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Daniel Muñoz y Lorenzo Redondo, dúo de orquestina en la música de Cuenca

Con motivo de la celebración de su patrona este 22 de noviembre, rescatamos el nombre de estos dos músicos conquenses que tanto aportaron a su profesión a lo largo del siglo XX

Daniel Muñoz y Lorenzo Redondo, con la orquestina. /

La música cobra protagonismo en estos días ante la fiesta anual de Santa Cecilia, que cada 22 de noviembre celebran bandas y agrupaciones, que son numerosas en la provincia de Cuenca, y que tiene su reflejo en la capital con la Banda Municipal creada en 1895, hace 123 años. En esta ocasión, José Vicente Ávila recupera en Páginas de mi Desván, el espacio que emitimos cada martes en Hoy por Hoy Cuenca, a dos sencillos músicos conquenses, quizá poco reconocidos, como lo fueron Daniel Muñoz Romero y Lorenzo Redondo Boldo, que sintieron pasión por la enseñanza musical hasta más allá de su jubilación, con esa frase tan manida para los nuevos educandos de que “Música es el arte de bien combinar los sonidos y el tiempo”.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Daniel y Lorenzo coincidieron en orquestinas y rondallas, junto a otros conocidos músicos conquenses, aunque de manera individual cada uno siguió su profesión o afición musical en Cuenca por caminos diferentes.

Daniel Muñoz

Daniel Muñoz, que había nacido en Cuenca en 1898, se enroló muy pronto en la música y de hecho su nombre ya consta en el Libro de la Banda Municipal de 1923, cuando fue reorganizada bajo la dirección del maestro Nicolás Cabañas. En esa primera relación de profesores que se inicia el 1 de enero de 1923, siendo concejal-delegado Pedro Montero, ya aparece el nombre de Daniel Muñoz junto a otros 35 componentes, entre ellos Florentino Merchante, Baldomero Molina o Federico Alcalde, que fueron impresores. En 1927 ingresaría Lorenzo Redondo. Daniel entró como profesor en 1929 en la Banda Provincial que entonces dirigía el maestro Calleja tocando el bajo y el saxo.

El maestro Daniel Muñoz junto al piano, en una actuación de vals. El primer niño de la izquierda, de rodillas, es José Vicente Ávila. / Luis Pascual

Además de tocar, tanto en la banda municipal como en la provincial, estos músicos actuaban en orquestinas. Se tenían que buscar la vida porque la música apenas daba para comer. En aquellos años veinte y treinta había en Cuenca orquestinas, rondallas o sextetos, que en unos casos dirigían el maestro Cabañas, Rubio, Calleja o el propio Daniel Muñoz, que dedicó toda su vida a la música. Por ejemplo, en el año 1935 podemos leer en el semanario republicano El Heraldo de Cuenca, la información de un concierto celebrado en el Círculo de la Constancia el 21 de septiembre, a cargo de la “Rondalla Ibérica Conquense” que por entonces “dirigía el maestro Daniel Muñoz, interpretando magistralmente ante un numerosos y selecto público” un programa con obras como el pasacalles de “la Dolores”, la fantasía de Katiuska, Danzas españolas, “Una noche en Toledo” o “Pepita Creus”. Y aún señalaba el periódico que la “Rondalla Ibérica Conquense” iba a ofrecer dos conciertos más en el Royal Cinema, en los descansos de las dos funciones de cine. Se decía en la reseña, que “por tratarse de una simpática agrupación conquense, integrada por pequeños aficionados a la música y sin recursos para ampliar su radio de acción, estimamos sería justo su protección con alguna subvención del Ayuntamiento”.

El propio maestro Muñoz recordaba, en una entrevista que le hizo José Vicente Ávila, que “la Banda Provincial tuvo su época de apogeo allá entre los años quince y veinte” de comienzos del siglo XX: “Salíamos a tocar en las procesiones de Semana Santa y a dar conciertos y pasacalles compitiendo con la Banda Municipal. Luego, en 1931 la Banda se deshizo y entonces sólo nos dedicamos a la enseñanza del solfeo a los acogidos en la Casa de Beneficencia”. En el año 1946 el director de la Academia de Música Provincial era Rafael García y como profesores Francisco Zurilla y Daniel Muñoz, quedando solamente Daniel como director y profesor a partir de 1960. “Recuerdo que para mí la mejor época fue en la década de los cincuenta y sesenta. Había muy buena gente y todos los instrumentos estaban ocupados. Era una Banda que no envidiaba a ninguna y nos llamaban de los pueblos”.

“Gracias a Daniel Muñoz aprendí música y además me dijo que tenía que tocar el requinto, que es más pequeño que el clarinete, y el pasodoble El abanico, de Javaloyes, que se interpretaba mucho entonces, fue la primera composición que toqué con la banda, además de otros títulos como Camino de rosas, Banderas moradas o El sitio de Zaragoza”, recuerda José Vicente Ávila. “La Banda acudía a algunos pueblos y ofrecía conciertos en la Casa en fechas señaladas”. Antiguamente muchos músicos de la Banda provincial o de la Beneficencia pasaban a la Banda de Cuenca o de otras provincias, sobre todo militares cuando hacían la “mili”, ya que iban aprendidos con las enseñanzas de Daniel Muñoz, el maestro “Burrillo”, dicho con todo el cariño, aunque se enfadaba por otras cosas.

“Además de estudiar música hacíamos comedias, teatro, baile. El maestro Muñoz era conocido a nivel popular como El Burrillo por su familiaridad con el bar de San Antón así llamado. Tengo un especial recuerdo de él, aunque era exigente en la enseñanza, y se enfadaba cuando daba clase y hacía la pregunta de rigor a los nuevos educandos de “¿Qué es música?” y en lugar de responder que “era el arte de bien combinar los sonidos y el tiempo” contestábamos que “música es el arte de un atajo de locos, que a todos les pilla por soplar” y claro, si podía nos enjaretaba un soplamocos, seguido de un “me cago en el sol que sale por la mañana”, a lo que nuestra respuesta era de por qué no lo hacía con el sol de la música. El enfado se le pasaba en cuanto le cantabas la melodía de la lección 21 o lo hacías con el instrumento”.

Además de esos recuerdos de tan singular profesor, José Vicente Ávila le entrevistó para Diario de Cuenca con este titular: “A sus 76 años acude diariamente –como lo viene haciendo desde hace 44—a enseñar música a los acogidos de la Residencia Provincial”.

“Cuando le entrevisté en 1974, Daniel ya estaba más que jubilado, aunque le había pedido a la Diputación poder seguir dando clase sin remuneración, dado que su plaza se amortizaba. Me decía con cierto orgullo: Ahora tengo quince alumnos que ya tocan instrumentos. Todos son de doce a catorce años y hay otros chicos más pequeños que están en solfeo. Cuando el chico llega a una edad prudencial se marcha a resolver su vida con las enseñanzas adquiridas, tanto en música como en oficios o estudios. Esto me ha ocurrido siempre, que cuando tenía un buen ramillete de músicos que tocaban muy bien entonces se marchaban y era volver a empezar. Nunca me he cansado de enseñar música, y no cogí vacaciones. A veces sufría decepciones porque había poco interés por la música, y me llevaba muchos berrinches cuando faltaban los chicos a clase, pero también fueron muchas las satisfacciones de ver tocar a chavales que venían a la academia, por la que han pasado más de mil alumnos, muchos de ellos repartidos por toda España, me decía con la satisfacción del deber cumplido.

Uno de los sinsabores de la carrera de Daniel Muñoz como maestro de música, de casi medio siglo, es que sólo podía enseñar a los chicos. Para las chicas no estaba permitido. Por ello, en aquella entrevista de junio de 1974, cuando ya estaba jubilado, y seguía acudiendo a dar clases a la Residencia Provincial le pregunté, ¿también enseña ahora música a las niñas? Y ésta fue su respuesta con cierto orgullo: “De un tiempo a esta parte, sí. Hemos formado una rondalla femenina compuesta de doce niñas que tocan guitarras, laudes y bandurrias. Ya han actuado en el Centro y lo han hecho muy bien”. Pero no era un grupo mixto, sino femenino. En la Banda de Música de Cuenca ocurría otro tanto de lo mismo y fue precisamente mi hermana Encarni la primera mujer que salió en la Banda Municipal y esto fue en 1978, es decir hace cuarenta años.

Lorenzo Redondo

El músico Lorenzo Redondo Boldo le comentaba a José Vicente, en una entrevista en Diario de Cuenca: “No me quiero morir sin haber enseñado a algún conquense a tocar el violonchelo”. Una entrevista de las que no se olvidan porque Lorenzo Redondo Boldo era un personaje tan peculiar como popular en Cuenca y entrevistarle era un logro, tanto en su faceta de músico como de guardia municipal, pues no le agradaba que le dijeran Juanjijo, pues entendía que la gente estaba más pendiente de llamarle con ese mote que de valorar sus conocimientos musicales. Nacido en Cuenca en 1909 y fallecido en 2005, su verdadera pasión era la música y su instrumento preferido, el violonchelo. Se sentía orgulloso de haber sido alumno del maestro Nicolás Cabañas, para quien pedía una calle en Cuenca, cuando le entrevisté, y veinte años después se colocó el rótulo de “Maestro Cabañas” a una calle cercana a SER Cuenca.

Lorenzo Redondo tocando el violonchelo en el kiosco del Parque de San Julián, junto a Olegario con el acordeón, Pepe Hergueta (saxo), Ángel Huerta y Julián Aguirre (trompetas). / Archivo José Vicente Ávila

Lorenzo Redondo, siempre atento y respetuoso, se presentó una mañana en la Redacción de Diario de Cuenca para dar a conocer sus intenciones de enseñar a tocar el violonchelo, sin prestación económica alguna. “No me quiero morir sin haber enseñado a algún conquense”, venía a decir, y en verdad que su salud le permitió vivir hasta los 94 años. Tenía entonces Lorenzo 66 y su deseo era seguir enseñando a tocar el violonchelo a jóvenes conquenses, pues nuestra ciudad siempre ha sido, y lo sigue siendo, una gran cantera musical, hasta el punto de que unos años después se pedía, a nivel institucional, que Cuenca fuese Ciudad para la Música. Y Lorenzo la sentía.

Era policía municipal, compañero de Angelete Moreno, que tocaba el saxo, y el mote lo llevaba con disgusto, pues lo consideraba como falta de respeto a su persona. Redondo Boldo se inició como aprendiz de cajista en las imprentas de Paco León y en la del Seminario, aunque a él más que las letras tipográficas lo que le gustaban eran las notas musicales, aprendiendo el solfeo con Cabañas y ampliando luego sus estudios musicales con doña Antonia Tárrega. La música no daba para comer y en la Policía Municipal encontró el trabajo fijo para sacar adelante a su familia. En la Banda de Música tocó la flauta y el contrabajo, pero su afición al violonchelo le llevó a formar parte de algunas orquestinas locales.

Una de ellas la dirigió el maestro Jesús Calleja, y en ella actuaban, según recordaba Lorenzo, músicos conocidos como Manuel Rubio Jaén, Ramón Rodríguez Burgos, Enrique Armero, Alfonso Cabañas, el citado Daniel Muñoz, Francisco Zurilla y Luis García, entre otros, además de Dámaso Urango y Julián Aguirre. A veces formaban sextetos o grupos musicales para actuar en las revistas o varietés que pasaban por Cuenca, bien por el Teatro Cervantes como por el Teatro Cine Xúcar.

Carta abierta de Federico Muelas a Lorenzo Redondo. / Archivo José Vicente Ávila

Recordaba precisamente Lorenzo Redondo cómo animaba con su música las películas de cine mudo, él tocando la flauta y su maestra Antonia Tárrega al piano. Su ilusión era que en Cuenca se formase alguna orquesta, sueño cumplido por cierto, pues él estuvo a punto de enrolarse en la Orquesta de Radio Televisión Española, por mediación de Federico Muelas. Y aunque no le gustaba tocar el acordeón, Lorenzo presumía de haber tenido como alumno a todo un campeón de este popular instrumento, como lo fue Julián Labarra Juan, de Cañaveras. Su violonchelo le costó en su día 2.000 pesetas, cifra importante entonces, pero él decía que no lo vendía por nada del mundo. El propio Federico Muelas dedicó uno de sus “Cartas sobre la mesa” como carta abierta a Lorenzo Redondo, el 28 de abril de 1960, en el periódico Ofensiva, que comenzaba así. “Quiero por escrito y públicamente, mi viejo y gran amigo, felicitarte por tu éxito como concertista de unos instrumentos más en la serie de los que tú dominas. Yo te veo, Lorenzo Redondo, figura representativa de un Cuenca al que no se le dejó crecer, al que nadie ayudó, del que los cómodos se rieron tras los cristales burgueses de sus vidas inútiles y bien pagadas, recorriendo las calles de Cuenca con rondallas, animando el siseo de las proyecciones cinematográficas en los lejanos días del cine mudo, embutido en tu uniforme de músico municipal tras las procesiones o en los desoídos conciertos del Parque, integrando orquestas y orquestinas, tercetos y quintetos… ¡Y yo he visto también, Lorenzo Redondo, mi bueno, gran amigo, propicio siempre al propósito educador o generoso, cómo la beocia te zahería, cómo la ruindad babeante, obtusa, pretendía salpicar la gallardía de tu superación, de tu maestría tan bien ganada!”

Eduardo Carbó, igualmente, le dedicó un recuadro en Ofensiva con un entrañable artículo titulado “Músico de verdad”, publicado el 13 de mayo de 1960.

Julián López Calvo

Muchos son los nombres del amplio listado de la historia musical conquense, pero este pasado fin de semana se nos ha ido, con 97 años, otro músico sencillo, pero muy grande, como lo fue Julián López Calvo, clarinetista y compositor, que formó parte de la Banda de Música de Cuenca y dirigió las Bandas de Honrubia y Tarancón. Compuso nada menos que 33 marchas procesionales, entre ellas la ‘El Prendimiento’ dedicada al “Beso de Judas” en 1946, “Mangana llora” y “Hoces de Cuenca”, además de dianas, pasacalles, marchas militares y pasodobles con acento conquense. En suma, músicos de Cuenca que han dejado huella.

Banda de Música tocando en El Salvador en la fiesta de Santa Cecilia de 1982. En primer plano, a la izquierda, Julián López Calvo tocando el clarinete. / José Luis Pinós

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