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GOMAESPUMA

Los Gomaespuma se han escaqueado esta semana

GUILLERMO FESSER 16/10/2011 - 08:56 CET

Frankamente mal

Hace cinco días ingresé en el centro hospitalario del pueblo americano en que resido, más sano que un mango y con mejor pinta que el asistente personal del Papa, para hacerme una colonoscopia. Veinte minutos, reanimación y vuelta para casa. Pero durante la anestesia me pasó saliva al pulmón y pillé una neumonía que no me detectaron. Me desperté y me hervía la garganta, me pinchaba la pleura y, en lugar de palabras, al hablar me salía una tos quebrada. Le dije, como pude, al doctor que, sin ánimo de poner en duda su capacitación profesional, me daba la impresión de que se había equivocado de agujero.

Me mandaron para casa y dos horas después estaba de regreso en urgencias como protagonista de un episodio de House, pues buscaban en mi padecer efectos colaterales de la colonoscopia que no encontraban. Viví en mis propias carnes el terremoto de Managua, sólo que en lugar de vibrar los edificios, era el menda quien sufría las sacudidas por efectos de la fiebre. Israel Galván, gran bailaor, arriesgado y soberbio, se hubiera sentido orgulloso de mí pues me castañeteaban los dientes en compás ternario.

Detectado el maleficio, me conectaron a todo tipo de artuligios: suero, antibiótico, oxígeno, cardio, tensión... y me llamó la atención que la medicina, siempre una disciplina tan avanzada en la ciencia y con tanto Nobel cosechado, se encontrase en esta materia por detrás del internet y todavía no hubieran encontrado la conexión wireless al paciente para no tener que pincharle.

La primera noche de internamiento la pasé en compañía de un anciano que, ya desde el principio, se notaba que venía con fecha de caducidad muy próxima. El aspecto era malo y la hinchazón de la barriga, rozando lo sobrenatural, recordaba a la panza de los toros en el callejón después de las corridas. Durante las largas horas de insomnio, mi compañero de cuarto no paró de profanar quejidos. Se ahogaba. Se revolvía en las sábanas. Vomitaba encima formando un volcán de espuma sobre los labios. Juraba en arameo. Se llevaba el papel pintado de la pared con las uñas en su despedida agónica. Una experiencia de esas que, cuando estás, no apetecen, pero que luego resultan muy vistosas para contarlas.

A primeras horas de la mañana me despierta la figura de un cura que, Biblia en mano, me mira compasivo desde los piés de la cama y me pregunta: ¿Frank? Pasado el primer susto le respondo: Guillermo, y le señalo con el dedo hacia la cama de al lado. A ella se dirige. Frank. Frank. !Frank! Al cabo de un rato le informo de que el pobre Frank ha pasado a mejor vida. Ah, me dice, me da las gracias por la información, y se larga. Enseguida vuelve sobre sus pasos y me comenta: me temo que debería de leer una oración por su alma si no le importa. Digo: a mi no. Le dedica 10 segundos de versos inconexos y desaparece.

A las dos horas llega la hija del difunto. Las enfermeras le informan de la desgracia. La veo sollozar. Descuelga el teléfono y hace una llamada: Michael?, papá ha fallecido esta mañana... pero las buenas noticias son que... me han informado que lo ha hecho de un modo muy tranquilo. Sin sufrimiento alguno. Se ha marchado en paz...como un ángel.

Ahora escribo, tras el susto, agradecido de seguir disfrutando de la fiesta de la vida porque aquí, cuando menos se lo espera uno, dan las doce y te mandan para casa en la calabaza. El resto no tiene más mérito que el aburrimiento de estar sin muchas fuerzas en una cama desde la que escribo. Pero ya estoy en casa y, encima, mi hijo Max ha empezado a jugar al rugby, como solía hacer yo, en el equipo de la Universidad de Delaware... así que, después de tantos años de fútbol, las cosas parecen volver a su cauce.