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Soylent green

Una amiga mía, una chica lista, me dijo que una de las entradas de mi blog, bajo el título 'El desfloramiento de la Virgen' era gerontófoba. Supongo que tiene razón. Bueno, no es que esté a favor de que conviertan a los viejos en galletas, como en esa película 'Soylent Green', es solo que no comprendo por qué tengo que fingir que todos los jubilados son depositarios de una valiosa experiencia vital que merece la pena transmitir. La mayoría son gente corriente que han llevado una vida vulgar y rutinaria, cuya comprensión de la actualidad se extinguió con el NO-Do y cuya edad les releva de cumplir cualquier norma social. Sé que hay ancianos interesantes (como los que pillan ETS en los viajes del Imserso) pero todos los que he conocido son o vejetes afables que se limitan a divagar sobre un tema que se vuelve ininteligible porque nunca recuerdan ningún sustantivo y se limitan a sustituirlo por "coso", o ancianos furiosos con el mundo porque ha tenido la osadía de cambiar sin pedir permiso, o carcas desconocidos que creen que pueden sermonearte como si no fueras un adulto, solo porque no te tienes que levantar tres veces cada noche para ir al baño.

La confirmación la obtuve en el último Dillo ti, en Monte Alto. Todo marchó más o menos bien hasta que ocurrió lo que más temía: le pasaron el micrófono a un jubilado de orejas enormes, que rondaba los ochenta. En realidad, la moderadora se sentó a su lado y le sostuvo el micrófono para que pudiera hablar sin agotar sus escasas fuerzas. A medida que el vejete se explicaba en un fuerte acento con geada, se oyeron risitas por toda la sala y el Gobierno local en pleno sonrió de la forma más condescendiente posible, mientras aquel anciano divagaba en torno al Campo de Marte, que él llamaba los jardines de Curros Enríquez. Durante cinco minutos, explicó que había plantas que se habían secado y cortado y otras que se habían cortado cuando aún estaban verdes, y que si las contratas, y que si unas piedras que había no sé dónde. Cada vez que perdía el hilo, se oían más risas y decía cosas como: "Xa tiña ganas de dicirllo ao señor alcalde, pero non quería que pensara que viña por outra cousa" y "Non pido para mí. E? Eu pido para todos". Su intervención acabó en aplausos igualmente condescendientes.

A mí me parecía completamente inapropiado. Aquel señor había hablado con toda su buena fe y la gente había reaccionado como si escucharan a un niño en un recital de fin de curso. Y se suponía que el gerontófobo era yo. Entonces apareció el segundo tipo de anciano: una señora se levantó como un resorte de su asiento y se marchó indignada. Yo creí que sería por las risitas, pero resultó que lo que le molestaba era esperar su turno de palabra. Era delgada y de pelo corto y gris, con unas gafas enormes y pasaba de los setenta. "Tengo cosas que hacer –dijo- y estoy harta de esperar. Me voy". La moderadora le dijo que le iba a pasar el micrófono pero ella no estaba dispuesta a esperar. Dio media vuelta en el pasillo para encararse con el Gobierno local y pedirles que instalaran una barandilla "porque nos matamos, solo era eso", antes de marcharse caminando con una energía impropia de su edad. Todo el mundo se quedó callado, incluido el Gobierno local en pleno, reducido a un puñado de colegiales de un solo grito.

En cambio, para un gerontófobo aquello había sido casi divertido. Cuando acabó el Dillo ti, sin pena ni gloria, crucé unas palabras con una de las periodistas del gabinete de prensa municipal antes de marcharme y ocurrió: una señora pasó a su lado, la saludó y ella me presentó. No dijo mi nombre, solo el del medio para el que trabajo, pero aquello bastó para que la señora, obviamente una simpatizante de Marea Atlántica, se dispusiera a recriminarme lo mal que tratamos los medios a nuestro simpático Gobierno local. Frisaba los setenta y tenía el pelo cano y corto, pero vestía ropa juvenil y quizá una mochila, lo que le daba un aspecto extraño, como esos actores jóvenes a los que maquillan para parecer viejos, y resultó ser de las que sermoneaba.

No paraba de repetir que el "campo semántico" que los medios utilizamos en los titulares era incorrecto. "Campo semántico". Lo decía una y otra vez como si lo hubiera escuchado hacía poco y le hiciera sentirse inteligente emplear ese término. Según ella, no podíamos escribir "delito" al referirnos al Gobierno local. Yo alegué que era la Fiscalía la que lo usaba, pero ella rechazó mi argumento como una débil excusa y replicó que "si sabes que el 30% de la gente que lee el periódico en el bar solo lee el titular, no puedes poner esas palabras". Sonreí, o más bien enseñé los dientes, y repliqué con mi tono más sarcástico que no estaba al corriente de esas estadísticas, lo que hacía que me avergonzara de ser tan mal periodista. A la conversación se sumó la concejala Rocío Fraga, para comentar entre ellas cómo sesgaba lo que habían dicho. Lo cual, por otra parte, es lo que hacemos los periódicos a diario.

No, no estoy a favor de que se convierta a los viejos en galletas, por humanidad, claro, y por el respeto debido a nuestros mayores, pero sobre todo porque me parecen difíciles de tragar.

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Cadena SER

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