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LA COLUMNA DE ALMUDENA GRANDES

Tristísimo

Los padres de las patrias las saquean, y agitan una bandera de vez en cuando para consolarnos

Los valores de nuestra civilización se desmoronan de la manera más tonta. Mientras Donald Trump se parece cada día un poco más a los villanos de las películas de Batman, en el parlamento de Estrasburgo un diputado polaco defiende que las mujeres ganemos menos que los hombres porque somos más pequeñas, más débiles y menos inteligentes. En España, el desenlace catalán mide la temperatura de los tiempos. La respetable épica de la república independiente se resuelve en los chistes malos de un sainete costumbrista, cuyos personajes inspiran menos desprecio que tristeza.

En el Tribunal Supremo, Homs pide una toga para reivindicarse como abogado, antes de declarar que no entendió bien el texto de la providencia que prohibía la consulta. Su actuación funciona como una metáfora impecable de un proceso que siempre ha oscilado entre la chulería y la ignorancia de unos y de otros. Es muy triste sospechar que los dirigentes de la antigua Convergencia hayan movido sus fichas pensando solamente en esquivar a los tribunales del tres por ciento, pero no es menos triste suponer que el gobierno de España haya dejado que se pudra la situación, confiando en que esos mismos tribunales se encarguen de arreglarla.

A un lado y al otro, está la ciudadanía, con su voluntad y sus legítimas aspiraciones, sus derechos y sus sentimientos, un bagaje ideológico, pero también emocional, que sólo se tiene en cuenta mientras duran las campañas electorales. Los padres de las patrias las saquean, y agitan una bandera de vez en cuando para consolarnos. Es tristísimo, pero esta es la democracia que tenemos.

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