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Las ventanas del cielo

La elección del periodo histórico que enmarca Las ventanas del cielo estuvo condicionada por la fecha de instalación de los hermosísimos vitrales de origen flamenco que hoy día se pueden ver en la cartuja de Santa María de Miraflores, en Burgos.

Esas vidrieras supusieron una auténtica revolución en el estilo que hasta entonces se venía empleando en las catedrales góticas, como por ejemplo las de León y Burgos. Los vitrales de origen flamenco significaron el comienzo de una nueva época en la que predominaba la pintura sobre el color, gracias a la mejora de las técnicas empleadas y a la incipiente influencia del Renacimiento que apenas se estaba dando a conocer desde Italia.

Esta novela se gestó bajo la pretensión de dar a conocer, hacer disfrutar y ayudar a entender en qué consistió el maravilloso mundo de las vidrieras durante el gótico tardío; una disciplina escasamente tratada en la novela histórica y un tema que, a mí, lo confieso, me ha enamorado. Durante la Edad Media hubo quien levantó catedrales de piedra para hacer de ellas las casas de Dios, pero fueron los maestros vidrieros quienes las convirtieron en auténticos sagrarios de luz y color al abrir sus ventanas al cielo.

Cuando empecé a aprender cómo se fabricaban, con qué materiales y tecnología lo hacían, qué objetivos se planteaban, y cómo conseguían embellecer todavía más unos templos de piedra que de antemano todos admiraban, me di cuenta de la importancia que en su momento tuvieron y la poca trascendencia que se les ha dado. En el recorrido de esa búsqueda, he tenido el privilegio de dar con un enorme artista de origen leonés, don Luis García Zurdo, que tiene el título, según él inmerecido, de “Guardián de las vidrieras de la catedral de León”.

Luis García Zurdo es un sabio, uno de esos pocos hombres con los que uno se cruza en la vida cuyo saber viaja acompañado de una humildad que a todas luces sorprende. Se educó en Baviera con uno de los más prestigiados profesores y expertos en vidriera medieval, Josef Oberberger, quien le infundió el respeto por el procedimiento, le educó en las técnicas medievales, y le animó a ser más creador que restaurador, como luego se ha cumplido a lo largo de su extensa trayectoria artística, con obras diseminadas por toda España. Guardaré siempre en mi recuerdo los gratísimos momentos compartidos en su casa, vecina a la ciudad de León; la visita a su taller, la primera vez que puso en mis manos una bolsa con el famoso amarillo de plata, supe cómo se soplaba el vidrio, en qué consistía la técnica del plaqué, cómo se operaba con una tabla de vidriero, o escuché sus andanzas en la catedral de Ausburgo cuando con su maestro tenían por delante uno de los programas de restauración más complejos de la historia.

La reina Isabel de Castilla fue quien financió la compra de los espectaculares vitrales de la cartuja de Miraflores, pero el encargado de su contratación y ejecución fue un conocido comerciante y banquero de la época; Martín de Soria, que está presente en la novela como un personaje más. Martín de Soria, junto a unos pocos castellanos más, protagonizó aquel fabuloso comercio de lana que se produjo entre Castilla y Flandes, actividad que comenzó a partir del siglo XIII y que supuso un profundo cambio en las estructuras de la vieja sociedad medieval castellana. De ahí surgió la necesidad de que Hugo de Covarrubias tuviera una estrecha relación con aquellos mercaderes, generalmente burgaleses, que amasaron enormes fortunas con la venta de los vellones.

El maravilloso arte de las vidrieras

Las catedrales, bajo la mentalidad medieval, fueron para sus promotores las representaciones de la nueva Jerusalén, aquella que San Juan Evangelista anunciaba en el libro del Apocalipsis viniendo a la derecha de Dios, engalanada y bella. Por eso se proyectaron como “ciudades bajadas del cielo” y como tales requerían ser templos radiantes de luz y perfección. El gótico significó el verdadero nacimiento de las vidrieras, una vez salvadas las limitaciones arquitectónicas del románico que obligaba a levantar sus templos con gruesos muros y sin apenas ventanas. Adelgazadas sus paredes y abiertos enormes vanos en ellas, le llegó la oportunidad al vidrio, y es desde entonces cuando se nos permitirá vivir la mística de la luz y del color. El reconocido especialista en historia del vidrierismo español, don Víctor Nieto Alcáide, dice en este sentido: “Colores y piedras hacen patente una compleja síntesis de dogmas, de historias bíblicas y humanas, de lírica, de genios creadores, de luz natural y contenido sacro, en ese modelo de templo gótico donde se cruzan los caminos de peregrinos y las rutas de la trascendencia, al compás de una belleza imitadora de Dios que tenía que reconducir a Él”

Las vidrieras no se concibieron como un recurso estilístico más para adornar un templo. Si solo lo vemos así, nos equivocamos. Son las ventanas del cielo, la comunicación entre la divinidad y el hombre. Son el resplandor de la Verdad. Se idearon como un instrumento doctrinal para un pueblo que no sabía leer, eran Biblias de vidrio. Por tanto, el fascinante mundo de las vidrieras, no puede ser entendido sin olvidar para qué fueron hechas. Ya en el Génesis se nos dice que el primer día Dios creó la luz; por tanto la luz es la primera criatura física salida de la mano de Dios. Y las vidrieras son luz, son la luz que ilumina el alma del creyente; son un anticipo de la lux divina.

Os confieso que mi amor por las vidrieras comenzó hace años, coincidiendo con mi primer viaje a Paris. Casi de casualidad entré en la Sainte Chapelle, al lado del Palacio de Justicia, y el impacto que recibí fue tan formidable que nunca se ha podido borrar de mi recuerdo. Desde entonces no he dejado de fijarme en las vidrieras de cada iglesia o templo que conozco, con todo el detenimiento posible, a pesar de la distancia que suelen tener con el suelo, en especial en las catedrales.

He tratado de revivir las mismas sensaciones que experimenté, como digo en Paris, en uno de los capítulos y a través de los ojos de Hugo, cuando la visita junto con su maestro. Los que hayáis estado en esa increíble capilla parisina, entenderéis la dificultad de poner en palabras lo que uno siente ante tan espectacular experiencia de color. Seguro que me he quedado corto. Quien no la haya visto todavía, por favor ha de hacerlo en cuanto pueda, sin dejar de visitar también las de Sant Denís, la cuna del gótico europeo y catedral parisina que ha servido de portada para esta novela. Y en España no puede perderse las vidrieras de la catedral de León; el conjunto más valioso que tenemos, sin demérito del resto de catedrales españolas que en mayor o menor medida contienen maravillosos vitrales.

 

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