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Un giro en el ecuador del siglo XX

Los ganadores de la II Guerra Mundial vencieron el nazismo, pero no encontraron la paz entre sí

Cuando los Aliados firmaron su victoria sobre las llamadas potencias del Eje, acabó una batalla sin cuartel en la que los Estados habían mostrado su ilimitada capacidad para ser crueles. A su término, la paz entre los países democráticos y la Alemania derrotada se mostraría duradera; no tanto el bienestar entre quienes se unieron contra los fascismos en Europa. De las atrocidades cometidas entre 1939 y 1945, los ciudadanos heredamos la Declaración Universal de Derechos Humanos. El mapa geopolítico, sin embargo, permanecería abocado a cuarenta años de frío entre el llamado bloque del Este, comunista, y los partidarios del libre mercado, los dos empeñados en imponer una explicación del mundo. 

Al tiempo, la historiografía contemporánea recupera también su interés por aquella Europa de entreguerras que, inexplicablemente, salió de un conflicto para acabar en otro. También las preguntas sobre por qué una Unión Soviética que había llegado templada a los años cuarenta, y unos Estados Unidos que venían del New Deal, se radicalizarían y dejarían de convivir en paz a partir de la paz de Potsdam. A medio camino entre un conflicto y otro, esa guerra de España que muchos consideran la última campaña bélica idealista; aunque las rendiciones de 1945 se recuerdan como el gran triunfo de la democracia sobre los totalitarismos, es cierto que las alianzas establecidas hacían imposible una lectura únicamente ideológica del conflicto.

Quizá esa reivindicación de una memoria sobre la Europa de entre 1918 y 1939, mucho más precipitada hacia el conflicto que la URSS y los EEUU, que llegaron con la guerra empezada, aluda a unos tiempos actuales que, queremos pensar, son también de cambio; pero quizá también devenga de un olvido provocado por el malestar. Reclamar la vuelta de las pasiones ideológicas que habitaron el siglo XX se torna necesario, oportuno y revelador, cuando menos, al escuchar que en 2016, el 1% de la población mundial tendrá tanta o más riqueza que el 99% restante. Sin embargo, la catarsis de la Segunda Guerra Mundial nos dejaría una posterior conciencia sobre la paz y la humanidad, materializadas también en sociedades democráticas y del bienestar como las de la Unión Europea, que resulta injusto desmerecer. Al menos, no con la ligereza de una actual postmodernidad que, más que líquida, resulta gaseosa.

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