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Los nacionalismos en la Historia de España

¿Por qué existen españoles que reniegan de su condición? ¿Cuál es la razón de que en España, a diferencia de otros viejos estados europeos, existan fuerzas políticas de cierta entidad que sostienen el carácter nacional de algunas de sus regiones?

Las respuestas a estas preguntas, como sucede casi siempre en cuanto atañe a los seres humanos como colectividad, sólo cabe encontrarlas en el pasado.

Tal es, precisamente, el objetivo del libro La España cuestionada. Historia de los orígenes de la Nación española, de Luis Íñigo Fernández. A lo largo de sus cuatrocientas páginas, el autor realiza un recorrido completo por la Historia de España con un doble hilo conductor: desentrañar cuanto de común iba naciendo entre los diversos pueblos que un día conformaron la realidad que hoy denominamos España, por una parte, y, por otra, responder a la pregunta que da título al libro: ¿Por qué es España en la actualidad una Nación cuestionada?

La respuesta a ambos interrogantes es lo bastante compleja como para requerir la lectura del libro, pero sí cabe adelantar aquí al menos lo esencial de su contenido. España empieza a ser, empieza a conformarse, no como Nación, que de eso no hay antes del siglo XVIII, sino como ente reconocible, antes incluso de la conquista romana, pero es ésta la que, al dotarla de una lengua, una cultura y un derecho compartidos, traza los primeros perfiles, bastos, pero ciertos, de la futura Nación. No hay, pues, retraso alguno del fenómeno con respecto a otras viejas naciones europeas ni singularidad en sus rasgos. Hasta el siglo XIX, nada distinguía a España de Francia, tenida por epítome de nación en el contexto continental, si no era, quizá, en el mayor avance del proceso de construcción nacional español respecto al francés.

El estallido de fervor patriótico con que saludó el pueblo español, levantado en armas en 1808, al invasor napoleónico parece ofrecer una buena prueba de ello. Excesiva, quizá, pues fueron la intensidad y la extensión de la reacción popular lo que convenció a los dirigentes del país a lo largo del XIX de que ya estaba todo hecho y no era necesario trabajar para insuflar en los españoles el sentimiento de nación.

Y así, todos y cada uno de los elementos que en otros países europeos se utilizaron para crear la nación moderna -el servicio militar obligatorio, los símbolos patrios, la educación primaria, la unificación del mercado nacional- fueron desatendidos, y este olvido, sumado al retraso colectivo del país en la marcha hacia la prosperidad, permitió que en las regiones más ricas surgieran lealtades nacionales competidoras que, aun hoy, discuten la existencia de la nación española y trabajan por crear una propia.

La historia, una vez más, como demuestra este libro, deviene herramienta imprescindible en la comprensión del presente. Leerlo, pues, no es sólo recomendable, sino imperioso para cualquiera que sienta la responsabilidad de la ciudadanía democrática, sólo sustentable sobre el análisis crítico y fundamentado de los tantas veces falaces e interesados mensajes de ciertos políticos sin escrúpulos.

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