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La llamada de la historia

Victoria Kent

La vida de una mujer pionera

Hasta cuando dije no tuve que explicarlo. Tuve que contar que estábamos en una época en la que las mujeres todavía vivían sometidas a los hombres en una sociedad completamente machista en la que todavía se podía influir en su voto. Por eso dije no. No al sufragio femenino. No a un voto que todavía entonces no podía ser responsable. Bajo mi punto de vista, había mucho que hacer todavía antes.

Esta de sastre y de ama de casa decía no ya de pequeña. No a ir a la escuela, sí a que fuese mi madre la que me enseñase lo básico. Luego, me permitieron incluso trasladarme a la capital desde mi Málaga natal para estudiar bachillerato. Esto entonces era algo inaudito, solamente podías salir de casa de esta manera para ser monja o para casarte, y a mí mis padres me dejaron salir a estudiar. Siempre tienen que ayudarte aunque tengas alas. Mi padre era de ascendencia inglesa, debo destacarlo.

Llegué y me pude instalar en la recién creada Residencia de Señoritas, que pude costear dando clases particulares. Faltaban entonces cuatro años para que me diesen un título del que siempre hablan mis biografías: fui la primera mujer que ejerció la abogacía en España. Era entonces 1924, plena dictadura de Primo de Rivera, y había tardado solo cuatro años en sacarme la carrera.

Hablamos de un contexto donde a la Enseñanza Superior tenían acceso un 2.4% de los hombres y un 0.1% de las mujeres.

Pionera seis años después en la historia del Derecho Español Contemporáneo por haber comparecido como letrada ante el Tribunal Supremo de Guerra, para defender al también abogado Álvaro de Albornoz. Era la primera vez que ocurría en el mundo que una mujer actuara ante este tribunal.

Me enfrenté poco después a Clara Campoamor, léase este enfrentamiento entrecomillado, justamente por el no del que hablábamos al comienzo. Yo buscaba preparación antes del voto femenino. Era entonces diputada de las Cortes. Tras mi discurso sobre este asunto, y justo después de que se diera el voto a la mujer, el presidente me propuso ser Directora de Prisiones. He dicho siempre que fue la tarea más importante en mi vida. Fue aquí donde me volqué por cargo, pero sobre todo por ideas, por convicción. Inspirada continuamente en Concepción Arenal, supe que lo que había que hacer era mejorar la vida de las personas privadas de libertad. Defendí con vehemencia la reinserción social, y mis decretos iban desde que los internos pudieran leer la prensa hasta que existiesen los permisos de salida, pasando por talleres de trabajo, entre otros asuntos. Duré tres meses, tuve que dimitir. La Iglesia, los militares…ya se saben la historia de este país. También sabrán la historia de más mujeres a las que obligaron a echarse a un lado. Ocurrió. Ocurre.

Cuando estalló la guerra, ayudé en lo que pude a los combatientes para pasar luego a ayudar a los exiliados republicanos. Había niños sin hogar, condenados a un exilio que ni comprendían. Eso ocurrió mientras me dejaron estar a la vista, como Secretaria de la Embajada en París, porque luego tuve que ser una exiliada oculta en un piso durante cuatro años.

Tras París, y un libro escrito aprovechando el encierro obligado por la Gestapo y Franco, llego México, las clases, la Escuela de Capacitación para el personal de prisiones…

El resto de mi vida, hasta el final, hasta mis noventa años, fue agradable. Formé parte de la ONU en la Sección de Defensa Social, gracias a la ayuda de una mujer extraordinaria, Louise Crane, pude fundar, editar y dirigir la revista Iberia para la Libertad, una suerte de órgano de información en el exilio.

Un exilio en el que había poca información pero había mucha comunicación: elaboramos una red de mujeres que compartíamos experiencias de vida, un mapa intelectual femenino al que se le debiera prestar más atención.

Habían pasado muchos años pero mi idea seguía siendo la misma: no tenía otra pasión que España, pero no regresaría a ella mientras no existiera una auténtica libertad de opinión y de asociación.

Regresé en 1977, pero mi realidad es que mi final llegó en Nueva York, diez años después.

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