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LA COLUMNA

El infierno

"En los países normales, el dinero público sostiene exclusivamente a la enseñanza pública, y las Iglesias se financian con las aportaciones privadas de sus fieles, y nunca con una partida de los Presupuestos"

El infierno son los otros, escribió Jean-Paul Sartre. Mientras el mundo es estremece, con toda la razón, por las declaraciones de Trump, otras noticias pasan más desapercibidas. No existe nada tan gratificante como mirar hacia fuera y encontrar un infierno ajeno, un motivo de censura y escándalo que nos excluye y minimiza nuestras propias culpas. Yo comprendo que es un placer, pero siempre me ha parecido muy mezquino.

Por eso prefiero detenerme hoy, una vez más, en la España cañí. Porque las declaraciones de Fernando Giménez Barriocanal, portavoz económico de la Conferencia Episcopal, me han devuelto a la esencia más rancia de mi maltrecha patria. Que en 2017, la Iglesia Católica siga contando con una casilla en la declaración de la renta, es inconcebible. Pero que su representante se atreva a hablar del ahorro que los colegios concertados y las instituciones benéficas confesionales suponen para el Estado, insulta a la inteligencia de los españoles. Parece mentira que todavía haga falta recordar que, en los países normales, el dinero público sostiene exclusivamente a la enseñanza pública, y las Iglesias se financian con las aportaciones privadas de sus fieles, y nunca con una partida de los Presupuestos. Voy a ahorrarles el rollo de los apostólicos y de Mendizábal, de lo que supuso para Franco el Concordato de 1953 y del sentido de sus sucesivas prórrogas, pero por favor, no se distraigan con Trump, no se equivoquen. Existen muchos infiernos y el más próximo somos nosotros mismos, este país nuestro y de todos los demonios.

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