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LA ENTREVISTA

El maestro Argenta

Charlamos con la autora de la biografía sobre el director de orquesta, Ataúlfo Argenta

Sonaron unos ligeros golpes de batuta en el atril. Se hizo el silencio y, tras unos instantes, la orquesta, obediente, comenzó a tocar. Los músicos acariciaban sus instrumentos rítmicamente pero, de repente, se escuchó la voz del director por encima de ellos: “¡No han entrado a tiempo! ¡Hay que tocarlo con más intensidad! Hay que hacer sonar los violines como si fueran una pregunta, una duda, una incertidumbre.”

Tenía magnetismo, ese poder que caracteriza a los que triunfan. Era ardiente y carismático: “Un hombre al que la pasión interior convertía en hoguera, que desataba sus energías y conseguía llevar a la orquesta más allá de las fuerzas humanas”, afirma su biógrafa. Fue uno de los grandes embajadores de la música española. Un artista hecho a sí mismo que, a pesar de las trabas que encontró en España para forjar su carrera musical, consiguió conquistar las grandes orquestas europeas. “Catapultó la música española a las más altas esferas internacionales. Durante toda su vida fue víctima de la falta de aprecio de muchas personas movidas por los celos y la envidia, pero él siempre supo estar por encima. Con su muerte la música quedó interrumpida.”

Ataúlfo Argenta (Castro Urdiales, 1913) falleció a los cuarenta y cuatro años. Su muerte accidental conmocionó el panorama musical español e internacional. La mala suerte se cruzó con él una heladora noche de enero, la nieve había vestido las calles de blanco y hacía mucho frío. Aparcaron el vehículo en el interior del garaje. Aquella madrugada le acompañaba la joven pianista francesa Sylvie Mercier. La casa les recibía húmeda y desapacible por lo que regresaron al garaje y él encendió el motor del coche. Sentados en el asiento posterior esperaron a que la casa se calentara pero, poco a poco, se sumieron en un profundo sopor. Sin darse cuenta las emisiones de anhídrido carbónico se llevaron el sonido de la música, los aplausos y una carrera prometedora. Argenta se sumió en un sueño del que ya no despertó.

Todos aquellos anhelos habían anidado muchos años antes en la mente de su padre, Juan Argenta. “Don Juan”, como le conocían todos, se dio cuenta rápidamente del talento de su hijo y tomó la firme decisión de desplazarse a Madrid para proporcionarle estudios musicales. Estaba seguro de que se convertiría en un gran artista. Corría el otoño de 1927. Un mundo deslumbrante se abría ante sus ojos.

La vida en Madrid, además de ofrecerle un futuro prometedor, le proporcionó el gran amor de su vida, Juana Pallarés. Juana era hija del artista Fernando Pallarés, director de la Escuela de Artes y Oficios de Gijón, y también pianista. Resulta conmovedor el amor que Argenta sintió por la música pero emociona aún más la pasión que sintió hacia Juana. No se puede entender la figura de Ataúlfo sin su apoyo, formaron un gran equipo. Amantes de la música, fueron amigos y cómplices, se complementaban a la perfección. Gracias a su fuerte personalidad, Juanita pudo enfrentarse a las dificultades de la posguerra y a la soledad que supuso vivir tantas veces separada de su marido. Pese a todo le amó de manera incondicional y lo sacrificó todo por él. “Cuento los días que faltan para verte en Ginebra. Aquí tengo mucho trabajo con la preparación de los programas. El domingo después del concierto iré a Amberes y dormiré allí. He comprobado que después de hablarte duermo mejor. Creo que necesito tu calor o tu frío, o solamente saber que estás a mi lado. Casi me da vergüenza después de diecisiete años de casados decirte que te quiero más que nunca, pero es así, todo lo demás no tiene importancia. Te quiero siempre con toda mi alma y constantemente pienso en ti y en todos los pequeños, que sois mi vida”, decía el músico en una carta escrita desde Bruselas en noviembre de 1954.

Ana Arambarri en su taller en la calle Arrieta, 11 (Madrid).

La periodista y diseñadora Ana Arambarri recoge la vida de este maestro en el libro “Ataúlfo Argenta. Música interrumpida”, editado por Galaxia Gutenberg. La autora conocía la historia desde niña y trató con frecuencia a su esposa: “Mi madre fue alumna de Argenta y tuvo mucha amistad con Juanita. Este libro es un homenaje a Ataúlfo, una biografía que comencé siendo adolescente y que he podido cerrar ahora gracias a las cartas familiares a las que he tenido acceso.”

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