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Manuel Godoy

En 2017 se cumplen 250 años del nacimiento de Manuel Godoy, Príncipe de la Paz. En esta España nuestra, tan dada a olvidar a los suyos, el valido de Carlos IV no es más que un personaje que pasó a la Historia con la imagen degradada de un mal gobernante.

Historiadores de prestigio y escritores recientes rescatan del olvido las luces que fueron devoradas por las sombras de un hombre que todavía hoy descansa en el exilio.

Godoy llegó a Madrid procedente de su Badajoz natal con tan solo 17 años para servir en la Corte como guardia de Corps. No tenía ningún título nobiliario, no poseía riquezas y su formación, aunque rica, no era universitaria. Apenas 8 años después, Manuel Godoy dirigía los designios del gobierno español y sería hasta 1808 el hombre más poderoso de la Nación solo un peldaño por debajo del Rey.

Sus enemigos atribuyeron su ascenso a su condición nunca demostrada de amante de la reina María Luisa de Parma, 16 años mayor que él. La maledicencia y las habladurías lo colocaron como un traidor a la Patria, con ambición sin límites, dispuesto a vender España a Napoleón.

Los estudios históricos más recientes dibujan, sin embargo, una imagen muy diferente de Godoy, a quien describen como un hombre de inquebrantable lealtad a sus reyes y a su país, con cierto sentido de Estado, a quien tocó dirigir el país entre las presiones de Francia e Inglaterra y supo defender los intereses de Carlos IV y la integridad del territorio español.

Tuvo aciertos y cometió errores, y finalmente fue una víctima más de la felonía de Fernando VII y de la ambición sin límites de Napoleón. Pero sobre todo fue víctima de la misma lealtad que lo había encumbrado.

Lo cierto es que a día de hoy ya tenemos datos suficientes y ensayos rigurosos como para juzgarlo con ecuanimidad. Así como hasta hoy la imagen de Godoy ha salido siempre mal parada, el estudio detallado de su trayectoria nos muestra a un hombre y a un gobernante diferente.

Desde su exilio de París, donde permanece enterrado desde su muerte en 1851, Godoy pasa paulatinamente del olvido al recuerdo, y sus detractores encuentran respuesta en defensores de su acción política. Si Godoy no fue ningún santo de altar, tampoco fue el indeseable traidor que interesadamente se proyectó con éxito hacia el futuro.

En el aniversario de su nacimiento, se elevan voces que reclaman un homenaje e incluso la repatriación de sus restos. Entre esas voces, la del novelista José Luis Gil Soto, que rindió recientemente homenaje junto a la tumba de Godoy en el cementerio parisino de Père Lachaise, con su novela “La traición del rey”.

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