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EL EDITORIAL DE CARLES FRANCINO

Pienso, luego existo

"La cultura es una parte de la economía, pero la economía no debería condicionar toda la cultura. Sobre todo porque el conocimiento que se adquiere a través suyo es lo que nos permite realizarnos como personas"

Supongo que todos ustedes saben lo gratificante que resulta salirse de vez en cuando de los carriles habituales. Bueno, pues les confieso que yo tengo hoy uno de esos días porque nuestra primera propuesta no va de Bárcenas, ni de Esperanza Aguirre, ni del FMI, ni del paro, ni de si habrá elecciones anticipadas en Andalucía….No; hoy les propongo al abrir La Ventana una reivindicación en voz muy alta de aquello que los modernos ignorantes llaman “saberes inútiles”.

No es que me haya vuelto loco de repente, pero resulta que por pura casualidad coinciden tres noticias: la publicación de una antología poética titulada “Humanismo solidario” que reclama el valor de la palabra, los valores y el compromiso en tiempos de crisis. La aparición esta misma semana de una colección sobre grandes filósofos en El País y un artículo de hoy mismo en ese periódico que defiende a capa y espada los saberes no utilitarios. Es curioso, porque el autor del artículo, Marcos Díez, casi parece justificarse al recordar que la cultura factura en Europa cada año más de 500.000 millones de euros y genera 7 millones de empleos. Es decir, la cultura es una parte de la economía pero la economía no debería condicionar toda la cultura. Sobre todo porque el conocimiento que se adquiere a través suyo –y que no tiene por qué traducirse en trabajo o en dinero- es lo que nos permite realizarnos como personas: con un pensamiento crítico, con armas para descifrar la complejidad, con sensibilidad para buscar la belleza. Y si a eso le añadimos la base de la filosofía, que es una propuesta de vivir desde la inteligencia, con criterio propio….pues ya tenemos el retrato completo.

Y esa persona les aseguro que entenderá perfectamente lo de Bárcenas, Aguirre, el paro, el FMI o las elecciones en Andalucía. Pero además tendrá un plus de ciudadanía y posiblemente de felicidad al que resulta absurdo renunciar sólo porque alguien te pregunte: “¿y esto para qué sirve”?.

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