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PALMERAS SALVAJES

Nuestros monstruos

Los violadores de Pamplona no han crecido de la nada. Se trata del destilado último de una sociedad que consagra a la mujer como objeto de posesión

La chica agredida en Córdoba por el mismo grupo que violó a otra en Pamplona contó lo que le había ocurrido a un policía local, que no la creyó. Siempre hay que creer un caso así; hay que creer por defecto e investigar por obligación. Es gravísimo que no se haga así porque lo que se alimenta es la indefensión de la víctima, y las víctimas siguientes, y la impunidad de los criminales. De paso sería bueno plantearse que este grupo de hombres no es una deformidad del sistema. No han crecido de la nada, no son plantas venenosas que se hayan encontrado en un planeta lejano. Se trata del destilado último de una sociedad que consagra a la mujer como objeto de posesión. De unos tics, unas conductas y una expresividad con los que todos los hombres crecemos y de los que cuesta despojarse, un estado anterior y primitivo que se reconoce en el estatus actual de cualquier hombre "normal"; puede seguirse un recorrido natural entre el grupo de hombres que le gritan a una chica por la calle y la versión inicial de ese grupo metiéndola en un portal para violarla. Acciones distintas con consecuencias distintas que pertenecen al mismo tronco, al mismo sedimento cultural.

Manuel Jabois en los estudios de la Ser / CADENA SER

Es importante que no veamos a los violadores de Pamplona como monstruos, ni como un acontecimiento extraordinario que haya que observar como entomólogos. No hay asesinatos ni violaciones aisladas. Son producto de una cultura mayoritaria que culpabiliza a las mujeres y victimiza a los hombres. Una cultura en la que dos hombres, como esos jugadores del Éibar, se graban teniendo sexo con una mujer para grabarse y enseñarse en la tribu de machos. Antes que el orgasmo el verdadero placer es pasearse con la cabellera en la mano. Tampoco es lo mismo que la violación de Pamplona: hay una línea muy clara entre el sexo consentido y el que no lo es. La ley habla de ella. La cultura machista, sin embargo, coincide en los dos casos: utilizar el sexo como medalla, a la mujer como instrumento de afirmación cultural jaleado por todos.

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