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Gloria Fuertes

Podría hablar de mí en verso toda la noche, aunque solo me deis este ratito para hacerlo. Lo haré en prosa por facilitar, aunque les aclaro desde ya que el verso es más libre de lo que a veces se cree. O se creyó.

Con tres años leía y con cinco escribía y dibujaba cuentos. Luego los cosía para encuadernarlos. No me gustaba lo que había: Blancanieves muerta y la abuela siendo comida por un lobo que perseguía también a Caperucita. Un horror. Me obligaron a estudiar cocina, bordados, puericultura, corte y confección, mecanografía…pero yo no quería nada de todo eso para mi vida.

Así que a pesar de que mi familia no entendía mis supuestamente disparatas aficiones, impropias desde luego para la hija de un obrero, me matriculé en Gramática y Literatura.

A los catorce años surgieron mis primeros versos y a los quince se murió mi madre: se fue cuando más falta me hacía. Debí trabajar en oficinas, de secretaria, haciendo cuentas mientras hacía versos... Los versos llevaron a las primeras publicaciones y los primeros recitales en Radio. Ahí, en Radio Madrid, y también en Radio España.

Yo había nacido en un castizo barrio de Madrid y mi familia era de naturaleza humilde, afectada como casi todas por la Guerra Civil, con muchos hermanos y ningún juguete. Me entretenía en la plaza y con los versos…Y desde ese barrio era desde donde me desplazaba en bicicleta hasta la Escuela Española para entregar mis poemas. Iba como quería, en bici, y vestida con corbata a veces y una falda pantalón estupenda que me encantaba. Nunca me gustaron las etiquetas, solo me etiqueté como libre, ni tampoco me gustaban las cosas que tienen que ser porque sí, como que las chicas de mi época tuvieran que llevar vestido y no corbata. En fin.

Me gustó siempre hacer lo que me pareció, dentro de un orden, igual que vi claro que las guerras no servían para nada y que la poesía era un modo de vida. No entendí jamás que en la vida moderna tuviera más peso la lucha por cosas materiales sin importancia que en observar cómo se encontraban nuestros niños. Los niños fueron siempre muy importantes para mí: ellos son el futuro, a ellos es a quién hay que enseñarles. La poesía incluida, que nunca se había acercado a los más pequeños.

Cuando pasó la guerra, me acerqué al mundo de las revistas, para publicar en ellas mis cosas, como modo de difusión y también de acercamiento a otros que, como yo, también escribían. Aunque fui más bien siempre de carácter introvertido, o más bien, de escritura hacia dentro, es difícil no relacionarse con otros que hacen lo mismo que tú.

A finales de los años cuarenta entré en unas tertulias estupendas de unos señores muy modernos, lo más modernos que podían ser en pleno régimen franquista, claro. Ahí empecé a mezclar mis versos para adultos con la poesía creada para niños. Y fue más o menos en este momento cuando creé a una niña a la que siempre quise mucho: Coletas. Luego llegó Pelines, que era más pequeño y pronto se ganó la simpatía de todos.

Había una mirada diferente en una y en otra poesía, claro. La de adultos miraba más seriamente, y metía alguna metáfora de más, alguna figura de menos… a los niños trataba sin embargo de atraparlos desde el comienzo, desde el principio de los versos, desde que un niño hacía el esfuerzo ya de acercarse a algo así, había que ponérselo lo más fácil que se pudiera.

He de decir que en el tema del lenguaje fui clara y concisa para mayores y pequeños, porque no me gustó nunca ser una rebuscada que escribiese poesía con un diccionario al lado. De hecho, me distinguí por esto: por lo coloquial. ¿Por qué si la poesía es para todos debería ser rimbombante? No tenía sentido. Directo, claro y natural. Esas fueron mis claves, si es que tuve algunas, porque fui autodidacta y poéticamente desescolarizada. Y es que siempre creí que antes de contar sílabas, los poetas tienen que contar lo que pasa.

Mis personajes se convirtieron en teatro para niños y eso me hizo muy feliz. Mi poesía me permitió crear hasta un grupo femenino, con el que ofrecíamos lecturas y recitales por diferentes rincones de Madrid. Hicimos algo similar pero en forma de biblioteca infantil por distintos pueblos. Hubo más revistas y empezaron a llegar los premios.

Aquello fue bonito pero no vanidoso, fue bonito porque me daba amor, a través de premios, a través de compañeros, de lectores, de unos y otros, me sentí rodeada. Dense cuenta de que partía de dos novios desaparecidos…Llegando a los sesenta estudié inglés y conocí a una mujer que fue mi pareja durante casi veinte años. Compartimos desde el comienzo una vida intelectual agitada y me fui a Estados Unidos gracias a una beca de la que ella me habló. Entré en la universidad para dar clase, cuando jamás la había pisado. Una bonita paradoja. A la vuelta a España enseñé español a los americanos que había aquí, para darle la vuelta a todo.

En esa vuelta hubo más premios, más publicaciones y empecé también a colaborar con radios y televisiones de manera regular. Me convertí así en una poeta para niños, mediática como dicen ahora, conocida decíamos antes. Jugaba a adivinanzas, pareados, juegos de palabras y todo retransmitido.

Mi voz me ayudó a convertirme en personaje, así que como mis rasgos físicos, mi modo de vestir…sin darme realmente cuenta fui haciendo una bonita labor pedagógica que iba más allá de la poesía en sí misma, porque hablaba de ríos y afluentes y hasta recitábamos en verso la tabla de multiplicar. Todo para ayudar a que no hubiera muchos adultos penosos, de esos que nunca fueron niños.

“Triunfé con la poesía pero no asistí a mi triunfo. Si tengo algo mejor que hacer, tampoco asistiré a mi entierro” escribí cuando supe de mi enfermedad y me vi rodeada de amigos, de aquellos que me acercaban alguna botella de las que me gustaba, o algún pescado. Siempre fui austera y por esto acumulé cierto patrimonio que dejé para los niños, para quién sino…

Eso que ya me había muerto antes, con la depresión que me causó primero la ruptura con Phyllis, y su posterior muerte, antes que la mía.

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