¿No tienes cuenta?

Regístrate

¿Ya eres usuario?

Entra en tu cuenta

O conéctate con

La ruta del incienso

En el 335 a.C., la Liga de Corinto encarga a Alejandro Magno una expedición contra el Imperio Persa, pero no necesariamente para hacerse con su territorio.

En las razones de conquista, tanto de persas como de macedonios, existía una identificación del espacio político con el espacio comercial y productivo, de ahí que un aspecto importante de la expedición encargada a Alejandro fuera reabrir las rutas comerciales. Sin embargo, aquel encargo iba a implicar un cambio en el mundo antiguo: las grandes civilizaciones de oriente dejarían paso a las potencias de occidente, y Alejandro Magno iba a abrir el camino en Egipto.

Este, desde la caída del último faraón de la dinastía XXX, Nectanebo II, en el 343 a.C., era una satrapía del Imperio Persa, dominado por el rey Aqueménida Darío III Codomano. Alejandro lo venció en la batalla de Issos (333 a.C), pero a pesar de haber capturado el tesoro real en Damasco, no sigue tras él para acabar con su ejército. Se queda en el Mediterráneo y, tras conquistar Tiro y Gaza, donde envía 500 talentos de incienso a un antiguo maestro que lo riñó por quemar demasiado, Alejandro Magno entra a Egipto por Pelusio en diciembre del 332 a.C. El sátrapa Mazaces le rinde el reino y sus habitantes lo reciben como un libertador del invasor persa.

Pero ya desde Gaza, Alejandro estaba siguiendo un ramal de la ruta del incienso. La palabra incienso procede del verbo latino “incendere”, que significa quemar o encender. Hoy día, incienso se refiere a un compuesto de resinas vegetales aromáticas a las que a menudo se les añaden aceites para que el humo desprenda fragancias. Pero en la Antigüedad, el incienso iba más allá. Era una mercancía de gran valor por su uso en rituales de diversas religiones. También se utilizaba como materia con fines medicinales y para la elaboración de perfumes. Obtenido de la resina de determinados árboles (sobre todo Boswellia Sacra y Cammiphora Myrrha), procedía de los actuales Yemen y Omán, así como de Somalia y Etiopía.

A partir de estos puntos se establecían redes de rutas comerciales conocidas en su conjunto como la ruta del incienso. Estas podían ser terrestres, a través de la península arábiga hacia el Imperio Persa y el Mediterráneo; y también marítimas, tanto hacia la India, como hacia el mar Rojo, por donde llegaban al mar Mediterráneo y a Egipto. Olíbano y mirra eran los inciensos esenciales de la ruta, por donde también circulaban otras materias como especias, maderas, pieles, plumas exóticas, tejidos, etc.

La Ruta del Incienso nos lleva por una travesía de esta red de rutas: parte del puerto de Myos Hormos, en el mar Rojo, para introducirse en el desierto hasta llegar a Gebtu, también conocida como Coptos, en la orilla del Nilo. A partir de ahí asciende por el río y nos adentra en el Egipto del 332 a.C., el Egipto liberado por Alejandro Magno, siguiendo el recorrido del nuevo faraón.

Tras entrar por Pelusio, Alejandro desciende por el Nilo hasta Heliópolis. Aunque no hay evidencias de ceremonia de coronación, es posible que en esta ciudad acepte el título, pues a partir de ahí los sacerdotes se refieren a él como “Horus, el protector de Egipto, rey del Alto y Bajo Egipto, amado de Amón, elegido de Ra, hijo de Ra, Alejandro”.

De Heliópolis va a Menfis, donde ofrece sacrificios a Apis, con lo que se gana el respeto de nobles y sacerdotes pues obra como un auténtico faraón, descendiente de los dioses. A la vez, se celebra una fiesta al estilo helénico, con certámenes deportivos y musicales.

En el 331 a.C. Alejandro deja Menfis y sube por el Nilo, visitando antiguos puestos griegos como Naucratis, primera colonia comercial griega ubicada en un puerto del Nilo. Sigue subiendo hasta llegar cerca de un poblado llamado Rakotis. Frente a la isla de Faros decide fundar una ciudad macedonia, Alejandría, demarcando los límites con el ceremonial correspondiente. Después de esto, en marzo del 331 a.C. se dirige al oasis de Siwa, en el desierto occidental, para visitar su famoso oráculo. Mucho se ha especulado sobre lo que este le dijo. Imposible que de aquello dejara más rastros la historia. Pero lo que es seguro es que el incienso estaba presente y que de allí salió el Alejandro Magno que cambió el mundo antiguo.

Cargando
Cadena SER

¿Quieres recibir notificaciones con las noticias más importantes?