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Conoce a Bernardo de Gálvez

Hasta hace nada, yo no tenía ni idea de que el idioma y la cultura de los que hablamos español hubieran estado tan presentes en la creación de Estados Unidos. Por eso, al escuchar por vez primera las hazañas de Bernardo de Gálvez, un malagueño que fue gobernador del territorio de Luisiana durante la guerra de independencia de las trece colonias británicas, me quedé muy sorprendido.

Por España y por el Rey, Gálvez en América. Momento de la batalla de Pensacola. /

Con las cejas arqueadas para arriba y los ojos abiertos como platos. Bueno, hasta el punto de que, desde entonces, me dedico a buscar pistas de la herencia hispánica en Estados Unidos. Por todas partes. En plan detective. Como te lo cuento.

Me meto en internet, leo libros, pregunto a profesores y escribo a amigos y familiares que viven en otros estados. Y así, poquito a poco, ya he descubierto algunas cosas. Por ejemplo, que la ciudad más antigua de Estados Unidos se llama San Agustín. O que la primera sinagoga de Nueva York la fundó un tal Luis Gómez. O que los caballos salvajes que habitan en playas de Maryland y Virginia proceden del hundimiento de un galeón español. O que los habitantes de Nueva Orleans celebran el día 6 de enero tomando un roscón de reyes. O que fueron españoles los primeros europeos en avistar el Gran Cañón del Colorado, en poner un pie en Alaska o en contactar y combatir a las principales tribus indígenas. O que el jazz no hubiera sido posible sin los instrumentos de viento que aportaron los tercios de España destinados en las guarniciones del sur.

La presencia de lo español en Estados Unidos no es nueva, ni consiste solamente en gente a la que en sus lugares de origen le niegan los recursos y busca desesperadamente asilo en un país más próspero. Y la influencia de lo español va mucho más allá del estereotipo de los latinos que trabajan haciendo salsa de tomate en restaurantes o recogen con sus manos las cosechas. Ya en la época de Washington, para centrarnos, en las dos terceras partes del territorio actual de Estados Unidos se hablaba nuestro idioma. Los cowboys se llamaban todavía vaqueros y montaban y domaban sus caballos siguiendo las tradiciones aprendidas en las marismas del Guadalquivir. Una historia olvidada… si es que ha llegado a conocerse alguna vez. Por eso he escrito, Get to Know Bernardo de Gálvez, en inglés y dirigido a las escuelas; para que los niños de Estados Unidos comiencen a conocer y disfrutar de su propia historia. Para que los latinos se sientan orgullosos de ella y sepan que pertenecen a este país con todos los derechos y como el que más. Y para que los anglos aprendan a mirar a los latinos con respeto y descubran y celebren su propio lado español.

El personaje que me ha dado pie para iniciar esta aventura es Bernardo de Gálvez, nacido el 23 de julio de 1746 en Macharaviaya, un pueblecito de la provincia de Málaga. Como en el siglo XVIII Europa entera estaba metida en guerras, cuando Bernardo creció eligió la carrera que tenía más salida y se hizo soldado. Pronto destacaría por su valentía en el ejército y el rey Carlos III lo nombró capitán y lo mandó a patrullar los dominios españoles de América del Norte. Lo del séptimo de caballería, pero en versión española. Orden que Gálvez ejecutó, naturalmente, a caballo, con chaleco de cuero y sombrero de ala ancha. Ah, y cabalgando con sus soldados de presidio en presidio. Que no eran sólo cárceles, ¿eh? Los presidios eran los puestos fortificados y se llamaban así porque “presidían” los caminos o las villas. O sea, que estaban a la entrada.

Luego, por hacer la historia breve, cuando le ascendieron a gobernador de Luisiana, se puso del lado de los patriotas norteamericanos. Desde Nueva Orleans, les mandó por el río Misisipí barcos cargados de uniformes, municiones, comida, mantas y medicinas. Derrotó con sus tropas a los británicos en tres batallas (Baton Rouge, Natchez y Mobile) y, con una hazaña histórica que le valió el lema “Yo Sólo”, reconquistó la Florida.

Tanto apreció Washington su inestimable ayuda que, el día en que George tomó posesión de su cargo como primer presidente de Estados Unidos, el barco de Bernardo fue el encargado de disparar al aire las salvas de honor: trece cañonazos que, desde su Galveztown, atracado en la bahía de Nueva York, retumbaron en toda la ciudad. A mí, a veces, me parece escuchar todavía el eco: pum, pum, pum…

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