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Al cumplir 80 años, Mario Vargas Llosa ofrece un retrato personal que navega entre la escritura, la política, los viajes, el periodismo y la familia

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De tener una tarjeta de millas aéreas, es más que probable que Mario Vargas Llosa superase incluso al George Clooney de 'Up in the air'. En los aviones lee, incluso en libro electrónico, y escribe porque “siempre que tenga una mínima comodidad sigo trabajando”. Es cuestión de orden, de una disciplina que le hace trabajar a diario, esté donde esté.

Por sus palabras se puede deducir que es un nómada y a las pruebas hay que remitirse porque él mismo confiesa que el número de casas en las que ha llegado a vivir durante más de tres meses supera la cuarentena.

Estos días el escritor, también ensayista, dramaturgo y periodista se afana en la ardua tarea de promocionar su última novela y, aunque el encuentro se produce en el hogar de la mujer con la que ha decidido emparejarse, se le nota seguro del terreno que pisa, domina la escena con suaves modales y la elegancia de un patricio, con la atención de quien no desea defraudar y la concentración de un verdadero profesional de la comunicación. Y, a pesar de todo, parece relajado.

La entrevista es larga y, sin embargo, Vargas Llosa no muestra excesivos síntomas de cansancio. Ni de sorpresa ante las preguntas que tratan de incitar al autorretrato y buscan saber qué puede ofrecer un intelectual a la gestión política; cómo se combate el miedo ante la violencia que atenaza; cuánto tiene la escritura de oficio; dónde se siente en casa; por qué ahora despierta interés su vida privada; cuánto echa de menos a su editora y a la ciudad en la que fue feliz y de qué manera devino en liberal desde el comunismo más convencido y radical.

La vanidad y el halago siempre acechan, pero Mario Vargas Llosa aparenta no verse afectado mientras ofrece ejemplos que podrían vacunarle contra males peores. Y en la vida diaria, el novelista no sabe freír un huevo, le pierden los embutidos españoles en contra de las recomendaciones de los dietistas, repite convencido la ley universal que afirma que nunca jamás debe prestarse un libro y se ríe de la pérdida de sus facultades para bailar con “figuras y de manera decorosa” el mambo. ¡Aunque nos lo creamos!

Pero son estas impresiones de quien ofrece y sostiene la cámara para que el novelista alcance el botón que fijará impresiones sobre su persona, su trabajo y sus ideas.

Así que lo mejor es dejar que él mismo se explique.

Hay algo en la voz de Vargas Llosa que hipnotiza. Es el timbre, pero también su cadencia, que acompasa con su pensamiento. Le pasa otro tanto con su mano y su escritura. Siempre que trabaja en una nueva novela o artículo, y lo hace cada día allá donde encuentra una mínima comodidad, utiliza pluma para escribir "con mala letra" en cuadernos rayados. "Me gusta hacer a mano la primera versión porque el ritmo de mi pensamiento está condicionado al de mi escritura", confiesa tras reconocer que el trabajo de ordenador llega más tarde para corregir y rehacer y que es donde "yo gozo muchísimo buscando la palabra y la frase justa, cortando, cambiando el orden de las historias". Goza en el ordenador y sufre a mano porque "la primera versión me cuesta mucho trabajo. Y lo hago a disgusto, forzándome a seguir escribiendo".

Son gajes de su oficio que nada tienen que ver con los de la política. O quizás sí, porque cuando se le pregunta qué mecanismo se activa cuando un creador decide "meterse" en política, habla del periodismo como el vehículo "por el cual he podido participar, opinar, intervenir cívicamente". Periodismo que también es escritura y pensamiento. Ese ejercicio de derechos y respeto por las obligaciones, sumado a unas circunstancias que no aclara, le llevaron a la política a pesar de "no tener pasta para ello". "Fue una experiencia excepcional pero no una decisión libre. No es algo que lamente, pero no la repetiría ni recomendaría a ningún escritor", asegura. Fueron para él tres años ingratos, aunque lo más duro de verdad, a juzgar por la evidencia de su relato, sucedió durante los dos últimos meses de una campaña presidencial que sabía perdida, en 1990. "A nosotros, sólo entre abril y junio, nos mataron más de cien personas, gente humilde, sin guardaespaldas ni protección ninguna. Fueron asesinados. Fueron tiempos pesallidescos. Me levantaba cada mañana preguntándome a quién matarían ese día", confiesa con un grado de angustia que llega a sobrecoger.

Son palabras que dibujan en su rostro un rictus de amargura, tristeza e impotencia. La sombra de la tensión también asoma cuando recuerda los dos intentos de asesinato que sufrió y de los que no suele hablar con frecuencia. Relata con precisión sucinta el tiroteo entre guerrilleros del MRTA y un grupo de campesinos de autodefensa justo cuando su avión aterrizaba en el aeropuerto de la ciudad de Pucallpa, durante la campaña electoral. Y también la bomba que colocó Sendero Luminoso "en una escuela de turismo vecina a la casa donde yo vivía. Si hubiese estallado, hubiera muerto mi hija Morgana porque la pusieron al lado de su cuarto".

Vargas Llosa parece más concentrado. Serio. Y lo está también cuando tiene que hablar de la vanidad. De su vanidad, porque reconoce que le alcanza "como a todos". Es entonces cuando acude al ejemplo del primer premio Nobel que se concedió y que ha sido olvidado (frente a la candidatura de Tolstói, que no lo ganó). Y también cuando reconoce uno de los beneficios de la edad: "mire, los años sirven para saber una cosa: el veredicto definitivo sobre lo que uno ha escrito, si vale o no vale, si va o no a durar, no lo puede dar nunca nuestro propio tiempo. Sólo la posteridad determina la verdadera cualidad de una obra, la excelencia o el fracaso total de lo que uno ha escrito". Bien pudiera pensarse que la reflexión es también una elegante manera de afirmar que le importa más bien poco lo que se opine ahora de una obra, la suya, que ha entrado en el Olimpo de los escritores, en la colección La Pléiade.

"Mi familia nunca ha sido un obstáculo para mi vocación literaria. Tanto a mi primera como a mi segunda mujer les significó muchos sacrificios y nunca me lo dejaron sentir. Siempre recibí un enorme apoyo, una ayuda sin la cual no hubiera dedicado tanto tiempo a mi vocación". Lo afirma con un leve temblor de emoción en la voz, casi imperceptible. Mucho más divertido es, sin embargo, el comentario que dedica a su padre. Resulta que cuando la revista Time le dedicó una reseña a uno de sus libros, (fotografía incluida) no daba crédito porque, según le contó su madre, su padre pensaba que tenía que haber un error que no acertaba a comprender. "El asociaba la vocación literaria con la bohemia, la noctambulía, la debilidad. Escribir poemas le parecía de maricones" asegura divertido, sabiendo que su tormentosa relación le ha marcado desde siempre.

Vivió un tiempo con él, pero es difícil creer que sintiera que allí estaba su verdadero hogar. Desde hace muchos años sabe que su "casa" se encuentra allá donde esté. Y ha estado en tantos sitios que le hubiera sido fácil perder la cuenta si no hubiera sido porque "con mi mujer hicimos la lista de las casas donde habíamos vivido un mínimo de tres meses y llegamos a la cuarenta y tantas. Extranjero no me he sentido en ningún sitio, incluso ni en donde no sé la lengua".

Contrario a cualquier nacionalismo, se muestra preocupado por la situación española porque considera que el país "se está subdesarrollando en estos últimos tiempos. Se está acercando cada vez más a la América Latina que he vivido de joven. Espero que sea un movimiento transitorio. Que vuelva a recuperar la sensatez porque está regresión le puede traer tremendos perjuicios".

No es el nacionalismo el asunto que en los últimos meses más perjuicios le está causando precisamente. Son quizá las consecuencias de su nueva relación sentimental las que le incomodan porque le impiden estar tranquilo al salir por la noche para ir al cine, a un restaurante o para conversar en una terraza. El constante acoso de los fotógrafos es algo que dice no gustarle porque afirma que "conspira contra mi libertad". Será muy difícil sino imposible que, a partir de ahora, pueda esquivarlos porque sabe que está conviviendo con quien ha sido y es la reina de las revistas del corazón. Y además le enfada que digan que recibe dinero por ello: "corren esas fantasías grotescas de que había cobrado 180.000 dólares. ¡En el New York Times, que es un periódico serio! ¡Ese chisme! Es la civilización del espectáculo, desgraciadamente".

'La civilización del espectáculo' es precisamente el título del libro de 2012 en el que sostiene que hoy en día, la forma de entender la cultura convierte la diversión en el valor supremo. La revista Hola! podría ser uno de los paradigmas de esa realidad. La revista Hola!, en la que ahora ha aparecido posando junto a Isabel Preysler.

En el discurso que pronunció en Estocolmo, el del Nobel, afirmó que cuando su mujer Patricia le reñía le hacía el mejor elogio al afirmar que solo servía para escribir. Preguntado al respecto, se demora en la contestación porque le pilla a contrapié. Se lo piensa. Se ríe. Y concluye: "intente freír un huevo y el resultado fue que se incendió el sartén. El sartén quemó el linóleo de la cocina y cambiarlo me costó miles de dólares. Nunca más he intentado entrar en la cocina, ni para preparar un café". Y vuelve a reírse. Fue en casa de su hijo en Pullman, Estados Unidos. En 1968. Allí vivió también junto a la que entonces era su mujer Patricia. Allí, donde no pudo freír un huevo, trabajó en la redacción de 'Conversaciones en la Catedral'.

Huevo frito. Probablemente jamón. Chorizo. Y las morcillas de un restaurante a la vera de la Nacional-I, en Burgos. Las mismas que alguna vez ha tomado el rey emérito. Eso es lo que le entusiasma a un abuelo que disfrutaba contando cuentos a sus nietos y que en cuanto empezaban a "cansar la paciencia", llamaba a los padres para que los atendiera. "Siendo padre, eso no se puede hacer", remata con una risa abierta y desarmada.

Dice no ser un seductor, aunque reconoce que le hubiera gustado serlo. Y eso siembra la duda de si ese es precisamente todo un rasgo de coquetería, como podría serlo el que afirme sin duda, juguetón y divertido, que el mambo fue "la última música que bailé de un manera decorosa, haciendo figuras, aunque usted no se lo crea". No tiene problemas en interpelar directamente al periodista que le pregunta por los Rolling y los Beatles. Parece que se inclina más por el cuarteto de Liverpool, al que conoció cuando vivió en Londres donde la música, la ropa, las drogas y el sexo "estaban en el centro de la vida". Eso sí, aunque partidario de su despenalización, él afirma no haberlas consumido. Esa negativa cierra la puerta a ir más lejos con lo de la ropa, la música... y el sexo.

Javier Torres.

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