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LA COLUMNA

Reflexión

Me disgusta ser una aguafiestas, pero les confieso que los resultados de las elecciones holandesas no me han hecho feliz.

Seguramente recordarán que la semana pasada estaba eufórica. Pues no se preocupen, ya se me ha pasado. Mi ánimo ha progresado adecuadamente desde el fervor combativo a la grisácea atonía de la mediocridad contemporánea. Me disgusta ser una aguafiestas, pero les confieso que los resultados de las elecciones holandesas no me han hecho feliz. No sólo porque celebrar el mal relativo frente al absoluto me parece una mala estrategia, sino porque me pregunto qué está verdaderamente en juego sobre el tablero de nuestra realidad.

Tengo la sensación de que nos aferramos a la Unión Europea con una determinación incuestionable, sin valorar críticamente lo que representa en la actualidad ni plantearnos alternativas. Custodiamos los pedazos de un sueño roto como si existiera un pegamento capaz de repararlo, una actitud que, en los países meridionales, tiene incluso un punto de masoquismo. Ojalá me equivoque, pero creo que así, en lugar de combatir a la extrema derecha, sólo aplazamos su ascenso al poder. Para salvar la Unión, deberíamos preguntarnos en primer lugar qué queremos salvar y por qué. El miedo irracional sólo engendra más pánico. El temor razonable a los debates incómodos, a la larga, produce el mismo efecto. El terror que siempre ha alimentado a la extrema derecha sólo se combate con reflexión, un coraje intelectual incompatible con el uso ventajista de términos como populismo y cálculos electorales a corto plazo. Lo mejor que hemos sabido hacer siempre los europeos es pensar. Renunciar al pensamiento crítico acabará con nosotros.

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