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LA COLUMNA

Un misterio oriental

Cuando ustedes escuchen estas palabras, yo les llevaré muchas horas de ventaja. No es magia, sino esos husos horarios que tanta guerra nos dieron cuando los estudiábamos. Grabo esta columna en Japón, donde nunca había estado antes, desde donde volveré a España dentro de unos días con la sensación de haber comprendido demasiado poco de un país ultramoderno y ultratradicional al mismo tiempo. Aquí, donde los padres conciertan todavía los matrimonios de sus hijos, y una mujer soltera se convierte, a los veintisiete o veintiocho años, en una “perra perdedora”, apodo que le aplica hasta su propia familia, la conexión wifi de mi hotel es demasiado moderna para mi ordenador, que no consigue enterarse de que existe. La duración de la jornada laboral de los japoneses desborda las peores pesadillas de un sindicato occidental pero, en muchos restaurantes de Tokio, un menú cuesta, al mediodía, la tercera parte del precio de una cena exactamente igual. No es efecto de una ley, ni una norma obligada, sino un gesto de apoyo del sector hacia el sufrido trabajador nipón.

Pero lo más asombroso de todo lo que he conocido desde que llegué aquí es, sin duda, el formidable incremento del precio de la electricidad que ha caído sobre los españoles, como un castigo divino, en el mes más frío del año. Aunque escribo medio a oscuras, y sólo tengo acceso a la red a ratos, me he enterado de que al ministro le parece una subida normal, y que ha pronosticado que subirá más todavía, como si el asunto no fuera con él. ¿Y para qué tenemos un gobierno?, me pregunto yo. Eso sí que es un misterio, y no el panteón sintoísta.

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