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'Hedi', el desencanto de la revolución árabe

Entrevistamos a Mohamed Ben Attia, director de la cinta tunecina 'Hedi', mejor opera prima en la Berlinale de 2016

Fotograma de Hedi /

Una de las cosas que ha quedado tras la revolución árabe es que el cine de aquellos países interesa más a una élite intelectual y cultural europea, lo que hace que estas películas estén presentes en el circuito de festivales de cine. Le ha ocurrido a Mohamed Ben Attia con su opera prima, Hedi, con la que ganó el premio a mejor debut en la Berlinale de hace justo un año.

Hedi, producida por los hermanos Dardenne, bebe del cine realista y francófono de estos directores belgas. Un realismo que retrata el desencanto de la juventud tunecina después de la primavera árabe, que precisamente se inició en Túnez. A través de la historia de un joven, Hedi, cuenta un pesar colectivo, que además es extrapolable a otros países, no solo árabes, sino también del sur de Europa, como España.

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"Es un desencanto que está en la juventud tunecina, pero también en el resto de jóvenes del mundo. Pero ese desencanto puede o dejarnos ahí o inculcarnos una nueva esperanza. Igual que ocurre en el resto del mundo, pasa en Túnez, que las cosas no cambian de manera radica; sino que cambian poco a poco, con la interacción de las personas", explicaba el director en Madrid.

Dice Ben Attia que está cansado de escuchar críticas a su país de jóvenes emigrados, pertenecientes a una élite intelectual, que han conseguido estudiar y poder salir del país. "Ahora mismo todo el mundo quiere salir de Túnez", sentencia. "No me parece algo criticable. Uno toma la decisión de irse y es perfecta, pero tampoco puedes decir que el país va mal, porque de alguna manera el país va mal por toda esa fuga de cerebros. Todo el mundo de cierta clase social quiere irse, desgraciadamente", argumenta aunque matiza que no todo el mundo en Túnez tiene la posibilidad de viajar o salir del país. "Esto es una enfermedad para los jóvenes". 

Precisamente, una de esas jóvenes tunecinas que ha viajado, a su vuelta al país, trae consigo aires de libertad y de ruptura con las tradiciones árabes. La cinta ejemplifica dos países: uno, anclado en la tradición familiar y conformándose con cualquier trabajo; otro, con ansias de novedades, de libertad y de nuevas aventuras. Dos países ejemplificados en los dos protagonistas de la cinta, que se enamoran y, cuyo amor podría ser una metáfora de la revolución. "Por supuesto, es un paralelismo. El personaje hace su revolución. Es una primera etapa y es la etapa en la que ahora estamos en Túnez", confirma el realizador.

¿Cómo está ahora Túnez? Le preguntamos. "Yo espero que mis hijos vivan mejor, pero tampoco podemos estar con cierto pesimismo. Ninguna revolución lo cambia todo de repente, las cosas requieren tiempo y ese pálpito emocional que vivimos fue histórico, pero ahora tenemos que vivirlo también en aspectos como la economía y el desarrollo social", dice. Y mientras la revolución avanza o se desvanece, desde España contemplamos que la globalización no solo permite que lleguen películas de todos los rincones; sino también nos hace ver que los problemas y las decepciones se repiten a un lado y a otro del Mediterráneo.

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