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Pobreza, hambre y curiosidades sobre los alimentos desde el siglo XV

Los episodios de escasez y necesidad que se han sucedido a lo largo de la historia dejaron huella escrita en los documentos y en la literatura

'Joven mendigo', de Murillo, pintado hacia 1650. /

En el espacio Así dicen los documentos que coordina Almudena Serrano, directora del Archivo Histórico Provincial de Cuenca, y que se emite cada jueves en Hoy por Hoy Cuenca, esta vez hablamos de lo que fue la pobreza y el hambre desde el siglo XV y hasta el XX, y contamos algunas curiosidades sobre los alimentos.

'Así dicen los documentos' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Los episodios de escasez y necesidad que se sucedieron dejaron huella escrita en los documentos y en la literatura, y por esos viejos papeles nos vamos a guiar para saber un poco más de los pobres y hambrientos, con esos detalles tan interesantes que se conservan en nuestros Archivos Históricos.

Vamos a comenzar por el reinado de los Reyes Católicos, contando los casos que hemos seleccionado para ver cómo era aquella escasez que en tantas ocasiones se padeció y cómo se intentó paliar. Así, en este primer ejemplo elegido, ocurrido en el año 1494, los Reyes Católicos mandaron que se administrase mejor el monasterio de Santa María de Cebreiro, en Galicia, porque en aquel año presentaba grandes deficiencias debido a que quienes debían acogerse en él no eran bien recibidos y morían de hambre y frío, por lo que se mandó poner remedio inmediatamente.

'Niños comiendo uvas y melón', de Murillo, pintado hacia 1650. / Wikipedia

Y unos años más adelante, en el mes de abril de 1503, desde el ayuntamiento de Sevilla, se envió una carta a la reina Isabel, en la que se le informaba de la penuria y escasez de pan que había en la ciudad, del hambre que se padecía y de los medios para remediarla. Y con estas palabras lo expresaron: Besamos las reales manos de Vuestra Alteza, la qual sepa que en esta çibdad ay grande hanbre de pan, por cabsa de la tasa que Vuestras Altesas mandaron poner, porque ni la çibdad ay e en todas las comarcas de donde la çibdad se proveha.

Nueve años más tarde, un capitán escribió una carta al Cardenal Cisneros, acerca de la guerra que se libraba contra Francia. En esa carta se hablaba del hambre y de los presos que había como consecuencia del enfrentamiento, y de la necesidad que tenían de que se les enviasen animales, porque les habían matado un caballo y varias acémilas.

Y otro caso que ocurrió fue ya en el reinado de Felipe II, en el año 1576, en que una mujer, que era vecina de Sonseca (Toledo) fue la protagonista de un pleito con su padre. Esta mujer le pedía 200 ducados y para ello alegaba ser hija única, que tenía una deuda de 100 ducados y que, además, estaba pasando hambre.

Y en el año 1584 ocurrió que el alcalde y regidores de un pueblo de Ávila tuvieron que coger forzosamente cereales a un vecino que lo tenía guardado, con el fin de paliar el hambre que se padecía.

Y el extremo del hambre llegó en el año 1593 en que hubo un pleito sobre la muerte por causa de hambre de 28 cerdos a los que habían llevado a pastar a la zona de Santo Domingo de Silos, en Burgos.

Literatura picaresca

Como ejemplo de aquellas magníficas novelas hoy nos vamos a centrar en el Lazarillo de Tormes, que es el relato extraordinario de uno de los pícaros más célebres de nuestra literatura. En ella, Lázaro, el protagonista, da con una serie de personajes que le llevan por un deambular de miseria, escasez, hambre y pesadumbres, que tiene uno de sus mejores exponentes en el amo hidalgo que tuvo, y que era de una pobreza absoluta, como vamos a ver en los fragmentos que he elegido para ilustrar estas situaciones de las que estamos hablando.

Portada del 'Lazarillo de Tormes' de la edición de Medina del Campo de 1554, impresa por Mateo y Francisco del Canto. / Wikipedia

Uno de aquellos momentos de los días que pasó Lázaro con el hidalgo, lo cuenta así: Púseme a un cabo del portal y saqué unos pedazos de pan del seno que me habían dado de los de por Dios.

Es decir, que le habían dado por caridad. Cuando el hambriento hidalgo vio esos trozos de pan que llevaba el Lazarillo, pasó esto:

Él, que vio esto, díjome:

-Ven acá, mozo. ¿Qué comes?

Yo lleguéme a él y mostréle el pan. Tomóme él un pedazo de 3 que eran, el mejor y más grande, y díjome:

-Por mi vida que paresce este buen pan.

-¡Y cómo agora –dije yo- señor, es bueno!

-Sí, a fe – dijo él- ¿A dónde lo hubiste? ¿Si es amasado de manos limpias?

-No sé yo eso –le dije-; mas a mí no me pone asco el saber dello.

-Así plega a Dios –dijo el pobre de mi amo.

Y llevándolo a la boca, comenzó a dar en él tan fieros bocados como yo en el otro.

-Sabrosísimo pan –dijo-, por Dios…

Una faceta importante del hambre que acabamos de atisbar era pedir por caridad alimento. Y como en el Lazarillo de Tormes quedó muy bien descrito, lo vamos a recordar:

Con baja y enferma voz (…) comienzo a pedir pan por las puertas y casas más grandes que me paresçía (…)

Aunque en este pueblo no había caridad ni el año fuese muy abundante, tan buena maña me dí que, antes que el reloj diera las cuatro, yo ya tenía otras tantas libras de pan ensiladas en el cuerpo, y más de otras dos en las mangas y senos.

Volvíme a la posada y al pasar por la Tripería pedí a una de aquellas mujeres y dióme un pedazo de uña de vaca, con otras pocas de tripas cocidas.

'El lazarillo de Tormes (antes llamado "El garrotillo")' de Goya, pintado entre 1808 y 1812.. / Wikipedia

Con todos aquellos manjares, el Lazarillo se fue a casa de su amo, el hambriento y pobre hidalgo, y cuando éste llegó, Lázaro le contó lo que había hecho. “Mostréle el pan y las tripas, que en un cabo de la halda traía, a la cual él mostró buen semblante”. Corto se quedaría describiendo la alegría del hidalgo con solo decir que mostró buen semblante.

Otro episodio que ocurrió a Lázaro de Tormes fue el obligado ayuno porque en casa de su noble amo no había nada, absolutamente nada para llevarse a la boca. Tanto era así que el amo le justificó la carencia de alimentos de este modo:

Lázaro (…) pasemos como podamos y, mañana, venido el día, Dios hará merçed, porque yo, por estar solo, no estoy proveído, antes he comido estos días por allá fuera.

-Señor, de mí –dije yo- ninguna pena tenga vuestra merced, que bien sé pasar una noche y aún más, si es menester, sin comer.

-Vivirás más y más sano –me respondió- porque, como decíamos hoy, no hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco.

Y el infeliz Lazarillo, que iba de mal amo en peor, pensó:

Si por esa vía es –dije entre mí- nunca yo moriré, que siempre he guardado esa regla por fuerza, y aun espero, en mi desdicha, tenella toda mi vida.

Y acostóse en la cama, poniendo por cabecera las calzas y el jubón. Esto era los calzones y la casaca.

Y fue como el año en esta tierra fuese estéril de pan, acordaron el ayuntamiento que todos los pobres extranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón que el que de allí adelante topasen fuese punido con azotes.

Y así, ejecutando la ley, desde a 4 días que el pregón se dio, vi llevar una procesión de pobres azotando por las cuatro calles. Lo cual me puso tan gran espanto que nunca osé desmandarme a demandar.

Es decir, que había tantos pobres que la única manera de que los del lugar no muriesen y pudiesen alimentarse era echando a los pobres extranjeros. Lázaro que vio los azotes que recibían los pobres foráneos termina con esa expresión: nunca osé desmandarme a demandar, es decir, nunca jamás pensó en salir pidiendo, demandando comida, con el fin de evitar aquellos azotes.

Continuamos ahora con otros casos ocurridos, ya en el siglo XVII, concretamente en el año 1636, esta vez en Menorca. Allí ocurrió que llegó un barco cargado de trigo procedente de Cerdeña y que por diversos motivos debía ser devuelto, pero se pidió que no se les obligase a devolver el barco con el trigo, por el hambre que estaba pasando la isla, que estaban pereciendo por esta escasez.

Un caso típico, del que ya hemos comentado algunos detalles en otros programas, era el suministro que se hacía a los soldados. Así ocurrió en el año 1676, en la ciudad de Alicante, en que se tuvo que ayudar a unos hombres soldados para que no perecieran de hambre.

Un caso ocurrido en América

Así es, y así ocurrió en el año 1692, en que se tuvo que recabar información sobre un tumulto que sucedió sobre el hambre que había en México. También hubo otros motines en otros lugares, todo ello como consecuencia de la penuria económica de aquel territorio.

Unos años antes, en 1688, en la ciudad de Guadalajara (México) se tomó la iniciativa por parte del obispo de que se continuase con la entrega de limosnas para paliar el hambre, porque sabemos que desde el año 1674 se tienen documentadas malas cosechas.

Y, en aquellas lejanas tierras del otro lado del océano, cuando un barco quedaba abandonado por el enemigo, por los corsarios, evidentemente se aprovechaba toda la mercancía.

Siglo XIX

Avanzamos en la historia hasta principios del siglo XIX y seguimos con los problemas de los soldados, esta vez, durante la Guerra de Independencia. Así ocurrió el 14 de febrero del año 1809, en que en una carta que se envió al Duque del Infantado se le pedía más comida porque los soldados habían llegado a la insubordinación, insultando a los oficiales bajo cuyo mando estaban. Así se escribió este suceso, comenzando por las armas que habían vendido los soldados desertores: Excelentísimo señor. Con fecha de 2 del presente recibí el oficio de vuestra excelencia y, a consecuencia, hice cargo de las armas al alférez, quien me acompañó a buscar las extraviadas, ya de los desertores, ya las vendidas por los mismos soldados, quedando todas en su poder para remitirlas a ese Cuartel general.

El relato continúa contando el maltrato y desórdenes que causaban los soldados: Los desórdenes de los soldados, que, aunque no cesan de llegar a este pueblo, son cada vez más, y gracias a que dicho señor oficial ha remediado mucho no dexándoles permanecer en él, haciéndoles marchar al exército, pero cada vez más insolentes no cesan de insultarme, unos pidiendo raciones triplicadas, otros con bagajes, maltratando a los pobres vadageros, sin pagarles lo prevenido por las Reales Ordenanzas, lo que es lo más, llevándose las caballerías.

Esta carta finaliza con la petición que se hace para que se envíe un oficial para que cuide del Hospital que es bastante crecido el número de enfermos, y los sargentos a cuyo cargo están piden raciones a su arbitrio.

La necesidad y la picaresca llevaban a que los oficiales vendieran aquellas raciones de comida que iba destinada a los soldados, como así se expresa en esta carta: Suelen venderse, careciendo los enfermos de sus alimentos cuando no perdono ni gasto ni vigilancia alguna para que nada les falte, pues con el más mínimo descuido serían pocos los mayores caudales, viéndome en la posición de asistir a los Hospitales a las horas de darles los alimentos y condimentárselos en mi casa, único arbitrio para evitar tantos fraudes.

Se veía este oficial alimentando de los alimentos propios y en su casa a los soldados, con el fin de que no se cometiesen más fraudes.

Y para finalizar, traemos un caso del siglo XX, en concreto, del año 1914, sobre los comunicados que se enviaron desde la Embajada de España en los Países Bajos, en que se informaba de noticias que llegaban desde Bélgica y Alemania y se remitían copias de documentos sobre el hambre que estaba ocurriendo en Bélgica.

Curiosidades sobre los alimentos

Una curiosidad sobre aquellos anhelados alimentos y el cuidado que había que tener y poner, sobre todo en el pescado. Unas precauciones que con todos los alimentos había que tener pero que en el caso del pescado resultaban tan importantes que todos debían conocer y para ello se daban instrucciones, que eran las señales que se debían observar en ese pescado para saber si era o no fresco. Así, las señales del pescado fresco eran estas:

-Que está brollando sangre.

-Que se halla flexible.

-Que mantiene el ojo alegre y vivo.

-Que el color permanece natural.

-Que la agalla o gaña que llaman en Valencia se ostenta roja.

-Que se encuentra al gusto natural y dulce. Los contrarios sirven para demostrar hallarse pasado, siendo los mayores el mal olor y peor gusto.

Y, por supuesto, las señales del pescado que no era fresco o, como ellos expresaban, calcinado:

-Que su color y el de la agalla o gaña es blanco oscuro.

-Que tiene el ojo amortecido.

-Que todo él está tieso.

-Que el lomo aparece rojo, estando más calcinado, quanto más encendido se ve dicho color.

-Que lavado con agua clara la deja blanca.

-Que el gusto se halla áspero y picante, que luego corroe la boca, enjugándola como el esparto.

Curiosidades del pescado, escasez, picaresca, hambre… Circunstancias adversas que en cada época se han producido y que siempre han quedado reflejadas y que hoy hemos querido compartir con todos nuestros oyentes, una parte más de nuestra Historia.

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