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LA COLUMNA DE ALMUDENA GRANDES

Intimidad

Reivindicar la politización de la intimidad, derribar en público los muros simbólicos de esos hogares que permiten a los legisladores inhibirse

La última ofensiva de Donald Trump tal vez marque un antes y un después en la condición moral de sus políticas. No porque legislar en contra de los estudiantes transexuales sea más grave o más inmoral que levantar un muro en la frontera mexicana o prohibir la entrada a residentes originarios de países árabes, sino porque se trata de una medida sin utilidad alguna, que no se puede justificar ni por criterios económicos ni por su impacto en la seguridad nacional.

Al suprimir la garantía que amparaba el derecho de los niños y adolescentes transexuales a escoger los baños y vestuarios acordes con su identidad, Trump actúa por pura maldad, para hacer aún más difícil la vida dificilísima de quienes han nacido con un cuerpo equivocado. Como yo crecí en la España de Franco, estoy segura de que él lo explicará de otra manera, y de que el día menos pensado, invertirá fondos federales en una medicación para curar la homosexualidad. Mientras tanto, me parece que su actitud configura el fascismo 4.0 de los tiempos que vivimos. Y si cambia el fascismo, las trincheras antifascistas también tienen que cambiar.

Ante medidas como ésta, me parece fundamental reivindicar la politización de la intimidad, derribar en público los muros simbólicos de esos hogares que permiten a los legisladores inhibirse ante dinámicas sociales perversas, de efectos catastróficos, con la excusa de que pertenecen al ámbito privado o, incluso, doméstico. Las mujeres sabemos mejor que nadie cuáles son las consecuencias de esta criminal indiferencia. Porque hoy somos cinco menos que hace una semana.

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