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LA COLUMNA DE ALMUDENA GRANDES

El amor

Lo peor no es que se las dé de listo, sino que el purísimo amor a España de su interlocutor convierta, una vez más, a los españoles en unos tontos útiles

Es una especialidad genuinamente española, aunque tal vez sea más exacto calificarla como una maldición. Desde que Carlos IV le sirvió su corona en bandeja a Napoleón, todos los discursos de amor a este país y a su pueblo, desembocan en una miserable liquidación del patrimonio nacional. El amor a España por encima de todas las cosas es sinónimo así de humillación y servilismo.

Como ejemplo, el acuerdo con los Estados Unidos que Franco, Caudillo de la patria una, grande y libre, firmó en 1953, y cuyos términos sonrojaron incluso a los franquistas de la época. De aquellos polvos, cuatro bases norteamericanas a cambio de casi nada, apenas la foto en la que Eisenhower abrazó al dictador en 1959, vienen estos lodos. En el año que vivimos sin gobierno, el amor por España y los españoles fue el latiguillo predilecto de Rajoy. Se le salía el corazón por la boca, de tanta pasión. En su conversación con Trump, lo que salió por su boca fue otra cosa, una cariñosa oferta de apoyo que no me parece tan grave, sin embargo, como su discrepancia con la información transmitida por la Casa Blanca.

En su pueril, pero no por eso menos injusta ni incendiaria, visión de la diplomacia multilateral, Trump quiere que gastemos más en defensa para poder gastar menos él. Lo peor no es que se las dé de listo, sino que el purísimo amor a España de su interlocutor convierta, una vez más, a los españoles en unos tontos útiles. Así que, prepárense para abrocharse un poco más el cinturón. Es el precio que tenemos que pagar a cambio de que nos quieran tanto.

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