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El filólogo Sanelo

Figura primordial para el estudio y conservación de la lengua valenciana durante el siglo XVIII

Cuando en 1707 el rey Felipe V abolió los fueros del Reino de Valencia, la lengua valenciana perdió su oficialidad en beneficio del castellano. Esta postergación del valenciano en la administración duró hasta la recuperación de la democracia en 1979, amén de un pequeño pero luminoso lapsus durante segunda República Española. Pero a pesar del rechazo y la marginación a la que fue sometida la lengua materna de los valencianos, ya en el siglo XVIII surgieron los primeros estudiosos que empezaron a reivindicar su uso, no solo en el registro popular, donde todavía era la lengua predominante, sino también en el registro oficial y culto.

Entre los prerrenacentistas que mantuvieron la llama del valenciano viva, siempre nos viene a la memoria la indispensable figura de Carles Ros, pero no fue el único. Otro autor, menos conocido que Ros pero cuya obra se ha revelado tan importante como la de este, es el setabense Joaquín Manuel Sanelo (Xàtiva, 1760 – Valencia, 1827). Sanelo pasó a la posteridad en nuestros libros de historia por haber ostentado el cargo de secretario del ayuntamiento bonapartista de Valencia en 1812, pero de su faceta lexicográfica no supimos nada hasta la década de los años 50 del siglo XX. Y nos la tuvo que redescubrir un investigador canadiense.

Fue, efectivamente, el profesor canadiense Joseph Gulsoy quien investigó y recuperó la obra inédita que Sanelo había redactado: Un diccionario valenciano-castellano y un silabario de voces lemosinas o valencianas e incluso un plan de enseñanza del idioma valenciano. Obras hechas por Sanelo entre el siglo XVIII y XIX, pero que no fueron publicadas hasta 1964 y gracias a labor del lingüista canadiense.

La obra de Sanelo redescubierta por Gulsoy causó una gran expectación entre los filólogos e intelectuales valencianos de la época, y el cronista de la ciudad de Valencia, Francisco Almela y Vives propuso el nombre del lexicógrafo de Xàtiva para rotular una nueva calle que se estaba abriendo paso entre el antiguo caserío del barrio de Morvedre, entre las calles de Sagunto y San Guillem, donde se encontraba el antiguo convento de San Julián. Y la bautizó como más le gustaba a Almela, el nombre del personaje precedido por la disciplina en la que había destacado: la calle del filólogo Sanelo.

 

 

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