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Sobre el despilfarro

El cuadro de excesos variopintos y caprichos abonados con cargo a recursos públicos, es tan antiguo como –al menos- la historia escrita de la Humanidad. Podría decirse que la historia del desperdicio, comienza con algo tan sólido y bien conservado como las inútiles pirámides de Keops, Kefren y Mikerinos, en las llanuras de Gizeh. Fueron construidas para preservar del bandidaje restos mortales y ajuares de los políticos principales del momento, y –aparte las protestas de sus contemporáneos en los corrillos, porque estropeaban el paisaje- lo cierto es que se demostraron completamente ineficaces para el cometido de conservar a buen recaudo los restos de finado faraón. Si se trataba de conseguir un resultado, construir las pirámides fue tan inútil como construir un aeropuerto en Castellón, la presa de Tahodio o unas cuantas carreteras de esas que hacen idas y vuelta por tierra majorera. El despilfarro público no ha parado de crecer desde que a los hijos de Ra les dio por tomarse el más allá como una cuestión de clase

El despilfarro consustancial al uso de dinero ajeno –lo público es lo más ajeno que existe a nuestra cultura- nos acompaña desde la primera dinastía. No sé cuantas comilonas, presentes y viajes en primera puede suponer ese acompañamiento, pero seguro que supone algunas. Dicho lo cual me pregunto cuanto de este tiempo van a gastar sus señorías sacándose los hígados unos a otros con lo del despilfarro, la corrupción y el malgasto. Me temo que estamos ante una tendencia de las que hacen hábito, y que el desprestigio de la política se vuelve irreversible. Como mis temores no sirven de mucho, voy a recordar lo de la pasta de dientes: para sacarla del tubo basta apretar un poco, eso lo hace cualquiera. Pero… ¿quién es capaz de meterla dentro de nuevo? Pues esa es la metáfora.

 

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