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Manicomios: una historia de dolor, abandono e incomprensión

El primer manicomio del mundo se abrió en Valencia en el año 1409. El aislamiento, la pobreza y la masificación han sido las características de estos centros hasta bien entrado el siglo XX.

Desde la antigüedad, las personas con algún problema mental convivían con el resto de la sociedad. La relación con los demás dependía del lugar o la cultura, y se movía entre el rechazo y la consideración. Según el historiador Nacho Ares, director del programa SER Historia, "los locos campaban a sus anchas por las calles y, dependiendo un poco de la cultura en la que vivieran, eran entedidos de una u otra forma. En la mayor parte de los casos, desde la prehistoria, habían sido vistos como chamanes o personas elegidas por la divinidad, y se veía en ellos una especie de conexión con el mundo del más allá".

Fue a principios del siglo XV cuando un fraile mercedario, Juan Gilabert Jofré, consideró oportuno abrir un hospital específico para dar cabida a las personas con problemas mentales y, de esa forma, evitar su contacto con el resto de los ciudadanos. Nacía, así, el primer Hospital de Inocentes, nombre con el que se empezaron a conocer estas casas de reclusión en sus inicios, creadas bajo el auspicio de órdenes religiosas cristianas.

El tratamiento de la enfermedad, que se observaba casi siempre en personas que vivían en la extrema pobreza y muchas veces como consecuencia de ésta, consistía en mantener ocupados con tareas cotidianas a los afectados. Si mostraban un comportamiento rebelde, se les azotaba, se les encadenaba o se les metía en jaulas. Algunos de estos métodos se mantuvieron en España prácticamente hasta el siglo XX, en parte debido a la superstición que atribuía a la enfermedad mental cierto componente diabólico. Hubo intentos de cambiar algo las cosas, pero la masificación de los manicomios y la falta de recursos económicos para los centros, hicieron que las calamidades de las personas internadas en estos hospitales pervivieran cuando, en el resto de Europa, se les aplicaban tratamientos o cuidados menos agresivos. Nacho Ares señala que "el problema que tenían estas instituciones, sobre todo a partir de la Edad Media, es que todas las personas eran aglutinadas en los mismos espacios. Daba igual el nivel o el tipo de enfermedad que tuvieran. Todos eran hacinados en el mismo espacio, lo que generaba situaciones realmente dramáticas".

En general, se tendía a separar a los hombres de las mujeres y, entre ellos, se aislaba a quienes presentaban un carácter más fuerte, segregándolos de los que se mostraban sumisos. A estos últimos se les podía permitir salir del manicomio para pedir lismosna o para hacer de bufones. Las personas que atendían a estos enfermos no estaban, ni mucho menos, cualificadas para ello. En el siglo XVIII, eran las autoridades municipales las que debían emitir la orden de ingreso en un manicomio, y lo hacían no por razones médicas sino de seguridad ciudadana.

En el siglo XIX se crearon los hospitales específicos para locos con la intención de otorgarles un tratamiento médico, sin violencia y buscando sosegarlos. No obstante, seguían existiendo las celdas de aislamiento para los de un carácter más indomable. Ya en esos momentos se empezó a distinguir entre distintos tipos de locos, para impedir que los de unos grupos y los de otros mantuvieran contacto entre sí. También en el siglo XIX nacieron los primeros manicomios privados, pero ni siquiera así se pudo evitar el desbordamiento.

En el primer cuarto del siglo XX se empezó a fomentar una enfermería de tipo mental, hasta que en 1926 se creó la primera escuela de Psiquiatría para el estudio y tratamiento de las enfermedades mentales. Los hospitales psiquiátricos, sobre todo en las ciudades, permitían a los enfermos más leves entrar y salir de los centros en los que eran tratados. Sin embargo, a partir de los años treinta, toda reforma emprendida chocaba siempre con la eterna falta de presupuesto, lo que condenaba al fracaso cualquier política que pretendiera mejorar drásticamente la situación de estos enfermos. Todavía en esos años se utilizaba el electroshock, la lobotomía o la insulina como métodos para tratar a los pacientes.

En 1950 se empezó a utilizar el primer medicamento antipsicótico, y en 1970 se creó la especialidad de Ayudante Técnico Sanitario Psiquiátrico. El cambio más radical y definitivo llegaría a mediados de los años ochenta, cuando el ministerio de Sanidad llevó a cabo la plena integración de la salud mental dentro de la asistencia sanitaria general, acabando con cerca de 600 años de dolor y sufrimiento para las personas con alguna enfermedad psiquiátrica. "En los hospitales públicos quedarían plantas dedicadas a psiquiatría, aunque los avances en la medicina y, sobre todo, la importancia de la labor familiar en el entorno de estos enfermos, hizo que el problema de los antiguos manicomios hayan desaparecido", apunta Nacho Ares.

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