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Pasan los años, el escribidor se hace más viejo y más pellejo y pierde la fe a más velocidad que un San Manuel Bueno, mártir. La realidad impone su rosario de penitencias digitales de las que resulta tarea imposible escapar sin los dedos en carne viva. Nada es lo que parece, todo se simula en el jardín de Facebook. La nueva oratoria se escribe en endecasílabos twitterianos.

Puede que la lluvia traiga la melancolía y todo sea un brote de tristeza en Noviembre, pero cuando el vigía alza la cabeza apenas alcanza a ver más allá de una legión de ojos anclados en el oráculo de una pantalla de móvil. Una humanidad cuyo corazón late al ritmo binario de un algoritmo. Redes donde pescar la fama y el éxito banal que alimenta nuestra vida.

No eres nadie si Villarejo no ha puesto un micrófono en tu retrete o una cámara entre tus sábanas. Ulises regresa a Ítaca colgando fotos en Instagram. Tus ideas y talentos valen el peso de tus likes, y hasta Zuckerberg sabe que tu muro es la fortaleza secreta de su cuenta corriente.

Todos lo aceptamos porque ya no es posible escapar a esta dictadura del Whatsapp, a esta Poética iletrada de los selfies. Nada es tan certero como la mentira, la enuncie la Vicepresidenta Calvo o los resucitados parlamentarios legionarios del PP.

Hay días en las que ya sólo queda la verdad de la literatura y del vino, de la piel y de los labios al caer la noche.

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