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Cosas maravillosas

Cuando Howard Carter descubrió la tumba de Tutankhamón, era consciente de la importancia arqueológica del hallazgo, pero no del impacto que iba a tener en la sociedad. El descubrimiento de un enterramiento intacto, con el cadáver del faraón en su descanso eterno y con todo su ajuar funerario, fue de tal envergadura que atrajo el interés de todos: estudiosos, aficionados, curiosos…

Hoy en día todo el mundo sabe de Tutankhamón; algunos más, otros menos, pero su momia, su máscara funeraria, su sarcófago dorado, sus joyas, su mobiliario espectacular… resultan familiares a cualquiera. Constituyen un tesoro, que en cierto modo ya no pertenece a aquél joven faraón, sino al conjunto de la humanidad. Tutankhamón es de todos.

Sin embargo, esa familiaridad que todos sentimos hacia la figura de Tutankhamón y su tumba, no siempre se traduce en un verdadero conocimiento. La espectacularidad de los objetos ha hecho sombra a su auténtico significado. Aquéllos son muy llamativos y valiosos, pero son algo más que simples formas con materiales preciosos. Son testimonio de una época, de una religión, de unas creencias.

La lectura del tesoro

La tumba de Tutankhamón es un documento histórico que nos aporta mucha información sobre las prácticas de enterramiento de los antiguos egipcios y sobre su concepción del Más Allá. Para extraer esa información es necesario contemplar el tesoro de Tutankhamón como un conjunto de elementos concebidos para asegurar la vida eterna al faraón. Y ese conjunto lo conforman, tanto cada una de las piezas que encerraba la tumba, como la tumba en sí misma; es decir, los objetos en su contexto.

Gracias a la tumba de Tutankhamón sabemos que muchos objetos depositados en los enterramientos seguían un orden concreto. Por ejemplo, para la llamada “Cámara del Tesoro” los artesanos egipcios realizaron tres elementos clave:

  • La capilla de Anubis con la efigie de éste. No se trataba de Anubis, como dios de la momificación, sino del dios chacal recostado y vigilante que, según el pensamiento de los antiguos egipcios, protegía la entrada a la necrópolis.
  • El busto de la diosa-vaca Hathor. Esta divinidad femenina tenía varias connotaciones en el Antiguo Egipto, pero en la tumba de Tutankhamón se trataba de la diosa que acogía al difunto en la montaña occidental, que es donde se ubicaban las tumbas. En la iconografía egipcia era usual la imagen de Hathor en forma de vaca saliendo de la montaña para recibir al muerto.
  • La capilla que contenía los vasos canopos, rodeada de las diosas Isis, Neftis, Neith y Selket. Aquéllos eran cuatro vasijas, en las que se conservaban las vísceras del difunto (estómago, pulmones, intestinos e hígado). Estos cuatro órganos eran protegidos por las cuatro diosas mencionadas y constituían una segunda versión del cadáver dentro de la tumba.

Estos tres elementos fueron perfectamente alineados dentro de la cámara del Tesoro: primero Anubis, delimitando la necrópolis, luego Hathor, indicando el paso a la montaña occidental y finalmente los vasos canopos, evocando la sepultura del faraón. Vemos así que estos tres objetos del ajuar funerario de Tutankhamón son algo más que joyas de la arqueología. Contempladas en su conjunto comprobamos que describían el entorno sagrado en el que descansaba para siempre el rey, garantizándole así la eternidad.

Tutankhamón hoy

El hallazgo de la tumba de Tutankhamón supuso un hito en la historia de la arqueología, pues nos legó un material irrepetible que nos acercó a todos al Antiguo Egipto. Pero los objetos y la decoración que la conformaban no fueron en su mayoría escogidos al azar. Casi todos obedecían a una intención de garantizar al faraón una entrada exitosa en el Más Allá y asegurarle la vida eterna.

La tumba de Tutankhamón nos cuenta muchas cosas, más de lo que a simple vista se percibe. Para descubrirlas hay que “leer” la tumba, su iconografía, sus objetos, su ubicación... Sólo así entenderemos su verdadero significado. Howard Carter descubrió las formas, a nosotros nos toca descubrir el fondo.

 

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