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SER Historia

Nacho Ares

De 04:00 a 05:00
La inteligencia del Imperio

SER Historia: 'El Imperio español'

Los siglos XVI y XVII son la etapa más importante de lo que los historiadores han denominado Impero Español. A pesar de las crisis, guerras y problemas sociales, el Imperio creció y creció hasta que no pudo soportar todo su peso

Ruy Gómez de Silva, El Príncipe de Eboli.

DR. GUILLERMO ROCAFORT 10/02/2012 - 11:45 CET

Al comienzo del Reinado de Felipe II, España derrotó a Francia en la batalla de San Quintín en 1557. Estamos ante el cénit del Imperio, en una época en la que España cruzaba la Historia a la velocidad de la luz

Francia capituló, y la paz que se firmó a continuación, la de "Cateau-Cambrésis" no buscó su humillación, sino una justa reconciliación, que se formalizó con el matrimonio del Monarca español e Isabel de Valois, la perla más hermosa de Europa.

Fueron las armas y el valor de nuestros soldados los que se impusieron en el momento del enfrentamiento abierto, y mucho se ha escrito sobre los protagonistas y las estrategias de aquella gesta militar, pero nada sobre el hombre que fue capaz de conseguir los recursos humanos y materiales necesarios para tal fin.

Ese hombre en la sombra, que se desplazó desde Bruselas a España, que se reunió con la Regente Juana de Austria en Valladolid, con el Emperador Carlos V en Yuste, y con las más altas dignidades del Imperio, atravesó nuestras rutas de forma incansable, agitando la bandera del esfuerzo común, y su capacidad, inteligencia y honradez sirvieron para levantar en pocas semanas un ejército de cien mil hombres y una masa monetaria de dos millones de escudos de oro, con los que España aceptó el órdago de Francia con unas cartas invencibles.

El Príncipe de Eboli

Ese hombre, que la Historia ha olvidado, fue el portugués Ruy Goméz de Silva (1516-1573), el Príncipe de Eboli, el político más importante de Felipe II, pero sobre todo un amigo al que confiar las misiones más cruciales de un Imperio inconmensurable, como fue el parar el desafío de Francia, y como también lo fue el organizar la Liga cristiana triunfante en la batalla de Lepanto contra los turcos.

Por eso, cuando echamos la mirada atrás, nos encontramos con la Grandeza de nuestro Imperio, y con lo que fue capaz de conseguir con hombres inteligentes y resolutivos como el Príncipe de Eboli.

Como también lo fue su distinguida y amada esposa, Doña Ana de Mendoza, la Princesa de Eboli, orgullosa de su insuperable linaje y cuya vida, mucho más conocida que la de su marido, tiene unos matices apasionantes que a todos los amantes de la Historia nos desconcierta sobremanera.

Testigos y protagonistas ambos, que valen como ejemplo entre una multitud de sus contemporáneos, de una fascinante época con la que disfrutamos y soñamos no sólo los historiadores españoles, sino también los historiadores extranjeros, conocidos como los "hispanistas", a los que tanto debemos por sus rigurosas, entusiastas e inéditas investigaciones sobre el Imperio Español.