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Sea sensato: desconfíe de la frase “este alimento es rico en nutrientes”

file000173669131“He escondido el osito en el comedor, papá, búscalo ahí”. Ahí no estará, pensaré yo. Con la santa ingenuidad de la infancia, mi hija pequeña quiere que revise el comedor porque ahí es precisamente donde ella NO ha ocultado el osito con el que jugamos al escondite. Yo me haré el tonto un rato, y buscaré un buen rato en el comedor. - Vaya, pues no lo encuentro –diré- que malo soy buscando. Y ella sonreirá, triunfante. Cuando una empresa de alimentación nos dice “Fíjese cuántos nutrientes tiene nuestro alimento” conviene reaccionar como en el caso anterior: hacer como que nos lo hemos creído, pensar “aquí hay gato encerrado”, y aplicar un criterio propio (luego les explico el mío, por si les sirve). Y es que hoy, como todo el mundo sabe, los alimentos tienen más condecoraciones que un mariscal. El que no es millonario en omega-3 nos aporta hierro suficiente como para fabricar cien clavos. Se trata de una locura que viene de lejos, pero que se formalizó en 2006, momento en que se publicó el Reglamento 1924/2006 (revisado y corregido en varias ocasiones), que dictó “las reglas básicas” para aplicar declaraciones nutricionales a los alimentos. Al grito de “tonto el último”, la industria alimentaria se dedicó a poner en letras mayúsculas cosas como “pobre en grasas saturadas” “rico en fibra” “fuente de proteínas” y un largo etcétera englobado en el término “declaración nutricional”. Así, si digo que el pepino es rico en agua, hago una declaración nutricional. A renglón seguido, además, podría incluso afirmar que “el agua contribuye al mantenimiento de las condiciones físicas y cognitivas”. En el libro “Secretos de la gente sana” se me ocurrió instar a los lectores a revisar estos tres anuncios de venta de pisos: • Piso 1: «Dúplex con balcón, amplio comedor y cocina reformada». • Piso 2: «Piso de tres habitaciones, con ascensor y vistas a la montaña». • Piso 3: «Ático para entrar a vivir en zona muy bien comunicada». A continuación formulé unas preguntas, que propongo que tú también respondas, en base a los datos que nos han dado los vendedores de los pisos antes citados:pisos-venta-500 • El piso 1 ¿tiene el lavabo reformado? • El piso 2 ¿tiene balcón? • El piso 3 ¿tiene ascensor? No podemos saberlo, claro. Es más, ¿sabrías cuál de los tres cumple estas características? • Está situado en una zona conflictiva. • Está situado en un ruidoso lugar céntrico de la ciudad. • Su orientación impide que le dé el sol en todo el día. Tampoco podemos saberlo. ¿Qué tiene esto que ver con el presente escrito? Pues mucho, porque lo que «no» nos dicen de un piso es importante, de igual manera que lo que «no» nos dicen de un alimento también lo es. Si en un precioso anuncio televisivo en el que una sanísima niña hunde una galleta en leche, nos comunican que esa nueva galleta es «rica en fibra, calcio y omega-3», ¿serías capaz de responder a lo siguiente en relación a su composición? • La harina con la que se ha fabricado ¿es 100% integral? • ¿Tiene menos azúcar y grasas que el resto de galletas del mercado? • ¿Tiene más colesterol y más sodio (sal) que el resto de galletas? • Debido a su especial composición ¿se han utilizado ácidos grasos «trans» (grasas perjudiciales)? Se podría decir que si un alimento viene con declaraciones nutricionales, mala señal. Pero la verdad es que hoy encontramos tales declaraciones hasta en los sanísimos frutos secos (Ej.: “rico en magnesio”). El_gran_engañoAsí que, como he comentado hace unas líneas, les explicaré qué criterio sigo para abordar esta cuestión. Es bastante simple: no desconfiaré de una fruta fresca, de una verdura u hortaliza fresca, de los frutos secos naturales (como mucho horneados –no salados-), del pan integral (mejor si es sin sal), de las legumbres secas, del pescado o de la carne fresca. Con el resto de alimentos (y eso incluye a los huevos “ricos en omega 3” o a la leche “enriquecida en calcio”) haré como cuando juego al escondite con mi hija.  

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