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Austen Henry Layard

Fue sin duda el hombre del momento, un personaje al que la arqueología bíblica debe mucho, un pionero en el campo de los descubrimientos sin el que muchas de las cosas que hoy sabemos de la antigua Mesopotamia seguirían siendo un inexorable misterio; también alguien que despreciaba los peligros inherentes a los viajes a tierras ignotas hace casi dos siglos, y prototipo asimismo del aventurero victoriano donde los haya.

Como muchos jóvenes de cierta posición en la Inglaterra del siglo XIX, el joven Layard (1817-1894)había estudiado leyes, aunque sin demasiado entusiasmo. Lo que si le cautivó fue la idea de emprender un viaje a lejanos parajes para probar fortuna y así fue como en 1839, en compañía de su amigo Edward L. Mitford, dejó Inglaterra y el mundo que conocía para sumergirse en el Oriente. Sin embargo, capturado por el exotismo de los lugares que atravesó en su deambular por Asia, decidió abandonar su proyecto inicial (llegar hasta Ceilán) separándose de su compañero de viaje. En 1842 lo encontramos establecido temporalmente en Constantinopla, donde trabó conocimiento con el embajador británico ante la Sublime Puerta (como era conocido habitualmente el sultanato turco), Sir Stratford Canning, para quien desempeñó diferentes funciones de representación. Adscrito a la sede diplomática británica, pero sin sueldo fijo, Layard comenzó a interesarse por las antigüedades asirias con la pasión que le caracterizaba.

Entre 1845 y 1847 llevó a cabo una serie de exitosas excavaciones principalmente en el yacimiento de Kalhu (la Kalaj bíblica también conocida como Nimrud, confundida inicialmente por Layard con Nínive) y, en menor medida en Cuyúnjik (el sitio de la auténtica Nínive), sacando a la luz los imponentes restos del palacio de Asurnásirpal I y una parte del de Senaquerib. A finales de 1847, coincidiendo con la Navidad, ya estaba de vuelta en Inglaterra, aunque no por mucho tiempo. Antes de que se cumpliera un año ya había partido de nuevo para Constantinopla en calidad de agregado (attaché) a la Embajada británica. Esta vez los trabajos estarían patrocinados por el Museo Británico cuyas autoridades habían quedado impresionadas por el resultado de la primera campaña de excavaciones, en gran parte sufragadas por el propio Layard. Instalado cerca del montículo de Cuyúnjik (que ahora sí reconoció como la verdadera Nínive) con una fuerza de trabajo de un centenar de hombres, se impuso el propósito de someter el área a una minuciosa exploración. Los relieves de batallas que decoraban los restos del palacio de Senaquerib (fragmentariamente descubiertos en la campaña precedente) salieron ahora a la luz ante los maravillados ojos de Layard. No obstante, uno de los hallazgos más destacados de esta nueva etapa de excavaciones fue la gran biblioteca de Asurbánipal que representó un tesoro de incalculable valor lingüístico para la naciente ciencia asiriológica, ya empeñada en el desciframiento de la misteriosa escritura cuneiforme. Tampoco Nimrud fue descuidada en esta ocasión, descubriéndose el zigurat, al principio erróneamente identificado en un principio como la tumba del legendario Sardanápalo, así como los restos de pequeños templos erigidos por Asurnásirpal II. En octubre de 1850 Layard, tras descender río abajo hacia el sur, emprendió tareas de excavación en el yacimiento de la antigua Babilonia y en Nippur, si bien los decepcionantes resultados que obtuvo le hicieron abandonar posteriores trabajos en esa zona.

El persuasivo John Murray, propietario de la editorial del mismo nombre, convencería a Layard para que publicara un detallado informe de sus descubrimientos por la ‘conexión bíblica’ que muchos de estos hallazgos representaban. De alguna manera contribuían a confirmar pasajes enteros de la Biblia y principalmente a rescatar de un olvido bimilenario a la antigua civilización asiria. El resultado fue la aparición de uno de las más extraordinarias obras de arqueología jamás editadas: Nineveh and its Remains (Londres, 1849, 2 vols.), un trabajo en el que se combinaban al tiempo la literatura de viajes, la arqueología y el arte. Las ventas fueron mejor de lo esperado: unas 8000 copias vendidas en un año, lo que para un libro de estas características constituía todo un récord. Esta obra se complementó con la publicación de un notable volumen de ilustraciones en folio titulado The Monuments of Nineveh (también en 1849). Dos años más tarde aparecería una versión abreviada bajo el título A Popular Account of discoveries at Nineveh, un libro más ligero y divulgativo pero con el espíritu de aventura que caracterizaba a los volúmenes originales intacto. A esas alturas la fama de sus descubrimientos ya lo había convertido en una figura muy popular. La Universidad de Oxford le concedió un doctorado. Poco después, y con el material arqueológico reunido en su segunda campaña de excavaciones, Layard compuso su Discoveries in the Ruins of Nineveh and Babylon (1853), uno de los libros mejor escritos de entre los de su género. A este volumen le siguieron los correspondientes grabados que fueron editados bajo el título de A Second series of The Monuments of Niniveh (1853) y, más de una década después, una edición abreviada de sus hallazgos en la segunda campaña, pensada para un público más amplio y que fue editada como Nineveh and Babylon A Narrative of a Second Expedition to Assyria during the years 1849, 1850 and 1851 (1867).

Desde 1869 ocupó el cargo de embajador en Madrid (en los azarosos tiempos inmediatamente posteriores a la llamada revolución gloriosa) y entre 1877 y 1889 desempeñó el puesto de embajador en Constantinopla, verdadera culminación de una vida dedicada a tierras orientales. Poco antes de abandonar este prestigioso cargo aún proporcionaría al mundo un nuevo volumen: Early adventures in Persia, Susiana and Babylonia (2 vols., 1887), un magnífico modelo de libro de viajes y aventuras, cuya versión abreviada, publicada en el mismo año de su muerte (1894) sigue hoy gozando de justa fama entre los amantes del género.

[Compuesto a partir de la Introducción de Nínive. Historia de los descubrimientos en Mesopotamia, ed. Confluencias, 2016]

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