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Punto, SER y partido

Juan López

Del Club Velázquez a la gloria del Roland Garros

En los primeros años de la dictadura franquista el tenis era un entretenimiento para ricos. Un solaz de derechas, de privilegiados. Entre una sociedad que se levantaba de los estragos de la Guerra Civil, existía en Madrid un reducto impoluto para la raqueta: el Club Velázquez. Allí llegó Manolo Santana por casualidad, cuando rondaba los diez años de edad, procedente de una modesta familia. Empezó trabajando como recogepelotas, deslumbrado por ese seductor deporte que no ocupaba espacio en los periódicos, inmersos en la dominante hegemonía del fútbol. Fue con catorce años, y tras la muerte de su padre, cuando un golpe de suerte atizó la vida de Santana.  Los Romero Girón, una familia adinerada socia del club, decidieron acogerlo. Le ofrecieron la posibilidad de estudiar y jugar.  Así, en 1958 Santana comenzó a disputar torneos internacionales, con la ambición de poder ayudar económicamente a su familia. Manolo Santana fue, junto con Andrés Gimeno y José Luis Arilla, el impulsor en España de un interés hasta entonces inusitado por el tenis. El primer Grand Slam del madrileño llegó hace cincuenta años, precisamente sobre la arcilla parisina que hoy refleja el brillo de un deporte considerado como emblema nacional. Era un 27 de mayo de 1961, y Manolo Santana, con 23 años, con ese porte apenas atlético pero hábil, se enfrentaba a Nicola Pietrangeli, un histórico de la tierra batida.  «Le petit Manolo», como  le apodaba el París de aquellos tiempos, vencía la contienda a cinco sets, 4-6, 6-1, 3-6, 6-0 y 6-2, interrumpido este último por la lluvia primaveral. Aquella victoria en  blanco y negro fue la antesala de muchas más.  El triunfo de Manolo Santana contra Clyff Drysdale (6-2, 7-9, 7-5 y 6-1) en 1965, mismo territorio, le convirtió de manera definitiva en un ídolo nacional. Y París comenzó a aprenderse de memoria los acordes de un himno español que resonaría en tantas otras ocasiones. A la estela de Santana lograron coronarse campeones, de forma cronológica, Andrés Gimeno, Arantxa Sánchez Vicario, Sergi Bruguera, Carlos Moyà, Albert Costa, Juan Carlos Ferrero y Rafael Nadal. El madrileño (y madridista) marcó el camino a ese otro deportista superlativo, también de pelo desaliñado, llamado Rafael Nadal. Cincuenta años después, y buscando reafirmar la hegemonía parisina, conviene recordar los orígenes.