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LA COLUMNA DE ALMUDENA GRANDES

Sinsombrero

Casi un siglo después, una jueza española ha decretado que prohibir el velo islámico en un lugar de trabajo implica una discriminación por motivos religiosos

Hace casi un siglo, a cuatro amigos se les ocurrió hacer una gamberrada. En la Puerta del Sol, gritaron que el sombrero les congestionaba las ideas, se lo quitaron y pasó algo que no esperaban. La gente miraba a los hombres, Federico García Lorca y Salvador Dalí, y se reía. Pero a las mujeres, las pintoras Maruja Mallo y Margarita Manso, las insultaron de un modo atroz y faltó poco para que las pegaran. Así descubrieron que lo que era una gamberrada para ellos, no significaba lo mismo para ellas.

Desde entonces, las mujeres de aquella pandilla que hoy conocemos como Generación del 27, se destaparon consciente y combativamente la cabeza. Y empezaron a llamarlas Las Sinsombrero. Casi un siglo después, una jueza española ha decretado que prohibir el velo islámico en un lugar de trabajo implica una discriminación por motivos religiosos. Con todos mis respetos, la religión no tiene nada que ver con esto. La cabeza cubierta ha sido tradicionalmente un símbolo de dominación y sometimiento machista en las dos riberas del Mediterráneo.

Identificar el velo con la religión atenta contra derechos más fundamentales, la libertad, la igualdad y la soberanía de las mujeres sobre su propio cuerpo, que aquél que pretende garantizar. Sé que es un tema delicado, que la islamofobia crece en el mundo, que existe incluso un feminismo del hiyab, pero eso no cambia lo que pasó en la Puerta del Sol hace un siglo. Posicionarse contra el velo no significa ir en contra, sino a favor de las musulmanas. Porque la libertad de las mujeres no puede ser una costumbre occidental.

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