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La llamada de la historia

Joaquín Sorolla

Mi familia la conformaron mis tíos, que trataron de enseñarme todo acerca de la vida y de los cerrojos. Pero esto de la cerrajería no me convencía. Tiré más por la fotografía, que tan bien hacía mi suegro, en aquel momento solo era mi futuro suegro, cuando disfrutaba junto a él de los negativos.

Fue pronta mi afición por el dibujo. Estudio de pintura, envío de obras a concursos y muchos estudios de verdad, frente a cuadros, en el Museo del Prado, analizando a Velázquez, pintando, dedicándome al realismo. Esto de la pintura, en la época, era muy cuadriculado: pintura, exposición, medalla, reconocimiento. Aunque hubo un momento en el que parecía que para darse a conocer y ganar esas medallas, había que dibujar a muertos.

Pronto Europa me permitió conseguir otras miradas. Roma, París, desde el arte clásico a las vanguardias. Un artista es lo que son sus ojos, lo que han podido ver y lo que pueden mostrar. Soy afortunado, porque tras estos viajes, tras mi matrimonio y demás avances en mi vida profesional fui pronto considerado un artista, pude siempre vivir de lo mío, que no era otra cosa que el arte de pintar, pero no debemos pasar por alto que alcanzar renombre como pintor no es algo que se pueda narrar en todas las biografías.

Pasé del costumbrismo al luminismo, de lo más oscuro a la luz del aire libre, apareciendo entonces la luz del Mediterráneo. Y entonces, con esta luminosidad, llegó más luz en todos los sentidos. La popularidad era tal que me pusieron una placa, una calle, y una exposición en París que me abrió camino más allá de nuestras fronteras. Entonces, ese más allá eran básicamente Europa y América, pero era tanto…La temática histórica no ofrecía tanto interés como la denuncia social y desde luego, ambos mucho menos que las escenas amables de preciosa luz.

En París me reconocieron como heredero de Velázquez. Yo corregía siempre que éramos hijos de Velázquez mientras que mi amigo Blasco Ibáñez apuntaba: “nieto de Velázquez e hijo de Goya”.

Tras pasar por diferentes estudios y casas en Madrid, establecimos nuestra vida, la personal y la profesional, en un lugar que todavía se mantiene, y que me encanta, que existiera y sobre todo que exista. Una casa, un jardín, una vida entera en ese lugar. Fue también la demostración de que las cosas iban bien, recién entrados en el siglo XX. Era el año 1905.

El retrato fue un arte y un trabajo que realicé con el amor de quien puede tener delante a personajes relevantes, en el jardín de casa. Todo estaba preparado para que fuera bien. Y hablando de retratos, o al menos de retratar…en Nueva York y en Chicago tuve un éxito tan brutal que me pidieron y permitieron realizar uno de los trabajos de mi vida. Fueron catorce murales enormes, de más de tres metros, con escenas características de nuestro país, un trabajo con el que se me permitió viajar y conocer España. Eran costumbres y paisajes. Es un algo que hice como monumento a lo nuestro.

Cierto es que había algunos retratos que se convertían en puro compromiso, que no hacían más que disfrutar del jardín y relajarme de alguna manera de las clases que daba en la Escuela de Bellas Artes de la capital. Una hemiplejia fue lo único que me obligó a dejar los pinceles y ocurrió precisamente cuando estaba pintando. Tres años pude estar sin pintar y sin vivir.

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