaba el recuerdo y con una agravante: las investigadoras antes citadas señalan que el único resto del Colegio (y es dudoso) es una puerta adintelada que se encuentra en el Museo de Salamanca. Nada más.

No está claro que el edificio llegase a finalizarse pero Richard Ford dice que era “de suma exquisitez” y lo califica de “maravilla de Salamanca”. Tenía tres plantas y un claustro espléndido, que algunos comparan con el de las Dueñas, al igual que las escaleras, similares a las Calatrava o Compañía. Además, el Colegio contaba con dependencias subterráneas, sótanos. Tuvo su capilla, aunque en realidad tuviese dos, y lo que no acabó de rematarse fue la fachada principal, que apuntaba, por lo hecho, en suntuosa. Según las crónicas. Y por lo tanto costosísimas.

Su fundador fue Diego Ramírez de Villaescusa, su pueblo natal. Estudió en Salamanca y fue colegial del San Bartolomé. Como profesor fue muy elogiado en su tiempo y poco a poco hacer carrera en la Iglesia con obispados aquí y allá. Por ejemplo el de Cuenca, en 1518. También tuvo su carrera política con los Reyes Católicos, con la princesa Juana, bautiza a Carlos I…pero participa en la revuelta de las Comunidades, lo que le obliga a poner distancia con España. Es en Roma, su refugio, donde consigue la bula de fundación del Colegio y regresa a España ya seguro, porque el propio emperador Carlos le había reclamado en varias ocasiones. Se asegura que vive en la calle de Serranos y que, inicialmente, pensó en construir el Colegio donde se encuentran actualmente las Escuelas Menores. Está claro que no se lo permitieron.

 

 

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