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CRONOVISOR VII

El último talismán de Carlos I

El 3 de febrero de 1577 el Emperador Carlos I de España y V de Alemania hizo su entrada solemne en el monasterio de Yuste tras abdicar de todas sus responsabilidades.

La Gloria. Museo del Prado /

De este modo el que fuera el hombre más poderoso de su época –y uno de los de más influencia de toda la Historia- empezaba su particular “meditatio mortis” para preparar el viaje definitivo de su alma a la Gloria Eterna.

Precisamente ese –“La Gloria”- es el título por el que se conoce el cuadro que encargó el Emperador a su pintor favorito, Tiziano, para que lo acompañara en su exilio. Se trata de un lienzo colosal, hoy conservado en el Museo Nacional de El Prado, en el que puede admirarse a un Carlos I desnudo, apenas cubierto por un sudario blanco, que ruega porque le dejen entrar en el Reino de los Cielos. A su lado, representados como almas descarnadas, se reconocen los rostros de su esposa Isabel de Portugal, de su hijo Felipe II o de su hermana María de Hungría, entre otros.

Quizá hoy sorprenda que el Emperador mandara ser retratado como alma y no como ser vivo en ese lienzo, pero en este viaje en el tiempo descubriremos que esa obsesión suya por la muerte venía desde lejos y marcó toda su peripecia vital.

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