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HISTORIAS A MEDIA MAÑANA

Primavera

Nos habían dicho que no superaría el invierno, y así fue

Ya no hay primavera. Entre los bloques fríos y grises, el aire sopla helado, y la gente se sube el cuello del abrigo cuando doblan la esquina, porque reciben un bofetón inesperado y cortante. La ciudad está muerta. Aparece un sol mortecino, de vez en cuando. Salgo a tomar un café y si me siento cerca del ventanal puedo leer un rato el periódico sin ponerme las gafas: pero pronto se me fatiga la vista, y la luz de los fluorescentes parpadea, azul.

Luego llegará de golpe, un calor sofocante que matará las flores en sus capullos. El año pasado cortaron muchos árboles del paseo: les atacó un hongo, y ahora en su lugar hay unos arbolillos endebles, que no dan sombra, ni hojas tienen. Las ciudades no saben nada de las estaciones: incluso las frutas, en sus cajones, se repiten con una monotonía atemporal. Fresas, naranjas, frutos rojos, manzanas de todos los colores, sin alma y sin sabor, sin patria. Las chicas no se quitan los vaqueros de encima, ni las gafas de sol en todo el año. De los chicos mejor no hablo. He perdido todo contacto con la juventud: no los entiendo, ni lo intento.

Ella se murió en febrero, hace cinco años. Nos habían dicho que no superaría el invierno, y así fue. Comenzaban a florecer las mimosas, algunos días ya se templaban a medio día. Y ahora qué más me da todo, el sol, las tardes largas, y los pajaritos. Se la llevó Dios, o la mala suerta, y se llevaron con ella la primavera, el descanso, la esperanza.

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